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LAS MANOS DE TERESITA

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Por: Ana Luisa Ríos González

 

A una gran maestra, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Era junio del 2010, estaba complacida de ser maestra en una reconocida institución educativa local. Mucho antes quise acercarme a la causa de los pueblos indígenas,  porque entendía la  necesidad histórica de comprender la Amazonia, redescubierta confusamente, a partir de los sucesos en Bagua, pero la ocasión llegó en un momento poco oportuno.

 

Entonces debía tomar decisiones y les comenté a mis colegas tutores con quienes compartíamos el mismo grado. Tenía sentimientos encontrados, pues me sentía alegre al tener la oportunidad de dedicar mi trabajo a una noble causa; y por otra parte, me entristecía la posibilidad de dejar a los alumnos y alumnas a mi cargo.

 

Inesperadamente, el rumor corrió como la flor de huimba, o las aguas brumosas del río, y antes que pudiese comunicar estas circunstancias a los directivos, los vientos se encargaron de anunciar la despedida.

 

Una tibia mañana, mientras estaba en el pasillo, ella vino hacia mí, cogió delicadamente mi mano y me condujo hasta su oficina. En ese instante supremo, me sentí como una niña guiada con amor, por su gran maestra. Quedé sorprendida, pues siempre la vi como Sub directora acompañando a los docentes para mejorar nuestra práctica.

 

Jamás olvidé esa imagen, la sensación de seguridad cuando un directivo te brinda el respaldo suficiente para crecer profesionalmente.

 

Hablamos en la confianza de su oficina, estaba enterada de mi despedida y me pidió reconsiderar tal decisión en un plazo conveniente.  Le parecía bien mi permanencia en la escuela, que podía aportar mucho más. Entonces agradecí sus apreciaciones, viniendo de una maestra cuyo profesionalismo admiraba. Fue difícil continuar explicándole la necesidad de apostar por los jóvenes que viven en zonas alejadas, quienes deberían ser prioridad para el Estado y donde paradójicamente, la «educación de calidad» no llega. Y entonces me despedí.

 

Luego de buen tiempo, visité la escuela, y al verla, el efusivo abrazo espontáneo. De nuevo, tenía frente a mí a la gran maestra que me infundió confianza a través de unas manos impregnadas por la tiza: Ahora, la que se despedía del Colegio era ella.

 

Hoy la llevo presente y en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, quiero agradecer su compromiso con la educación en la región. Ojalá existan más maestras comprometidas, para hacer de la docencia un derrotero, pues antes que títulos, lo que necesitamos es humanizar la profesión, tantas veces denigrada.

 

¡Gracias maestra Teresa Panduro Izquierdo! por su indesmayable dedicación a la juventud loretana. Ningún presente pagará con creces tanto amor.

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