Por: José Álvarez Alonso

El caucho no ha dejado precisamente buenos recuerdos en la Amazonía. Las historias del horror provocado por los caucheros entre los pueblos indígenas todavía nos hacen estremecer un siglo después. Este año se cumplió el centenario de la encíclica de San Pio X “Lacrimabili statu indorum”, en la que este Papa condenó duramente las masacres de miles de indígenas amazónicos por los caucheros. Hoy los caucheros ya no son aventureros sin escrúpulos llegados a la Amazonía en busca de riqueza fácil y dispuestos a todo por conseguirla: son los mismos indígenas y colonos los que se internan por las viejas estradas para sangrar el precioso látex que demanda de nuevo el mercado.

El comercio del caucho amazónico, como se sabe, se desplomó por la competencia de las plantaciones del sudeste asiático primero y, más tarde, debido al caucho sintético. Aunque el caucho natural tuvo un corto resurgimiento durante la Segunda Guerra Mundial, parecía que nunca podría competir con los precios del caucho sintético derivado del petróleo. Nuevas tendencias en los mercados mundiales están cambiando esta situación. Por un lado, los crecientes precios del petróleo hacen más competitivo al caucho; por otro, la creciente demanda por productos naturales también alcanza al caucho, especialmente para productos especiales como guantes quirúrgicos y preservativos.

Hace una semana se realizó en Lima el primer encuentro nacional de productores de caucho, en el que participaron productores de casi todas las regiones amazónicas, así como expertos y representantes de las organizaciones que los apoyan. El caucho es un producto que califica en las categorías más exigentes del biocomercio, porque no solo es nativo, sino que puede ser cosechado de los ecosistemas silvestres, sin talar el bosque. Esto le da un gran valor agregado porque, aparte de que el producto puede calificar para certificación orgánica, los productores puede acceder a mecanismos de pago por servicios ambientales (secuestro de carbono en especial) y pueden aprovechar de forma sostenible otros recursos del bosque, especialmente no maderables, y por supuesto turismo.

Campesinos e indígenas de casi todas las regiones amazónicas del Perú, incluyendo Loreto, estuvieron dos días compartiendo experiencias y diseñando estrategias para impulsar esta promisoria actividad. Todos coincidieron en que es una actividad muy promisoria y rentable, que puede contribuir a mejorar la economía de muchos pobladores amazónicos sin alterar su cultura tradicional y su calidad de vida (a diferencia de ciertos monocultivos comerciales). Algo a considerar seriamente, dado que la selva (especialmente la baja) se está quedando muy estancada económicamente mientras que el resto del país prospera.

Según me explicaron, un ‘shiringuero’ (como les gusta ser denominados, quizás por la carga negativa que tiene el término ‘cauchero’) puede ganar hasta 50 soles diarios rasgueteando troncos de caucho, lo que no es nada despreciable en una región donde los jornales rurales varían entre 10 y 15 soles diarios (cuando los hay); en la mayoría de las cuencas de la selva baja los ingresos mensuales por familia oscilan entre los 100 y 200 soles mensuales.

Para variar, entre los cuellos de botella identificados por los productores caucheros destacan los engorrosos trámites requeridos para formalizar su actividad. Es increíble, comentaban, que para que un amazónico pueda comercializar un producto agropecuario (digamos toneladas de maíz o arroz, o ganados) no necesita permiso o documento alguno, pese a que para producirlos ha tenido que talar y quemar extensiones de bosque, mientras que para comercializar un kg de caucho o de un fruto silvestre se requieren caros y engorrosos permisos y planes de manejo, pese a que no se daña al bosque en absoluto.

Son paradojas de un Estado que recién está comenzando a comprender que la Amazonía, más que suelos, es bosque y agua -ríos y cochas-, y que estos pueden valer mucho más en su estado natural -proveyendo bienes y servicios ecosistémicos- que aprovechados destructivamente para sistemas agropecuarios. Oportuno plantear esta problemática ahora que se está discutiendo el reglamento de la nueva ley forestal.

A quienes aprovechan con mínimo impacto los recursos del bosque, especialmente los no maderables, debería dárseles las mayores facilidades. “Puente de plata para los caucheros”, se comentó en el taller, parafraseando aquel refrán medieval “al enemigo que huye, puente de plata”. El Estado debe dejar de impulsar incentivos perversos que favorecen la destrucción de la selva amazónica, y debe promover usos compatibles con su conservación productiva, la que genera recursos sin talar el bosque, y especialmente cuando esos usos son más acordes con la cultura y cosmovisión “bosquesina” -en palabras del antropólogo J. Gasché- y por tanto más sostenibles e inclusivos.

“El futuro de la Amazonía no es de los ganaderos o de los monocultivos (como soñaba con escasa visión el arquitecto Belaúnde con su fórmula “arroz con bistec” para la selva, y todavía alucinan algunos intonsos trasnochados), sino de los siringueros y los manejadores del bosque en general”, se dijo al final de este taller con el aplauso de todos.