Loreto necesita, hoy más que nunca, un buen acuerdo. No un acuerdo para apagar momentáneamente una protesta ni una declaración que quede archivada después de una mesa de diálogo. Necesita un entendimiento serio, responsable y con compromisos concretos que permita atender los problemas que durante años vienen acumulándose en nuestra región. La decisión de suspender el paro y abrir un espacio de diálogo con el Gobierno representa una oportunidad que no debería desperdiciarse.
Los reclamos que han llevado a los gremios a las calles no son nuevos. El precio de los combustibles golpea directamente la economía amazónica; los cortes de energía afectan a hogares y empresas; la minería ilegal continúa amenazando nuestros ríos y bosques; y persisten demandas sociales y laborales que esperan respuestas. Precisamente por eso, el diálogo debe servir para separar lo urgente de lo importante, establecer prioridades y definir quién hará qué, en cuánto tiempo y con qué recursos.
Pero también debemos entender que un buen acuerdo implica responsabilidades de todos. El Gobierno central debe venir a Loreto con capacidad de decisión y no solamente con funcionarios que escuchen y luego regresen a Lima. Los dirigentes sociales, por su parte, deben expresar sus demandas con firmeza, pero también con responsabilidad, evitando que la protesta termine perjudicando al ciudadano que trabaja, al pequeño comerciante, al estudiante o a quien simplemente necesita trasladarse para ganarse la vida. El diálogo no significa renunciar a los reclamos; significa buscar una ruta para resolverlos.
Y en medio de esta discusión regional no podemos olvidar el profundo dolor que vive Iquitos tras la muerte de un estudiante del colegio Petronila Perea de Ferrando. Una tragedia de esta naturaleza nos obliga a preguntarnos cuánto más podemos permitir que la prevención llegue después de la desgracia. Las investigaciones deberán determinar responsabilidades, pero la lección debe ser inmediata: ninguna obra, ninguna institución y ninguna autoridad puede estar al margen de la seguridad de nuestros niños y jóvenes.
Por eso, el acuerdo que Loreto necesita debe ir más allá de una coyuntura. Debe contener plazos, responsables, seguimiento y resultados verificables. Que se pueda volver a la mesa dentro de treinta, sesenta o noventa días y comprobar qué se cumplió y qué no. Solo así el diálogo recuperará su verdadero significado y dejará de ser, como tantas veces ha ocurrido, el punto final de una protesta para convertirse en el punto de partida de una solución.
Hoy tenemos una oportunidad. La suspensión de una medida de fuerza y la llegada de representantes del Ejecutivo abren una puerta que no siempre está disponible. Hay que cruzarla con madurez. Loreto no necesita vencedores ni vencidos; necesita resultados. Un buen acuerdo será aquel que permita que el Gobierno cumpla con su responsabilidad, que las organizaciones sociales sean escuchadas y que, finalmente, los ciudadanos puedan recuperar algo que muchas veces hemos perdido: la confianza en que reclamar también puede conducir a soluciones.
Un buen acuerdo para loreto
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