– Parafraseando el antiguo proverbio, podríamos decir: dime qué ruido metes y te diré quién eres
Por: José Álvarez Alonso
Mi profesor de antropología filosófica explicaba en cierta ocasión: «Toda persona busca ser alguien en la vida, ser respetado o apreciado por quienes lo rodean; busca defender un espacio o territorio, físico o mental, de forma similar a como los machos de algunos animales salvajes realizan exhibiciones para atraer a las hembras: el pavo real con su esplendorosa cola, el mono aullador con su grito, el ciervo con su impresionante cornamenta… Unos hombres buscan hacerse notar por sus cualidades intelectuales, por sus logros en el campo laboral, artístico, deportivo; otros por sus habilidades o por sus características físicas, por su carisma o por cualquier hecho que pueda llamar a admiración. Los que no tienen nada que mostrar, meten ruido.»
El ruido, seguía explicando el ilustre profesor, puede ser físico o figurado: un joven que se pone ropas colorinches, usa tatuajes, cortes de pelo a lo punk y otros rasgos estrafalarios, o pinta o adorna su vehículo de forma sicodélica -con llamaradas, murciélagos, calaveras y cosas así- está metiendo «ruido» visual para hacerse notar, para marcar su territorio, para sentirse alguien. Otros meten ruido físico: ponen su equipo de música a todo volumen, o sacan el silenciador a su vehículo, cuando lo tienen, para hacerse notar.
Según los expertos, quienes no tienen otra forma de hacerse notar, de llamar la atención, y producen ruido excesivo -de nuevo, físico o sicológico- padecen con frecuencia de desequilibrios o deformaciones de personalidad, y de un complejo de inferioridad. Las personas que tienen una alta autoestima y seguridad en sí mismos, y son respetados entre sus amigos por sus cualidades personales, no necesitan recurrir a aditamentos externos o a la bulla para sentirse alguien…
Esos comportamientos exhibicionistas son hasta cierto punto normales en adolescentes cuya personalidad está todavía comenzando a formarse, se muestran bastante inseguros de sí mismos, y tienen el cuerpo rebullendo de testosterona. Lo que llama la atención en nuestro medio es ver algunos de esos comportamientos en jóvenes de más edad, y hasta en adultos, lo que sin duda es un gesto de infantilismo y de desviación de personalidad.
Conocida es la estampa en Iquitos del «narquillo» de barrio usando gruesas cadenas y pulseras de oro, para hacer notar su flamante y usualmente efímero estatus económico; esas obscenas exhibiciones de poder económico son, qué duda cabe, de muy mal gusto, e indican un bajo nivel cultural, y un complejo de inferioridad del pobre convertido de pronto en nuevo rico. En Iquitos también se suele escuchar del hijo adolescente de tal o cual autoridad que -con la anuencia de su papi- hace alarde con costosas joyas, motos u otros aditamentos externos con la riqueza mal habida por su progenitor.
Un hombre con una sólida educación y una personalidad bien formada no necesita de joyas u otros signos externos para hacerse notar o sentirse importante. ¿Conciben a una personalidad reconocida, no sé, a Pérez de Cuellar, o a Vargas Llosa, usando gruesas cadenas y pulseras de oro para ostentar su status económico? Todo el mundo se reiría de ellos, si así lo hiciesen.
Pero volvamos a los que gustan de meter ruido: si lo analizan bien, una persona que se regodea torturando a los otros con el ruido de su vehículo o su equipo de música, maltratando la tranquilidad de la colectividad, ignorando los derechos de los niños -incluyendo a sus propios hijos- a estudiar, de los enfermos y ancianos a descansar, despreciando la salud de las personas y despreciando las normas básicas de convivencia, no puede ser sino un ser insensible, egoísta, vil, ignorante, no calificado para vivir en sociedad, por despreciar las más básicas normas de convivencia entre seres civilizados…
Así que cuando usted vea pasar a algún vehículo con el tubo de escape libre, torturando con su estruendo oídos y sensibilidad ajenas, ya sabe: al timón está probablemente una persona de muy bajo nivel cultural y baja autoestima, nulo sentido social, un ser con problemas de identidad y de adaptación, y con probable complejo de inferioridad… Le pregunté hace poco a un amigo europeo que se quejaba de los vehículos ruidosos mientras circulábamos por las calles de Iquitos, qué pensaba de los conductores que circulaban metiendo excesivo ruido: observó a varios, y dijo: «Tienen cara de pobres diablos».
¿Qué se puede pensar, sino, de algunos motocarristas que, además de haber sacado el silenciador a su vehículo para sentirse alguien en las pistas torturando a sus semejantes, pintan en la parte de atrás de su asiento lemas tales como «DEPREDADOR», «FURIOSO RADICAL», «IMPARABLE», «INDOMABLE», «IRRESISTIBLE», «BANDIDO», «PIRATA», «CHUQUI», «TERRIBLE», «TÓXICO», «PERRO», «PADRILLO», «INFERNAL»?
Freud se deleitaría con el psicoanálisis de esos esperpentos: detrás con seguridad está un apocado mental, un mequetrefe con una personalidad desviada, sin sensibilidad hacia sus semejantes, sin sentido alguno del respeto al otro y de la convivencia, etc… Tenga la seguridad que al timón de esos vehículos encontrará «furiosamente» desequilibrados, «imparablemente» desquiciados, «indomablemente» antisociales, «terriblemente» ignorantes, «depredados» espiritualmente, «intoxicados» mentalmente, indudablemente «caninos», «infernalmente» desquiciados, etc.… Dado que estos tales son, además de responsables de que Iquitos sea la ciudad más ruidosa del Perú, los causantes de la mayor parte de los accidentes de tránsito y buena parte de las fechorías nocturnas cada vez más frecuentes en Iquitos, habría que preguntarse si también les atañen tales calificativos a las autoridades irresponsables que no cumplen con sus obligaciones y los dejan actuar así día tras día, a vista y paciencia de todos.
Amigo lector, no suba a uno de esos motocarros, por favor, no ponga su vida y seguridad en riesgo, y coopere para hacer de Iquitos una ciudad más amable y habitable. Ya que las autoridades no defienden a sus ciudadanos de estos públicos delincuentes -sacar el silenciador a un vehículo y sobrepasar los máximos permisibles de ruido es un delito-, al menos los ciudadanos deben ejercer su derecho a rechazar a quienes les agreden de una forma tan impune, y a quienes les permiten agredirlos impunemente.