- La contaminación del Nanay no es la crisis. La crisis es que las instituciones públicas siguen sin identificar, comunicar y gestionar los riesgos antes de que estos afecten a la población.
Por: Mag. Vanessa Roggeroni
Doctoranda en Educación de la UNINI-México
Docente de la Maestría de comunicación estratégica,
corporativa y digital Universidad Continental
Mientras los futuros candidatos comienzan a recorrer barrios, comunidades y medios de comunicación, una amenaza silenciosa continúa avanzando sobre uno de los recursos más estratégicos de Loreto: el río Nanay, principal fuente de agua para miles de ciudadanos de Iquitos.
La contaminación de este río no es únicamente un problema ambiental. Es la evidencia de una falla más profunda: alertas que no fueron atendidas, información que no llegó oportunamente, riesgos conocidos que no fueron gestionados y una ausencia persistente de comunicación preventiva. El problema no comenzó cuando aparecieron las noticias sobre minería ilegal o contaminación. Comenzó mucho antes, cuando las señales de advertencia dejaron de ocupar un lugar prioritario en la agenda pública.
Una vez más, la realidad nos recuerda que la gestión pública suele actuar de manera reactiva y no preventiva.
La comunicación de riesgos no consiste en informar cuando la emergencia ya está instalada. Consiste en alertar, educar y generar confianza antes de que ocurra. Pero esta tarea no ocurre de manera espontánea. Requiere profesionales capaces de identificar amenazas, interpretar escenarios y asesorar a las autoridades en la toma de decisiones. En una gestión pública moderna, el comunicador social no debería limitarse a registrar actividades o difundir comunicados. Su función es estratégica: contribuir a que las instituciones reconozcan los riesgos antes de que se conviertan en crisis.
La historia reciente nos ofrece suficientes ejemplos: la pandemia de COVID-19, el Fenómeno El Niño, las inundaciones, los incendios forestales y los conflictos sociales. Ninguna de estas crisis apareció de un día para otro. Todas enviaron señales de advertencia. Lo que falló no fue la capacidad de preverlas, sino la decisión de actuar y comunicarlas oportunamente.
Por ello, en las próximas elecciones deberíamos plantear preguntas distintas. No solo quién construirá más obras o ejecutará más proyectos de infraestructura. También deberíamos preguntarnos quién sabe gestionar riesgos, quién cuenta con capacidades preventivas, quién fortalecerá los sistemas de alerta temprana y quién está dispuesto a comunicar con transparencia los problemas que amenazan a la región. El cambio climático, la minería ilegal, la inseguridad ciudadana y los desafíos de salud pública seguirán presentes mucho después de que termine la campaña electoral.
Durante años, autoridades, especialistas y comunidades han advertido sobre las amenazas que afectan al Nanay. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en el Perú, el problema recién ocupa titulares cuando la situación alcanza niveles críticos. Entonces aparecen las conferencias de prensa, los comunicados de emergencia y las explicaciones de último momento. Pero comunicar no debería comenzar cuando la crisis ya está instalada.
La verdadera comunicación estratégica de riesgos ocurre mucho antes. Empieza cuando las instituciones identifican amenazas, explican sus posibles consecuencias, generan confianza en la población y promueven acciones preventivas antes de que el daño sea irreversible. Dicho de otro modo, no consiste en informar sobre una crisis; consiste en evitar que la crisis tome por sorpresa a la ciudadanía.
En este punto resulta necesario reflexionar sobre el papel del comunicador social en la gestión pública. Con frecuencia se reduce su función a la cobertura de actividades, la elaboración de notas de prensa o el registro fotográfico de eventos institucionales. Sin embargo, los desafíos actuales exigen mucho más que eso.
El comunicador social debe ser un estratega. Debe identificar riesgos emergentes, monitorear percepciones ciudadanas, anticipar escenarios de crisis, contribuir a la construcción de confianza y asesorar a las autoridades en la toma de decisiones. Su labor no comienza cuando ocurre la emergencia; comienza cuando aparecen las primeras señales de alerta.
Por ello, toda autoridad regional o municipal debería contar con equipos de comunicación capaces de participar en la gestión de riesgos y no únicamente en la difusión de actividades. Comunicar no es un acto posterior a la decisión política; es parte de la decisión misma.
Quizá la pregunta más importante no sea quién ganará las próximas elecciones, sino quién será capaz de identificar los riesgos que hoy amenazan a Loreto. Porque las crisis rara vez aparecen de manera repentina. Generalmente anuncian su llegada durante meses o incluso años. Lo que marca la diferencia entre una emergencia y una tragedia es la capacidad de reconocer esas señales y actuar a tiempo.
La contaminación del Nanay nos deja una lección incómoda pero necesaria: los riesgos suelen estar frente a nosotros mucho antes de convertirse en noticia. Lo que falla no es la capacidad de verlos, sino la voluntad de actuar y comunicarlos oportunamente.
Las futuras autoridades necesitarán ingenieros para construir obras, abogados para gestionar normas y economistas para administrar recursos. Pero también necesitarán comunicadores estratégicos capaces de identificar riesgos, construir confianza y anticipar crisis. Porque gobernar no consiste únicamente en resolver problemas; consiste, sobre todo, en evitar que ocurran.






