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Anticlericalismo irredento

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Por: José Álvarez Alonso

Desde que comenzaron las denuncias contra curas pederastas en EE.UU. se han recrudecido los ataques contra la Iglesia Católica, aderezadas con expresiones del más rancio anticlericalismo. «Toda generalización es una falsificación», repetía mi profesor de antropología filosófica. Los pecados y defectos de algunos de sus miembros no se pueden generalizar a todos los miembros de la Iglesia. Al lado de los pocos cientos de curas pederastas (criminales merecedores del peor castigo) hay decenas de miles de curas y monjas honestos, sacrificados, intachables, que realizan una silenciosa y poco reconocida labor a favor de la población hasta los rincones más recónditos del orbe.

La Iglesia es la institución más perdurable de la historia, más de 2000 años. Ha sobrevivido momentos catastróficos en la historia, como la caída del Imperio Romano, y ha sufrido periodos de crisis tan graves como la Reforma Protestante. A lo largo de esa accidentada historia ha tenido muchos altibajos, y como cualquier institución integrada por hombres de carne y hueso, carga hasta ahora muchas de sus rémoras.

El anticlericalismo surgió como un movimiento más o menos articulado en el «Siglo de las Luces» (siglo XVIII), con la Ilustración Francesa, como reacción al clericalismo totalitario e intolerante, aliado de las despóticas monarquías europeas de la época. Entonces primaban los estados teocráticos en los que «la Cruz» (la Iglesia, la religión) estaba demasiado cercana y aliada con la Espada (el Estado, el poder secular). Hasta bien entrado el siglo XX todavía existían algunos estados «confesionales católicos».

Absolutamente justificada la reacción contra esa insana alianza Iglesia-Estado. Jesucristo predicó la independencia del ámbito religioso del civil, con aquello de «dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Ninguna religión debería involucrarse con el poder político ni con el económico. Cuando lo ha hecho, o todavía lo hace (¡en el Medio Oriente!) los resultados son catastróficos. Pero de ahí a sostener que la religión y sus ministros no deben involucrarse en los problemas sociales hay un mundo. La Iglesia, como cualquier institución religiosa, debe iluminar la vida de sus fieles en todos sus ámbitos; la religión no se restringe al templo, debe abarcar todos los aspectos de la vida.

Esto ha estado cada vez más claro en la Iglesia Católica, especialmente a raíz del Concilio Vaticano II, el que de alguna forma abrió al mundo moderno la Iglesia heredera de las teocracias medievales y renacentistas. «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón», comienza el famoso documento Gaudium et Spes.

Para Latinoamérica, documentos de los obispos católicos como el de Aparecida han profundizado aún más esta integración de la pastoral con la problemática y las inquietudes de los fieles, impulsando la participación de los agentes pastorales en defensa de los derechos de los sectores más marginados.

Es cierto, lamentablemente, que hay sectores de la Iglesia demasiado anclados en el pasado, que defienden tácitamente el statu quo (político y económico) y se oponen a las necesarias transformaciones que requieren las sociedades modernas. Pero estos sectores son cada vez más minoritarios, y no representan ni mucho menos a toda la Iglesia.

Curas ambientalistas

Antes fueron acusados de comunistas, ahora de ambientalistas. A raíz del intento de expulsión del Hno. McAuley, algunos políticos y comunicadores han desatado una insana campaña contra los religiosos involucrados en la defensa del medio ambiente y los derechos de indígenas y otros sectores marginados; algo no del gusto de los que detentan el poder o usufructúan su cercanía con él.

Algunos se aúpan en un supuesto «espiritualismo» para defender que la Iglesia no se debe involucrar más allá de sus templos y sacristías, y no debe decir o hacer nada frente a los problemas sociales de sus feligreses. El periodista Aldo Mariátegui, nieto del Amauta Jose Carlos (pero no heredero de sus ideas e ideales) llegó a decir groseramente: «que evangelicen, pero que no jodan». Jesucristo evangelizó, pero también jodió a los poderosos de la época, por eso lo crucificaron.

Para estos anticlericales prehistóricos la Iglesia debería limitarse a curar las heridas sociales, no a remediar sus causas: esto es, debería dedicarse a hacer obras de caridad, atendiendo a pobres, huérfanos y ancianos indigentes, mitigando los estragos de un sistema social injusto, sin cuestionarlo ni tratar de remediar la raíz de los males. Pues no, eso tampoco; eso hizo la Iglesia por 1900 años, y lo sigue haciendo hasta cierto punto, pero no es suficiente.

Predicar un Evangelio aséptico a una población que muere de hambre sin preocuparse ni un ápice por su bienestar material (o simplemente impulsando la limosna como paliativo, sin buscar soluciones permanentes) es tan deforme como evangelizar a las gentes de hoy sin tocar los graves problemas ambientales que ponen en riesgo su salud y su misma vida. No me cabe ninguna duda que Jesús, en este escenario, estaría al lado de los hoy acusados de ambientalistas, y él mismo lo sería.

Curioso que los que defienden ahora esa retirada de la Iglesia a sus templos son los mismos (o sus herederos ideológicos) que antes aplaudían y coreaban la cercanía cómplice de ciertos sectores de la iglesia con algunos gobiernos, particularmente los de derechas, y especialísimamente ciertas dictaduras.

En el fondo, en el anticlericalismo más exacerbado e irredento hay un tanto de resentimiento y un mucho de malicia. No es de extrañar que algunos de los anticlericales más rabiosos de la historia hayan tenido un pasado muy «clerical»: Erasmo de Rotterdam, quizás el primer anticlerical europeo, era hijo de un cura, y Friedrich Nietzsche era hijo de un pastor protestante. Pero probablemente se trate también de la táctica del ladrón que grita «al ladrón»: el inmoral no soporta al moral, ni el indecente al decente, y para esconder su suciedad y su miseria, tratan de echar barro a todos.

Hay que poner las cosas en su sitio, y a la hora de criticar errores y defectos de una institución, no se debe meter en el mismo saco a justos y pecadores. Como dice el proverbio, «no hay que arrojar al niño con el agua sucia de la bañera».

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1 COMENTARIO

  1. Muy buenos tus alcances, sin embargo me parece que en la política y el estado como «ESPACIOS HUMANOS» también deberían ser iluminados con una adecuada religiosidad. La Religión Católica aún no ha podido resolver claramente cuál es el espacio divino y el espacio terrenal de esta dimensión. Sin duda la atención preferencial por los pobres es la más cercana acción de cumplimiento del evangelio de Jesús. El problema es cuando se pretende divinizar a la política y al estado, es decir deshumanizarla haciendo prevalecer el egoísmo humano, el abuso del poder y no el amor al prójimo. Si el cristiano no se tiene claro este concepto podría devenir en fanatismo irracional religioso desde cualquier posición (derecha, izquierda, centro) y por ello el problema es tan destructivo y deshumanizante. El “Kit de Asunto” está en el problema aún no resuelto meridianamente de optar por no divinizar la política y el estado como si fueran instrumentos de poder y opresión. Me parece que para Jesús esto sí es claro, pero nuestra dimensión humana nos impone la tarea de resolver fraternalmente esta disyuntiva en favor de la humanidad.
    Con Efecto:
    Fernando

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