Por: Francisco Gallo Infantes
En diciembre de 1996 me dieron la noticia de que venía promovido para Iquitos como Corresponsal Regional del diario El Comercio. Yo, hasta ese momento, me desempeñaba como corresponsal zonal en Chimbote y al parecer los editores vieron en mí alguna virtud. Yo la verdad, no estaba muy contento con el cambio, a pesar de que el sueldo era bueno, porque sentía que me sacaban de mi hábitat en Chimbote, en el que me movía como pez en el agua.
El 10 de Junio de 1997 llegué a Iquitos, no muy convencido todavía de que tenía que trabajar aquí, pero desde que salí del aeropuerto el panorama cambió. Quedé totalmente deslumbrado por la belleza de esta ciudad. En el trayecto al centro de Iquitos, solamente veía prodigios por donde miraba. Esas casas con techos de crisneja a dos aguas eran un deleite para mi visión. Ni qué decir cuando llegué a la ciudad. El Iquitos monumental me deslumbro más. ¡Qué belleza de ciudad! Y el clima: ¡Maravilloso!
Ver a toda la gente movilizándose en motos y motocarros también me llamó la atención y me hizo sentir como que estaba en otro país. Jamás había visto una ciudad tan especial y distinta como ésta. Me parecía estar dentro de un sueño mágico del que no quería despertar.
Han pasado los años y de verdad y a pesar de todo, no me arrepiento de haber llegado a Iquitos. Por muchísimas razones. Gran parte de mi desarrollo profesional lo logré aquí. Aquí también aprendí muchas cosas que me han servido para trabajar y para obtener logros personales, que quién sabe, no los hubiera conseguido en otra ciudad. El viejo adagio de que nadie es profeta en su tierra, digamos que también se cumplió en mí.
Aquí también conseguí amigos maravillosos que me dieron gratísimos momentos y que me alegraron la vida en demasía, para quienes solamente tengo palabras de agradecimiento y eterna gratitud. Pero desafortunadamente también conseguí algunos enemigos (muy pocos por cierto), que de vez en cuando se acuerdan de mí, para no muy amables fines.
A mí la verdad, no me gusta quejarme, pero lo que escuché recientemente rebasó todos los límites del odio, el encono, la envidia, la difamación y la calumnia; antivalores con los que algunas personas viven durante toda su vida y que las hace realmente infelices. Si bien es cierto, en todos sitios se cuecen habas, en ciertas ocasiones en Iquitos he sido blanco de comentarios, no solamente inverosímiles y descabellados, sino también arteros y llenos de mucha maldad.
No voy a referirme al hecho en sí, porque no vale la pena y allá aquellos que lo generaron, porque el que odia sufre, el que sufre es infeliz y la infelicidad lleva a la depresión, que podría llevarlo hasta el suicidio.
Reitero, tengo mucho que agradecerle a Iquitos, ciudad a la que quiero mucho y a la que adopté como propia, pues me siento un loretano más que come tacacho, Inchicapi y pescado asado, pero me apena de sobremanera tanta envidia y algunas veces ser el blanco de habladurías, calumnias y ataques mentirosos.
Normalmente no escribo de estas cosas, pues me gusta más escribir acerca de otros temas más importantes y edificantes, pero me afectó bastante que ciertas personas se ocuparan de mí para arrojar tanto veneno.
Sinceramente no me considero la persona más bondadosa del mundo, pero tampoco ando por allí haciéndole daño a la gente y sembrando la incertidumbre y la zozobra, ni haciendo comentarios chambones propios de un adolescente. Dios dijo: «Por sus obras los conoceréis», y estoy seguro que solamente el tiempo se encargará de darme la razón, porque en ningún momento yo actué con malas intenciones.
Siempre repetiré gracias a mi formación cristiana, que existe un Dios Todopoderoso que se encargará de aquellas personas que andan mancillando honras gratuitamente. A mí no me corresponde juzgarlas ni menos buscar venganza.
Espero, en una ocasión muy cercana, volver para escribir acerca de temas más gratificantes, ejemplares y educativos, que por el momento me siento muy desencantado. Sé que va a pasar, pero sinceramente me siento muy apenado.




