Iquitos atraviesa uno de los momentos más preocupantes para la libertad de prensa de los últimos años. En cuestión de semanas, los atentados, amenazas y actos de intimidación contra periodistas han dejado de ser hechos aislados para convertirse en una peligrosa señal de que informar con independencia puede costar la vida. Lo ocurrido no puede normalizarse ni quedar reducido a un titular pasajero.
El asesinato del periodista Raúl Celis aún permanece como una herida abierta en la memoria de Loreto. Lejos de convertirse en un punto de inflexión para garantizar mayor protección a quienes ejercen el periodismo, las recientes amenazas de muerte contra comunicadores evidencian que el miedo sigue rondando las redacciones, las cabinas de radio y hasta los hogares de quienes cumplen con el deber de informar.
Quienes amenazan a un periodista no buscan únicamente callar una voz. Pretenden sembrar el temor para que nadie investigue, para que nadie denuncie y para que la corrupción, el crimen o los abusos puedan actuar en la oscuridad. Un periodista intimidado representa una ciudadanía menos informada, más vulnerable y con menos herramientas para exigir transparencia y justicia.
Pero el silencio nunca puede ser una opción. Si hoy se intimida a un periodista y la sociedad permanece indiferente, mañana cualquier ciudadano que denuncie una irregularidad también podrá convertirse en objetivo. Defender la libertad de prensa no es proteger un gremio; es defender el derecho de todos los peruanos a conocer la verdad, por incómoda que esta resulte.
Las autoridades tienen una responsabilidad que ya no admite más demoras. La Policía Nacional, el Ministerio Público y el Poder Judicial deben investigar con rapidez, identificar a los responsables y garantizar que estos hechos no queden impunes. La impunidad alimenta la violencia, y cada caso sin resolver envía un mensaje equivocado a quienes creen que las balas y las amenazas pueden imponerse sobre la verdad.
Desde estas páginas levantamos nuestra voz con absoluta firmeza. Iquitos no puede convertirse en una ciudad donde el periodismo se ejerza bajo amenaza. Ninguna investigación periodística merece una bala, ninguna opinión merece una amenaza y ninguna familia debería vivir con miedo porque uno de sus integrantes decidió informar. Defender a los periodistas es defender la democracia. Y cuando intentan callar a la prensa, es toda la sociedad la que debe responder con una sola voz: la verdad no se intimida y la libertad no se negocia.
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Silenciar a un periodista
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