Las últimas protestas encabezadas por representantes del pueblo o de instituciones gremiales se están tornando violentas y por tanto peligrosas.
Ayer mismo, en Iquitos, se dio una violenta incursión de dirigentes y miembros del Sutep al local de la dirección regional de educación, derribando puertas y accediendo a los ambientes por la fuerza, pretendiendo expulsar a la directora a como diera lugar, hecho que sólo en personas cegadas por la ira se puede dar. A decir de los reporteros de medios televisivos, era intención de los enardecidos maestros, coger de los pelos a la profesora Efrocina Gonzáles y sacarla a la calle, lo que no se dio por la presencia de miembros de la DUES y de una fiscal del Ministerio Público.
Una vez más, nos identificamos con las protestas populares porque son el reflejo que algo está andando mal, que no todo es como las autoridades la quieren pintar y eso es bueno, porque si no se escucha al pueblo a través de sus voceros, no conoceremos si el rumbo está correcto y al no estarlo estaríamos yendo a la deriva y al fracaso de nuestras acciones como autoridades.
Pero de ser francos y directos en nuestras expresiones, a dar paso a consignas políticas de partido o a liberar los demonios que todos llevamos dentro, llegando a usar la fuerza, no es de gente civilizada, no es de ciudadanos de un país que se tilda de democrático. Eso es intransigencia.
Que se nos está yendo el principio de autoridad, es cierto. Ya no hay respeto a los cargos, no hay respeto a la investidura que lleva la autoridad elegida como expresión de la voluntad popular.
Los reclamos tienen que seguir una ruta, un camino, enmarcado dentro de la ley y el orden.






