Por: José Álvarez Alonso
No cabe duda de que la inversión en educación, en ciencia y tecnología son las llaves para el desarrollo de un país. Experiencias como las de Singapur o Corea del Sur así lo demuestran. Es un poco iluso, sin embargo, pensar que la tecnología y la ciencia constituyen la única oportunidad de competir en un mundo globalizado. Por ejemplo, es remota la posibilidad de que a estas alturas Perú pueda constituirse en un tipo de “Tigre Asiático” de Sudamérica, produciendo bienes baratos para el resto del mundo, como lo hacen China e India, y lo hizo antes Taiwan. O que podamos convertirnos en un “Silicon Valley” andino, desarrollando tecnología de punta en la vertiginosa carrera en la que compiten Estados Unidos, Europa y China.
Sin descartar la primera premisa (que en cualquier escenario es clave invertir en educación, ciencia y tecnología), la pregunta que nos hacemos es: ¿tenemos oportunidades en otros campos de la economía que no sean las tecnologías de punta o el desarrollo industrial clásico, donde ya llegamos algo tarde a la feria?
Y la respuesta es un SÍ, gigante. Perú puede que esté en el tercio inferior en los países más educados y desarrollados industrial y tecnológicamente, pero está no en el tercio, sino en el quintil superior de los países con más potencial en un capital que es cada vez más valorado y considerado estratégico para el futuro: el capital natural. Y no estoy hablando necesariamente de recursos del subsuelo, que tampoco excluyo (lo que nos dio la naturaleza debe ser aprovechado, de la forma más eficiente y con menor impacto ambiental y social posible, y distribuido de la forma más equitativa posible). Hace unas pocas décadas quizás esta pregunta no hubiese sido respondida de la misma manera. Pero con tendencias de los consumidores del mundo hacia una vida más sana y natural, y con las evidencias cada vez más preocupantes de los efectos del cambio climático y la degradación ambiental, los negocios vinculados con temas de salud y bienestar personal y del planeta se están convirtiendo en una de las grandes tendencias del siglo XXI.
Sabemos que el Perú es uno de los campeones mundiales en biodiversidad, y probablemente el primero en el mundo en agrobiodiversidad. Esto, que para algunos quizás suena a problema (porque esa biodiversidad hay obligación de conservarla, y no es fácil darle valor de mercado), en las últimas dos décadas se está convirtiendo en un tremendo activo para el desarrollo. Y no solo estamos hablando solamente de ecoturismo y turismo de aventura en nuestras áreas naturales: estamos hablando de bienes de consumo.
Es cierto que en el último medio siglo la agricultura en el mundo pasó a representar del 40% de la economía al 4%. Pero sigue siendo enormemente importante para un país como el Perú, donde más de un cuarto de su población vive todavía en el campo y del campo, y conserva no solo valiosísimas razas y variedades nativas, sino saberes y tecnologías ancestrales tanto para la agricultura y la ganadería como para el manejo de bosques y recursos acuáticos, en este caso en la Amazonía y la costa peruana. Los productos derivados de estos recursos y de sus culturas asociadas son cada vez más valoradas por el mercado.
Esos 2.2 millones de unidades agrícolas familiares que todavía conserva el Perú no son un lastre, como algunos desarrollistas esnobs piensan, sino un enorme potencial. Representan a unos 8 millones de peruanos, mayormente indígenas andinos y amazónicos, pequeños campesinos de la costa y el Ande, y pescadores costeros. Sin embargo, muy poco se está invirtiendo en mejorar las tecnologías y fortalecer las cadenas de valor para colocar esos productos en los mercados globales.
Esto sobre todo aplica a los recursos de los bosques amazónicos, y a las capacidades de las comunidades amazónicas, que como bien decía el recordado antropólogo Jorge Gasché, no tienen un perfil agrícola o ganadero, sino “bosquesino”, por su vocación y cultura asociada con el manejo del bosque. En este caso, la enorme diversidad de nuestros bosques y la abundancia de recursos derivados de ellos, y los conocimientos tradicionales asociados, crean una oportunidad extraordinaria para generar puestos de trabajo, riqueza y bienestar en los más de cinco mil comunidades de la Amazonía peruana.
Y ahí viene el tema de la educación en la Amazonía: si nuestro mayor potencial está en poner en valor los recursos forestales y acuáticos silvestres (ya que los suelos tan pobres o con limitaciones de drenaje, y el clima y las plagas tan desfavorables), la educación en la Amazonía debería priorizar la creación de capacidades para manejar, agregar valor y comercializar esos recursos. Y no se ha invertido ni se está invirtiendo gran cosa en ello, aunque ya hay algunos proyectos que están promoviendo el manejo, transformación y comercialización de algunos productos forestales, como el aguaje en Loreto y la castaña en Madre de Dios. La prueba está en que la inmensa mayoría de los egresados de los colegios secundarios y de los institutos tecnológicos de la Amazonía huyen de la zona rural y se van a las ciudades, a engrosar en buena medida la gran masa de desempleados y subempleados “con cartón”… O, peor aún, a engrosar las filas de los que van por la ruta fácil y destructiva de las actividades ilícitas que están destruyendo ecosistemas, comunidades y futuros en nuestra región.






