Loreto tiene bajo sus ríos y sus riberas una historia que vale millones de años, pero seguimos actuando como si aquello que tenemos fuera infinito y no necesitara protección. Los fósiles encontrados en las riberas del Amazonas demuestran que hace más de 13 millones de años esta tierra estaba cubierta por gigantescos sistemas de lagos, pantanos y humedales, habitados por especies que hoy solo podemos conocer a través de sus restos. No son simples curiosidades científicas: son evidencias que permiten entender cómo se formó y transformó la Amazonía.
La Formación Pebas es una prueba contundente de esa riqueza. En sus sedimentos aparecen antiguos manatíes, delfines, caimanes y especies que no tienen equivalente directo en la fauna amazónica actual. Allí también vivió el gigantesco Purussaurus, uno de los mayores caimanes conocidos. Cada hallazgo agrega información para reconstruir un pasado en el que los ecosistemas amazónicos eran radicalmente distintos de los actuales.
Y aquí aparece una contradicción que no podemos ignorar. Mientras Loreto reclama permanentemente que el país reconozca su importancia amazónica, todavía hacemos muy poco para investigar y difundir aquello que tenemos literalmente frente a nosotros. Dependemos de expediciones que llegan durante la vaciante y de proyectos científicos que deben competir por financiamiento para estudiar nuestra propia historia natural. Una región con semejante potencial no debería limitarse a recibir investigadores: debe generar conocimiento desde aquí y para el mundo.
La temporada de vaciante resulta decisiva porque permite acceder a zonas que durante buena parte del año permanecen cubiertas por el río. Es una ventana científica que no puede desperdiciarse. Sin programas permanentes de investigación, recuperación y conservación, buena parte de las evidencias puede perderse antes de ser estudiada. El conocimiento que no se registra termina siendo una oportunidad desperdiciada para comprender nuestra propia región.
También es urgente cambiar la manera en que formamos a nuestros jóvenes. Loreto necesita paleontólogos, geólogos, paleoclimatólogos, paleobotánicos y especialistas capaces de estudiar su propio territorio. No basta con recibir investigadores de otras partes y celebrar sus descubrimientos. Necesitamos que los jóvenes loretanos tengan oportunidades concretas para convertirse en los científicos que mañana exploren, estudien y expliquen la historia de esta región. El conocimiento también es una forma de defender nuestro territorio.
Los fósiles de Loreto deberían provocar mucho más que admiración. Deberían provocar una reacción. Porque mientras discutimos diariamente sobre problemas inmediatos, millones de años de historia permanecen prácticamente fuera de las prioridades públicas. El Estado, las instituciones científicas y las autoridades regionales tienen una responsabilidad que no pueden seguir postergando. Loreto no puede permitirse tener bajo sus aguas una de las historias naturales más extraordinarias del continente y, al mismo tiempo, carecer de una estrategia seria para estudiarla. Conocer nuestro pasado también es decidir qué futuro queremos para la Amazonía.
Millones de años bajo el abandono
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