El Día Internacional de los Pueblos Indígenas no debería ser una fecha para llenar agendas oficiales de ceremonias, discursos y fotografías. En Loreto, donde la presencia de nuestros pueblos originarios es parte esencial de nuestra identidad amazónica, esta fecha debería servir para preguntarnos qué estamos haciendo realmente por quienes habitan desde hace generaciones los territorios más alejados y, muchas veces, los más olvidados por el Estado.
Nuestros pueblos originarios conocen el bosque, los ríos y sus territorios mucho antes de que existieran carreteras, municipalidades o instituciones públicas. Han desarrollado conocimientos sobre plantas, pesca, agricultura, navegación y manejo de los recursos naturales que hoy el mundo empieza a valorar bajo conceptos como economía sostenible y conservación. Sin embargo, resulta contradictorio que quienes poseen ese conocimiento continúen viviendo con enormes dificultades para acceder a salud, educación, conectividad, transporte, agua segura y oportunidades económicas.
El problema es que durante décadas hemos mirado a las comunidades indígenas únicamente desde una perspectiva asistencialista. Se llega con una ayuda, un programa temporal o una campaña, pero pocas veces se construye una política económica que permita que las comunidades generen sus propios ingresos y tengan participación real en los mercados. Si queremos cambiar esta realidad, debemos dejar de preguntar solamente qué necesitan nuestros pueblos originarios y comenzar a preguntar también qué podemos construir con ellos.
Esto resulta especialmente importante frente a amenazas como la minería ilegal, la tala indiscriminada y la contaminación de nuestros ríos. No podemos pretender proteger la Amazonía únicamente desde Iquitos o desde Lima. Quienes viven en las comunidades son los primeros en observar lo que ocurre en sus territorios. Ellos pueden convertirse en la primera línea de defensa del bosque y de los ríos, siempre que tengan seguridad, organización, capacitación, tecnología y alternativas económicas que les permitan defender su territorio sin poner en riesgo su propia subsistencia.
Loreto también tiene la responsabilidad de mirar hacia adelante. Los productos del bosque, la artesanía, el turismo comunitario, la pesca responsable, la agricultura amazónica y los conocimientos tradicionales pueden convertirse en verdaderas cadenas económicas si existe inversión, capacitación, conectividad y acceso a mercados. No se trata de convertir la cultura indígena en una mercancía, sino de generar condiciones para que las propias comunidades puedan decidir cómo desarrollar sus actividades y cuánto valor quieren incorporar a sus productos.
Por eso, esta fecha debería convertirse en un llamado de atención para nuestras autoridades. Los pueblos originarios no necesitan únicamente que los recordemos un día al año. Necesitan estar presentes en la planificación regional, en los presupuestos, en las decisiones sobre sus territorios y en la construcción de la nueva economía amazónica. Loreto no podrá hablar de desarrollo mientras una parte fundamental de su población siga viviendo al margen de las oportunidades. El futuro de la Amazonía no se construirá sin sus pueblos originarios; se construirá con ellos, desde sus territorios y reconociendo que su conocimiento también es una forma de riqueza.
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Los pueblos originarios necesitan oportunidades
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