La reunión convocada para enfrentar el avance de la minería ilegal en la cuenca del Nanay es una oportunidad para replantear la estrategia con la que el Estado ha venido enfrentando este problema. Durante años, el enfoque ha estado centrado en proteger el agua que consume Iquitos, una preocupación totalmente válida. Sin embargo, esa mirada resulta incompleta si no se pone en el centro a quienes viven todos los días en las riberas del Nanay y conocen mejor que nadie lo que ocurre en su territorio.
Los pobladores de las comunidades asentadas en la cuenca no pueden seguir siendo considerados únicamente como testigos de la problemática. Deben convertirse en los principales aliados del Estado. Nadie vigila mejor un río que quien depende de él para pescar, alimentarse, transportarse y criar a sus hijos. Si las comunidades cuentan con oportunidades económicas, presencia permanente de las autoridades y mecanismos de participación, serán la primera línea de defensa frente a quienes destruyen el bosque y contaminan las aguas.
La lucha contra la minería ilegal no se ganará únicamente con operativos de interdicción que aparecen por unos días y luego desaparecen. Es indispensable desarrollar un plan integral que lleve desarrollo a la cuenca: educación, salud, conectividad, proyectos productivos sostenibles, turismo comunitario, manejo forestal responsable y alternativas reales de ingreso para las familias. Allí donde el Estado está ausente, las economías ilegales encuentran espacio para crecer.
Desde la ciudad es fácil exigir que se proteja el Nanay porque de allí proviene el agua que llega a miles de hogares. Pero para las comunidades el río representa mucho más que una fuente de abastecimiento; es su modo de vida, su economía, su cultura y su identidad. Cualquier política pública que ignore esta realidad estará destinada a ofrecer resultados temporales y no soluciones definitivas.
La movilización convocada para el 26 de agosto debe servir para unir a la ciudad y al campo bajo un mismo objetivo. No se trata únicamente de defender el agua de Iquitos, sino de garantizar que quienes habitan la cuenca puedan seguir viviendo dignamente en un ambiente sano y con oportunidades de desarrollo. Proteger el Nanay es proteger a sus pueblos.
El verdadero éxito de esta lucha llegará cuando las propias comunidades sean las guardianas permanentes del río, respaldadas por un Estado presente y por una ciudadanía que comprenda que el futuro del Nanay comienza en sus nacientes y en cada uno de los pueblos que lo custodian. Allí, y no solo en la ciudad, está la clave para derrotar de manera sostenible a la minería ilegal.
Lo Último
La primera línea de defensa del Nanay está en sus comunidades
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