Escribe: Erick Braga
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El devenir de la realidad política y social demuestra que la descomposición ética de los individuos no responde a factores genéticos, sino a las contradicciones de su praxis material – política. Fenómenos contemporáneos donde sujetos criados en entornos de aparente solidez moral terminan cooptados por estructuras corruptas evidencian que el ser social determina la conciencia social. Sin embargo, esta premisa sociológica no es un automatismo: La coherencia política – ideológica no se consolida en la especulación teórica, sino en la trinchera real de la interacción económica, política y cultural.
Esta disociación entre el discurso y la acción explica la claudicación de “cuadros intelectuales” que devienen en traidores y validadores del “statu quo”. Al respecto, Vladimir Ilich Ulianov Lenin advertía que en la lucha política directa es preferible tener al frente a un antagonista explícito que un aliado de postura ambigua. Hoy asistimos a una crisis donde sectores que se auto identifican con el “reformismo de la izquierda» operan en cierto modo, como soporte y pacto-mafioso de la degradación del Estado, contra los procesos de transformación social, mediante un evidente “sicariato político”.
Este escenario se traduce en una inercia estructural frente a una hegemonía cultural alienante, situación moral, falsamente percibida como inofensiva que neutraliza la potencia crítica de una juventud que abdica de su rol histórico. La sociedad enfrenta el riesgo de normalizar el vicio y la corrupción como dimensiones ontológicas inalterables de su cotidianidad, alimentando una especie de “comodidad sistémica” que recicla las estructuras de dominación en lugar de destruirlas.
Superar esta realidad exige entender que la cultura y la moral no son meras superestructuras sociales, sino campos de batalla material de lucha directa, creadora y transformadora. La resistencia retórica es estéril si no se traduce en una organización política y económica capaz de disputar las condiciones reales de existencia y demostrar la viabilidad concreta de un modelo de sociedad alternativa.
El desafío histórico demanda el tránsito definitivo de la abstracción a la praxis concreta. Evocando la tesis de José Carlos Mariátegui en Alma matinal, la juventud transformadora debe anteponer el «Combato, luego existo» a la pasividad del axioma cartesiano: “Pienso luego existo”. La emancipación de nuestros pueblos no se agota en el debate conceptual; se dirime y se conquista en la materialidad de la lucha económica, política, moral y cultural.




