La ciudad vive una creciente sensación de inseguridad que ya no puede ocultarse tras estadísticas frías ni discursos tranquilizadores. Los asaltos armados se han vuelto parte de la cotidianidad: comerciantes, mototaxistas, estudiantes y ciudadanos comunes viven con el temor de ser la próxima víctima. Las calles, que deberían ser espacios de convivencia y desarrollo, se han convertido en escenarios donde delincuentes armados imponen su ley ante la mirada impotente de la población.
Lo más preocupante es que muchos de estos asaltos ocurren a plena luz del día, en zonas transitadas y frente a testigos. Esto evidencia no solo la audacia de los criminales, sino también una preocupante debilidad en la capacidad de respuesta del Estado. La percepción ciudadana es clara: los delincuentes sienten que tienen más libertad para actuar que las autoridades para prevenirlos o capturarlos.
La Policía Nacional realiza esfuerzos y operativos, pero la magnitud del problema exige mucho más que acciones aisladas. Se requiere una estrategia sostenida que combine inteligencia policial, presencia efectiva en las calles y coordinación con el Ministerio Público y el Poder Judicial para evitar que los detenidos vuelvan rápidamente a las calles. La impunidad es el combustible que alimenta esta ola de violencia.
Pero también corresponde una reflexión a las autoridades regionales y municipales. La seguridad ciudadana no puede seguir siendo un tema secundario en la agenda pública. Se necesitan inversiones reales en iluminación, videovigilancia, patrullaje integrado y prevención del delito. No basta con reaccionar después de cada asalto mediático; se debe actuar antes de que la violencia siga escalando.
Iquitos merece recuperar la tranquilidad que por años caracterizó a su vida urbana. La ciudadanía no puede resignarse a vivir entre el miedo y la incertidumbre. Combatir los asaltos armados no es solo una tarea policial, es un compromiso político y social urgente. Porque cuando el crimen se normaliza, lo que realmente está en juego no es solo la seguridad, sino la propia dignidad de la ciudad.





