IMIRÍA, PAICHE, COCA, INDÍGENAS, COLONOS

Por: José Álvarez Alonso

Bella, rica y gigante, así es la Laguna Imiría, la cocha más grande de la región Ucayali. Tiene nada menos que 38 km² de espejo de agua, un laberíntico complejo de entradas, islas flotantes y resaques que se asemejan muy poco a las típicas cochas de meandro de la Amazonía baja. Desde el aire tiene la forma de una neurona o una raíz de un enorme árbol, dado lo intrincado y caprichoso de sus brazos. Contigua a Imiría se encuentra su hermana Chaulla, de similares características. Son famosas las islas flotantes en esta cocha, que se mueven de un lado para el otro con el viento, y ocasionalmente pueden incluso cerrar el acceso a la cocha. En realidad, el origen de estas dos cochas no es el típico de los lagos amazónicos (un meandro abandonado por el río), sino un valle bloqueado por los sedimentos del río Ucayali.

 

Imiría fue siempre famosa por su paiche. Como ha ocurrido en toda la Amazonía, ha sufrido décadas de saqueo indiscriminado por parte de pescadores comerciales provenientes de Pucallpa, a los que se añaden, como siempre, los madereros que pelaron de maderas sus riberas, en perjuicio de los indígenas que habitan la cocha desde tiempos inmemoriales. En los últimos años la osadía de los pescadores había llegado al límite, y usaban tóxicos indiscriminadamente, provocando una creciente escasez de pescado. Las comunidades pidieron al Gobierno Regional que se crease una reserva para frenar la depredación. En el 2010 fue declarada el Área de Conservación Regional Imiría, con 135,737 hectáreas. A pesar de que se ha mejorado el control en Imiría, los recursos pesqueros todavía no se recuperan, como pudimos comprobar con las patarashcas de peje menudo que nos ofrecieron en la comunidad de Bella Flor. La gente habla de lo que una vez hubo, y que podría volver a haber si hubiese apoyo para el manejo pesquero: «Cuando yo era niño había demasiado pescado, paiche, gamitana, paco, arahuana, de todo», cuenca Don Manuel, uno de los más antiguos moradores de la zona.

 

En Imiría se ha ejecutado en los últimos años un proyecto orientado a la «preservación del paiche». Sí, preservación, como si de un pez en formol se tratase; no manejo, no conservación… Con ese enfoque preservacionista se pueden vaticinar los resultados. Las comunidades no quieren oír ni hablar del gobierno o las oenegés, y son muy recelosas con respecto a los proyectos. Han visto pasar por sus narices a decenas de científicos y técnicos con sus caros equipos y deslizadores, monitoreando los paiches a los que habían colocado microchips, que por cierto se han hecho humo. El apoyo al manejo comunitario fue, sin embargo, virtualmente nulo, lo mismo que el apoyo a alternativas productivas para beneficio de las comunidades. Pese a los carísimos estudios y un evento de repoblamiento, hoy hay menos paiches en Imiría, y en el mercado de Pucallpa las vendedoras bromean con los compradores de paiche: «¿Quiere con chip o sin chip?». Ahora los tecnócratas proponen, increíblemente, construir piscigranjas en las comunidades. ¿Al lado de la cocha más extensa y productiva de Ucayali? El fracaso es predecible, y dentro de tres o cuatro años habrá otras decenas de estanques abandonados y un montón de pobladores frustrados y furiosos contra el Gobierno.

 

En las riberas de Imiría habitan 14 comunidades, entre indígenas y colonas. Los colonos, mayormente procedentes de los Andes, llegaron a la zona gracias a una carretera tortuosa que la conecta con Pucallpa, atraídos por la fama de la riqueza de la cocha y, según nos dicen, por el boom de la coca. Éste duró poco en la zona, por su cercanía a Pucallpa, pero los colonos se quedaron con su visión agropecuaria del desarrollo, traída de Huánuco, Cajamarca y otras zonas. En las comunidades de colonos hay algunos ganados, bastante miserables debido a la pobreza de los pastos (los suelos son muy pobres en las riberas del Imiría). Los indígenas se dedican más a las actividades tradicionales de pesca, caza y extracción de recursos del bosque.

 

La Región Ucayali tiene serios problemas con cultivos ilícitos, especialmente en la cuenca del Agaytía, y también en algunas zonas cercanas a la frontera con Brasil, donde se localizan algunas de las rutas de transporte de droga hacia el vecino país. La lección de Ucayali (muy útil para Loreto, donde algunos ilusos sueñan con carreteras como llaves del desarrollo) es que las carreteras en la selva siempre vienen con yapa: con ellas vienen los colonos andinos y costeños, con su mentalidad antiforestal y agrarista, y con frecuencia los cultivos ilícitos y todas las plagas asociadas: terrorismo, delincuencia, corrupción, alcoholismo, prostitución… Como la agricultura en selva baja es poco rentable, es fácil que terminen cayendo en la tentación de los cultivos ilícitos. Cuando comienza la presión del Gobierno para erradicar las plantaciones de coca, viene la llantina: que no hay apoyo, que tienen que darles alternativas… Y obviamente, en selva baja las alternativas rentables a los cultivos de coca son casi nulas, al menos en la línea «agropecuarias».

 

Hemos conversado con dirigentes de la mayoría de las comunidades sobre opciones de desarrollo: se nota claramente la influencia agrarista de los programas gubernamentales, pues a pesar de la pobreza de los suelos y la alta pluviosidad de la zona los colonos siguen insistiendo en que el cacao, el sacha inchi o la palma aceitera son la alternativa, ignorando las inmensas posibilidades de la cocha en sí. Los indígenas, sin embargo, se muestran más abiertos a alternativas sostenibles relacionadas con el manejo pesquero, la artesanía, el manejo de recursos forestales no maderables con valor agregado, el turismo… La cocha, definitivamente, podría recuperar su productividad de antaño y no sólo abastecer con creces de pescado a las poblaciones locales: tiene gran potencialidad para recuperar y hacer negocio con peces comerciales como el paiche y la arahuana, así como con taricayas y caimanes, sin mayor esfuerzo que el manejo. «Nada más hay que dejar tranquilos animales, hasta que se recupere la cocha», afirmó sabiamente Don Manuel.

 

También Imiría tiene gran potencial para el ecoturismo. La carretera que conecta a Pucallpa con la costa del Perú la convierte en un destino muy tentador para el turismo nacional y el turismo «mochilero» orientado a la Amazonía baja. Hay una carretera, transitable sólo en verano,  que comunica a Pucallpa con Imiría. Se llega en motocarro en unas tres o cuatro horas. Si a su accesibilidad unimos la belleza paisajística sin igual de esta inmensa cocha, y la posibilidad de desarrollar deportes de aventura (pesca deportiva, piragüismo, sky acuático, etc.), así como etno turismo y turismo esotérico, tenemos otra alternativa promisoria para la coca y a la agricultura insostenible. Ya me imagino los albergues y resorts que habrá en unos años en alguna de sus hermosas islas…