Exposición fotográfica «Barroco: los caminos del Nuevo Mundo» de Ferrante Ferranti, desde este viernes 15 de octubre en el Museo Amazónico

Por Franklin Farell Ortiz

La mirada de Ferrante Ferranti (Argelia, 1960) está centrada en la mirada del conquistador europeo que llegó a América en 1492. Su punto de partida es explícito: Tomar, Portugal. Recorre la ruta de la historia (Sevilla) en busca de confirmar todas aquellas maravillas narradas en crónicas y cartas por soldados y religiosos del período colonial. Los tópicos: puertas y ventanas de edificaciones religiosas y edificios públicos. El poder secular y religioso de un Occidente acabado de nacer como idea, que como poder fáctico buscó emular la grandiosidad de las culturas conquistadas con su arte sacro y su arquitectura como la prueba de su superioridad religiosa, la justificación moral de sus actos, de «pueblo elegido».

Potosí, Cusco, el pasado prehispánico no dejarán de recordarnos el alegato del mestizo Inca Garcilazo de la Vega: la Conquista española no fue realizada por el Cristianismo, sino por una versión herética de éste (las supersticiones de soldados medievales venidos de otra «guerra santa» vs. la espiritualidad intimista de los indígenas). Un dios sufriente sobre la cruz que continuaba el sentimiento trágico de la espiritualidad indígena americana. (Me parece que es el mexicano Carlos Fuentes quien nos recuerda que el arte sacro latinoamericano no representa al Cristo resucitado, victorioso y vencedor de la muerte del Renacimiento, que siguió al Barroco.)

No hay por qué escandalizarse ante las resonancias de las palabras de Ferranti cuando afirma -deliberadamente- que llega en busca de las montañas de oro del Perú  como metáfora de una búsqueda espiritual: el conquistarse a sí mismo (catálogo de la exposición «Barroco: los caminos del Nuevo Mundo»). Rubén Darío ¿no volvía exótico y angélico todo lo hispanoamericano para interpelar a lo americano sajón? Lo que estremece es que nosotros no hayamos logrado superar la mirada del colonizador español. ¿Qué me permite afirmar lo anterior? Otro de los motivos en sus fotografías: la presencia siempre imprevista y juguetona de los niños en lugares sagrados, tal vez porque son los únicos que tienen lo suficiente para acercarse a un extraño llegado al pueblño -en la Iglesia de La Merced (Lima), en Alcantara (Brasil), Tlacochahuaya (México), Antigua (Guatemala)-. Y sobre todo aquella foto de la Iglesia de San Lorenzo, en donde un hombre ora y en lugar del púlpito se ve la imagen reflejada por el vidrio del Cerro Rico de Potosí.

El Barroco como período del arte fue un gran momento en la historia del arte. Sigue maravillando incluso a este fotógrafo y académico francés de raíces árabes. Los franciscos almacenados en las sacristías, los Cristos Asiáticos (Cachoeira, Brasil) o el joven indígena crucificado en el atrio de la Iglesia de San Javier (Bolivia) de aquel primer proyecto social interrumpido de las misiones jesuíticas en el Cono Sur (Misión de Trinidad, Paraguay).

El camino espiritual de Ferranti sigue la historia y la geografía (novicias de blanco en terreno el pedregoso de Anjuna, India). Captar el barroco como período y como sentir, como elemento y como historia. Las mujeres de la Iglesia de San Cajetan (Goa, India) nos sorprenden por descubrirnos la vastedad de un arte religioso como fue el barroco, cuando aún no había sido acuñada la palabra globalización. Para introducirse en la ironía de las fotografías de Ferranti sugiero empezar por dos que vienen una frente a otra en el catálogo de la muestra: la del Espíritu Santo (Catedral en Sucre, Bolivia) y el Cristo de la Humildad (Sevilla, España). No todo es pasado en estas imágenes, sin embargo (torres de la iglesia del Paricutín, México), así también como lo que está presente dentro no es toda la fotografía (los niños revoloteando y prestándose a posar para el fotógrafo).

La exposición fotográfica «Barroco: Los caminos del Nuevo Mundo» estará presente en nuestra ciudad a partir de hoy desde las 7:00 pm en la sala de exposiciones temporales del Museo Amazónico, sito en Malecón Tarapacá 386.