La partida de Héctor Vargas Haya, a los 98 años, no solo marca el cierre de una vida larga, sino el fin de una presencia moral que durante décadas sostuvo, con firmeza y coherencia, la dignidad del debate público. En tiempos donde la política suele confundirse con el oportunismo, su figura emerge como un recordatorio incómodo pero necesario de que sí es posible ejercer el poder con integridad.
Fue ex presidente de la Cámara de Diputados, constituyente, varias veces legislador y militante aprista, pero reducirlo a sus cargos sería mezquino. Vargas Haya representó algo más profundo: una forma de entender la política como servicio, como construcción de ideas y no como simple administración de intereses. Su trayectoria estuvo marcada por una honestidad acrisolada que no necesitó propaganda, porque se sostenía en hechos.
Autor de una veintena de libros, dedicó su vida intelectual a la crítica, la historia y la reafirmación de sus convicciones partidarias, siempre desde su identidad aprista. No escribía para agradar, sino para incomodar cuando era necesario y para dejar constancia de su tiempo. Sus innumerables artículos periodísticos fueron testimonio de una mente lúcida, que jamás se rindió ante la complacencia ni ante el silencio.
Hoy, cuando la memoria suele ser frágil y selectiva, corresponde hacer un esfuerzo consciente por reivindicar su legado. No como un acto protocolar tras su fallecimiento, sino como un compromiso real con los valores que encarnó: honestidad, disciplina intelectual y respeto por las instituciones. Levantar su imagen es, en el fondo, levantar un estándar que la política actual parece haber olvidado.
Que en paz descanse don Héctor Vargas Haya. Pero que su ejemplo no descanse con él. Que incomode, que interpele y que obligue a quienes hoy ejercen el poder a mirarse en ese espejo exigente que deja su vida. Porque honrarlo no es recordarlo con palabras, sino intentar estar a la altura de lo que representó.
Lo Último
Don Héctor Vargas Haya
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