CRÍTICA LITERARIA
Por: Juan Saavedra Andáluz
La poesía -los lectores habituales lo saben- tiene una dosis de misterio. Los versos cantan afectados sentimientos que pertenecen a la intimidad de la conciencia, inviolable, donde nadie puede hurgar en busca de respuestas. El poeta deja fluir sus deseos, sus más reservados anhelos, sus ilusiones, sonrisas y llantos contenidos en cada verso. La poesía es uno mismo, su propia naturaleza. Por eso no faltan quienes, intrigados por el misterio, se preguntan qué es la poesía y hasta surge la irreverente interrogante ¿para qué sirve? Eso está más allá de la comprensión del lector común, del colectivo social, de las diversas manifestaciones del género humano. Alguien dijo por eso, que la poesía es el lenguaje de los dioses, verdaderos banquetes de ambrosía celestial.
El poeta se habla a sí mismo. Sólo él descubre el arcano generado por su genio. El poeta se retrata en sus versos; son los espejos de sus ilusiones. De allí que los poetas tengan la extraña virtud de conmover el alma humana, castigan con ternura inenarrable nuestros sentimientos, con susurros colmados de aticismos, dardos de vida lanzados al corazón.
Un joven poeta, Alejandro Saavedra Torres, busca su destino en este mundo, explora con evidente mansedumbre lo bello, lo inexpresable por otro medio, detona su fuerza creativa eclosionando versos tan sencillos que identifican la forma y el fondo de una poesía donde el ideal pone en movimiento una especial percepción de lo bello. La sencillez, en cualquier género literario, pone a prueba la capacidad creativa del artista. La naturalidad, la fluidez de las ideas como caídas de una vertedera inclinada, nos señalan un camino, un sendero de hermosura que nos ayuda al disfrute de la vida.
La sencillez, es la otra cara de la genialidad abstrusa, del recurso rebuscador, del hollado perfil culterano. No encontraremos nada de esto último en los 19 poemas de «El Amor Entre Rosas», la primera página en la vida de Alejandro.
Leamos:
«Todas las mañanas está en mi jardín,
una flor bella que me hace vivir.
Esa flor cuido, su corazón palpita,
beso sus labios de rosas.
Es la flor, presente de amor, ternura,
cariño siempre.
Levedad poética, exteriorización de sentimientos hechos canción, búsqueda de ilusoria panacea que cura todos los males, las angustias desatadas, los fuertes aherrojos del alma intimidada por una sociedad humana decadente, por la pérdida o la falsificación de los valores que hicieron posible, alguna vez, una vida feliz.
Los versos nos dicen que sin amor no hay vida, sin ternura no hay felicidad, es sólo un vacío gélido, como en las profundidades del cosmos, ajeno a la naturaleza humana.
Por eso y concatenando conceptos, el poeta nos dice con convicción y sin excesos:
«Vengo de un mundo diferente,
donde el alma canta al corazón;
donde el corazón canta al amor,
donde el amor canta la felicidad;
donde la felicidad canta la vida
y la vida es canción».
«Donde el sueño no es fantasía,
donde la fantasía es poesía,
donde poesía es belleza con forma de mujer»
Así como los románticos del Medioevo buscaron con afán y sin descanso el Santo Grial, Saavedra Torres busca la Copa Divina del Amor; no trota legendario en briosos corceles adornados de cruces cristianas, sustentos de sus desventuradas agendas religiosas, pero si cree en la cruz que hacen los labios de un hombre y una mujer enamorados al unir sus labios en una promesa de amor valedera hasta la eternidad.
Romántico de otra época, de la era del terrícola que conquista las estrellas, él apuesta a la conquista de los corazones rebosantes de amor y buenos sentimientos.





