La Amazonía vuelve a anunciar un fenómeno que ya conocemos, pero para el que nunca terminamos de prepararnos. La vaciante de los ríos se perfila este año con mayor intensidad y, una vez más, Iquitos enfrenta el riesgo de ver afectada su principal vía de comunicación, abastecimiento y desarrollo. Aquí, cuando el río baja, no solo cambia el paisaje; también se altera la vida de miles de familias que dependen de él para trabajar, alimentarse y movilizarse.
La historia reciente ha demostrado que una vaciante severa trae consigo embarcaciones varadas, comunidades aisladas, alimentos más caros, combustible escaso y pérdidas económicas para comerciantes, productores y transportistas. Son consecuencias previsibles, conocidas y documentadas. Precisamente por eso, ya no existe justificación para que las autoridades reaccionen únicamente cuando la emergencia está instalada.
La prevención debe comenzar ahora. Es tiempo de coordinar con los sectores de transporte, salud, comercio y defensa civil para garantizar el abastecimiento de productos esenciales, reforzar la vigilancia de los principales ríos y brindar información oportuna a la población. La planificación no puede seguir siendo una promesa que aparece cada vez que la naturaleza nos recuerda nuestra vulnerabilidad.
La vaciante también debe llevarnos a mirar más allá de la coyuntura. Los cambios extremos en el comportamiento de los ríos evidencian que el cambio climático ya no es una amenaza lejana, sino una realidad que golpea directamente a la Amazonía. Frente a ello, Loreto necesita políticas públicas orientadas a fortalecer su infraestructura, proteger sus recursos hídricos y desarrollar mecanismos de adaptación que permitan reducir el impacto sobre la población.
Sin embargo, la mayor lección no la deja el río, sino nuestra capacidad de anticiparnos. Cada temporada repetimos el mismo diagnóstico y escuchamos los mismos compromisos, mientras las comunidades ribereñas vuelven a enfrentar dificultades para acceder a alimentos, atención médica y oportunidades económicas. No podemos normalizar que la improvisación sea parte del calendario amazónico.
Los ríos seguirán su curso, subirán y bajarán como lo han hecho durante siglos. Lo que debe cambiar es nuestra forma de gobernar y planificar. Iquitos merece autoridades que no esperen a que el agua desaparezca para empezar a actuar. Porque cuando el río desciende, también queda al descubierto la eficiencia —o la indiferencia— de quienes tienen la responsabilidad de conducir el destino de Loreto.
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Cuando el río baja
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