Doce relatos de selva (1934)
Escribe: José Rodríguez Siguas
Era el año de 1934 cuando apareció el libro “12 novelas de la selva”, que posteriormente adoptó el título definitivo de “Doce relatos de selva”, 1958, un arreglo necesario del autor, sin embargo, no es el único cambio que se hizo, en la edición de 1958 añadirá diálogos que buscan reproducir el habla amazónica.
El autor, Fernando Romero, marino que en 1932 participó en el conflicto con Colombia como segundo comandante de la Napo, este acercamiento con la Amazonía le permitió más luego escribir sus relatos ambientados en esta parte del Perú. También realizó estudios de Economía Educativa. Es, asimismo, conocido por sus investigaciones en el campo lingüístico, centrados sobre todo en el habla de los afroperuanos, de ahí su ingreso en la Academia Peruana de la Lengua en 1977 con el discurso: “El habla costeña del Perú y los lenguajes afronegros”; pero quizá su obra más importante en esta línea sea “El negro en el Perú y su transculturación lingüística”, 1987. En narrativa, sobre el mundo afroperuano, nos ha dejado el libro de cuentos “Mar y playa”, 1940.
Ahora bien, cuando publica “Doce relatos de selva” (1934), lo acompaña con un ensayo muy aleccionador para su época, casi como denuncia, comienza así: “Publico estos cuentos, que no tienen mayor valor literario, con el propósito de divulgar un poco las cosas y gentes de nuestro Oriente peruano, mal comprendidas cuando no ignoradas”. Por entonces, la Amazonía no había sido integrada ni política ni culturalmente a la nación de manera pertinente, de ahí, por ejemplo, las acciones separatistas, federalistas que se llevaron a cabo, una de ellas fue la revolución del capitán Cervantes en 1921, en Iquitos. Según Charles Walker en su ensayo “El uso oficial de la selva en el Perú republicano”, 1987, el problema fue que las medidas siempre fueron cortoplacistas, nunca hubo un proyecto de largo aliento (ver artículo acá: https://doi.org/10.52980/revistaamazonaperuana.vi14.183). Más adelante de su ensayo escribe Romero: “En mi concepto, los cuentos de monsieur Treville, Carlos Chirif y Humberto del Águila han hecho labor más efectiva para divulgar la Montaña, que los volúmenes publicados por la extinguida Junta de Vías Fluviales”. Como se puede ver, Romero creía que la literatura podría tener otro fin que no sea lo puramente literario, como lo demuestran las dos citas.
Pero ¿desmerecía su libro de relatos Fernando Romero?, considero que no. En 1990, González Vigil en “El cuento peruano, 1920-1941”, dice de “Doce relatos de selva”: “…predomina aún la veta regionalista, cultivada por él con vigor y habilidad para el retrato de la idiosincrasia del poblador de la Amazonía… que no cede méritos ante las páginas de Arturo Hernández y Francisco Izquierdo Ríos”. Ya antes, en 1973, Rumrrill había escrito en su “Reportaje a la Amazonía” sobre el libro de Romero lo siguiente: “…testimonio más o menos vivo del hombre selvático y su lucha con el hostil y abrumador medio ambiente. Algunos de estos relatos destilan una leve y sagaz ironía”.
En González Vigil y Rumrrill, todavía se encuentra presente, de alguna manera, la Amazonía como un infierno verde, al que el hombre debe vencer. Un ejemplo de esto sería la lucha contra la naturaleza en el relato “La creciente”. Pero no se puede encasillar el libro de Romero en ese aspecto, pues, algunos relatos narran la lucha del ser humano con su propia forma de ser, por ejemplo, en “El ponguete”, un niño vicioso come todo lo que encuentra en su camino: tierra, vela, etc., y muere en su ley; en “El silo”, una madre venga la violación de su hija, y, uno de sus mejores cuentos, “Leproso”, el narrador nos hace creer que el protagonista tiene el mal de Hansen, el personaje se deprime y hasta llega a matar a su propio hijo para que, según él, no sufra las mismas consecuencias, pero al final sabemos que el “leproso” nunca tuvo el mal, fue un mal diagnóstico.
Romero también es capaz elaborar un cuento que pertenece a nuestra tradición como “Yacu-runa”, o a la personificación de animales en “Una madre”, donde una mamá jergón busca regresar a su hogar, pero muere en el intento, o en “El delegado de los simios”, reunión de distintas especies de monos para acudir a una importante reunión, que tiene un final jocoso. En “Las tangaranas”, una joven es condena a morir bajo el ataque de estas feroces hormigas, recurso que en 1926 había utilizado Humberto del Águila en su cuento “El collar del curaca”, y que años después, también lo haría Arturo Hernández en su célebre novela “Sangama”, de 1942.
Los doce relatos que conforman el libro es una invitación doble, pues, por un lado, está la lectura como esparcimiento, y, por otro lado, nos permite conocer más sobre nuestra Amazonía, que era finalmente el objetivo primordial de Fernando Romero Pintado.






