Somos humanos y nuestras imperfecciones solemos justificar aunque nos estemos engañando a nosotros mismos. Esto último sería lo de menos porque al fin y al cabo se trataría de una auto-afectación, pero la figura cambia cuando nuestras acciones afectan a otra persona o personas, y no sabemos identificar que el problema somos nosotros. Y es que a diario se replican estos actos que muchas veces terminan en violencia social y familiar.
Ayer ocurrió un caso en el río Nanay. No es la primera vez. Hace años el problema eran los deslizadores y ahora son las motos acuáticas. En el tránsito fluvial sucede lo mismo que en las pistas de la ciudad, cuando un desubicado (a) cree que la vía pública es su circuito cerrado para carrera automovilística o motocross. Así perturba el tránsito y por si fuera poco con un ruido alterador. Además de los accidentes que pueden y que han ocasionado.
En el río sucede lo mismo. Una profesora fue una de las tantas víctimas de los oleajes que provocan con su velocidad los conductores de motos acuáticas, cuando la frágil canoa en la que se transportaba se volteó cayendo al río con sus pequeños hijos, felizmente fueron rescatados por los pescadores. Pudieron ahogarse. Y la persona que conducía el vehículo fluvial se esfumó. Esto nos trae a colación también la falta de no usar el chaleco salvavidas. Este es otro aspecto que tiene que ver con las medidas de seguridad en el gran movimiento del transporte por río.
Lo que estamos abordando en este momento es la falta de criterio de quienes conducen naves en los ríos, y que por cierto tiene que ver también con seguridad, tanto de quienes conducen pequeñas embarcaciones, las medianas y los que se recrean con vehículos como los mencionados. La otra cara es ver cómo en ciertos lugares el conductor de un deslizador baja su velocidad cuando ve que puede ocasionar daño a una pequeña canoa o bote. Esto no solo es humanismo, es respeto al derecho de la otra persona. Es medir cómo mi actitud extrema puede hacer daño. Acá también hay un tema de reglamentación fluvial que trataremos en otro espacio.
Otro caso que se dio a inicio de esta semana, es de la vecina que según ella probaba el volumen de su equipo de sonido en su casa, lo que alteró a su vecino y como un descontrolado lanzó cascajos a su casa lo que casi afecta el cuerpo de su hijita que dormía. O sea, altísimo volumen cuando una niña dormía. Y no probó su equipo en la tienda?
Nos parece que la vecina estaba diciendo una verdad a medias. En este caso vemos como el ruido altera los nervios, una ciudadana que cree que está actuando bien, (escucha música para toda la cuadra), y otra víctima del ruido, una pequeña que se adapta al extremo volumen mientras duerme. Esto ocasionó una discusión y denuncia, derivado de un acto de violencia. El asunto es que la vecina piensa que no hizo nada fuera de criterio y que su vecino “es un iracundo”.
En realidad necesitamos que se invierta bastante en educación ciudadana, en la difusión de nuestros derechos, deberes y obligaciones. Tantos casos violentos que se podrían evitar solo con un cambio de actitud.
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