Tener suficiente dinero para financiar los antibióticos y la posibilidad de viajar a Lima para tratarse en la sala de quemados de un hospital del Ministerio de Salud, era un deseo demasiado ambicioso para los padres del niño Pedro que llegó de la zona rural con su cuerpecito quemado al caer en una olla con agua hirviendo.
Recordamos que se buscaba ayuda y en esa época en el Hospital Regional de Loreto, por los primeros años del 2000, había una farmacia de donaciones para atender a las personas de extrema pobreza o que, aun no siéndolo, necesitaran de una medicina que allí podría haber y que no se encontraba en Iquitos. La farmacia se abastecía con donaciones generalmente de médicos extranjeros.
Pero, para Pedrito ya se había agotado lo que se necesitaba. Además, no había un ambiente especial para quemados, se hacían esfuerzos por tenerlo en un lugar lo más refrigerado posible. Se luchaba con lo que había, no con lo que necesitaba el paciente para salvarle la vida. Muy doloroso.
Era más doloroso mirar a una distancia a Pedrito y él con su mirada triste pidiendo ayuda, que lo saquen del cuadro clínico que presentaba. Lo que se corroboraba de alguna manera con lo que le decía a su papá y él nos contaba, luego. “Papito ya quiero irme de acá, quiero ir a jugar con mis hermanitos”.
Pasaban los días y la lucha continuaba, su esposa tuvo que regresar a su caserío del río Itaya porque tenía que ir a ver a sus otros menores hijos que se habían quedado solos tras la emergencia. Tuvimos que ver cómo día a día las esperanzas de vida para Pedrito se acababan. ¡Qué impotencia! Faltaban medicinas. “Si lo pudiéramos llevar a Lima, tal vez”, comentaba bajito el personal de salud.
Y el Estado peruano acaso no garantiza la vida de los peruanos, nos preguntábamos sin todavía entender el sistema de la seguridad en la salud, y tan solo nos parecía inmensamente injusto que solo los asegurados en el Seguro Social podían tener la posibilidad de aspirar a una atención más especializada en Lima. Y Pedrito una mañana se fue como un angelito sin comprender por qué habiendo nacido en un país con grandes recursos y dinero que se roban los corruptos, tuvo que morir.
No recordamos exactamente en qué momento nos enteramos del Sistema Integral de Salud (SIS), pero medio con incredulidad empezamos a animar a las personas en los pasillos del hospital y orientar a que se inscriban en el sistema para los peruanos que no tienen ningún tipo de seguro y así tuvieran atención y medicina, hasta la posibilidad de evacuaciones.
No muy convencidos, pero se lo transmitíamos con esperanza, mientras trabajamos en el HRL. Hasta que vimos cómo pacientes humildes podían conseguir la medicina que necesitaban. No es perfecto, pero llenó un vació que la Constitución garantiza. Mientras esperamos sea un servicio de salud excelente, porque dinero hay. Lo malo es que la corrupción en la figura de ilegales manejos sigue viva.
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