Cuando en 1,971 se supo que en Loreto había brotado petróleo, la algarabía por tal acontecimiento fue grande, somos ricos, decían unos, otros veían una brillante oportunidad para ir a trabajar en el campo, un petrolero gana bien, expresaban.
Pero nadie imaginó el desastre que tal hallazgo iba a originar en el ambiente de nuestra selva. Quienes antes habían explorado determinados puntos de este territorio, habían dejado sellados los pozos del oro negro. Desde los años de la década del 50 los norteamericanos ya sabían que su próxima despensa estaba en la selva del Perú, no solamente del preciado líquido, sino en todo lo demás que encierra en su seno nuestra selva como árboles, plantas, especies zoológicas y cómo no, agua dulce.
Desde la explotación del primer pozo de petróleo los años han trascurrido dejando una estela de miseria en ríos y selva. La contaminación ha marcado sus huellas con ríos muertos y zonas desoladas. Es que en la vida todo tiene un costo y cuando no se sabe manejar una situación, por ignorancia de unos y prepotencia en otros, la desgracia estará presente.
Eso es lo que ha pasado. Las comunidades indígenas se han visto afectadas en sus territorios. Las compañías petroleras, presionadas por acciones de fuerza, acceden a aceptar su responsabilidad y pagar una indemnización y limpiar el entorno, lo que muchas veces solo ha quedado en el papel, como acuerdos incumplidos.
Las autoridades por su parte, tienen que ser presionadas también por los indígenas para que se interesen en sus problemas, que no solamente son suyos, sino de todos los que vivimos en esta región. Eso tiene que tomar un nuevo rumbo con un verdadero compromiso de las instituciones públicas en velar por la limpieza de nuestro bosque y nuestras aguas, no permitiendo atropellos que siempre serán dañinos para la vida.





