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Percy Vílchez presentará nueva novela con Tierra Nueva

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  • Es una sátira al carnaval y algunos personajes que pasaron de las armas a las casnastolendas.


Publicamos en calidad de exclusiva el primer capítulo de la nueva novela que en los próximos días publicará editorial Tierra Nueva como parte del proyecto de expansión bibliográfica. Percy Vílchez con esta novela nuevamente ingresa a la sátira histórica.

EL DELIRIO DEL GENERAL QUIJOTE
Percy Vílchez Vela

CAPÍTULO 1

EL GENERAL QUIJOTE O TEMÍSTOCLES PÁSARA RUESTA ERA un varón alto, flaco y desgarbado. Los huesos de su rostro, de sus brazos y de su cuerpo sobresalían visiblemente y le daban una apariencia de calavera con escasas carnes, de esqueleto disimulado por sus ropas diarias. En sus mínimos gestos, en sus peculiares movimientos, parecía que en cualquier instante se iba a desarmar. Y daba la impresión de que se sostenía por puro milagro. De lejos o de cerca, el uniformado tenía una acusada semejanza con el inmortal hidalgo Alonso de Quijano. El apodo de Quijote se lo pusieron en la secundaria, pero él no lo sabía. Y, además, no le hubiera importado porque no recordaba haber leído la obra cumbre de don Miguel de Cervantes Saavedra. Pese a su apariencia esquelética y titubeante el uniformado era un varón fuerte y resistente, diestro en el asunto de las armas, rápido en sus decisiones, eficaz en todo lo que emprendía, hábil para conquistar mujeres y en ocasiones bastante inclinado a empresas descabelladas.
Una de esas empresas descabelladas era imaginar que en cualquier momento iba a estallar una atroz guerra con Chile. Desde que ingresó a la carrera de armas en la Escuela Militar de Chorrillos sentía que estaba a punto de iniciar una cruzada que acabaría con el asalto e invasión de Santiago. Y, de vez en cuando, cualquier noticia relacionada con el país sureño la relacionaba con un inminente conflicto. La otra de esas empresas que ejecutaba con afán era tratar de conquistar a una muchacha de dieciocho años, Doris Dey Carranza Pacaya, que en ese tiempo de festejo iba sufrir un intento de violación de parte de enardecidos soldados y desatados suboficiales. Pero la jornada más descabellada que emprendió en su vida castrense fue comandar los destinos de la celebración de la fiesta del carnaval en la Amazonía.
En los predios de su vida militar jamás el general Quijote o Temístocles Pásara Ruesta había imaginado que iba a auspiciar y comandar semejante parranda. La perentoria orden, como la efusión de una picaresca marcial, de una burla bélica que involucraba a los altos jefes militares de las otras armas acantonadas en la plaza de Iquitos y de la Policía, vino del siniestro asesor Vladimiro Montesinos. En su desesperación por calmar o apagar el encono y la rebeldía de los amazónicos, que no aceptaban el reciente tratado fronterizo con el Ecuador, el citado decidió patrocinar la farra y la diversión, bajo el amparo y el auspicio del rey Momo y su cohorte de seres pintorescos. Ello era, además, una manera de buscar la reelección del ingeniero Alberto Fujimori. En ese instante el general Quijote era comandante en jefe de la Quinta Región Militar y nada sabía de esos festejos que encandilaban a la población. Nunca en ninguna época de su vida había jugado carnaval.
Durante unos instantes quiso protestar, porque la profesión de las armas no podía denigrarse hasta ese extremo, pero se calló en todos los idiomas temeroso de perder la confianza del asesor de marras. Él mismo le dijo que no se preocupara de los gastos, ya que él iba a designar una partida secreta para su uso personal, y se despidió sin más. En su oficina del hotel Palace el militar pensó en su tormento de dieciocho años y lamentó no poder visitarla esa misma noche. En el acto, como quien no quiere la cosa, llamó por su celular a los comandantes generales de las otras dos armas y al jefe de la Policía, y les comunicó con una voz áspera lo que acababa de recibir como una orden definitiva. No esperó ningún comentario o respuesta y los citó a una reunión de trabajo en uno de los restaurantes de Iquitos. Después llamó a su adjunto, el capitán Macedonio Pareja, para decirle que convocara a una conferencia de prensa para difundir la peregrina celebración carnavalera uniformada. Luego llamó por su celular al periodista Emilio Sandoval, que hacía las veces de filmador para averiguar la verdadera vida de su querida de dieciocho años, y le contó lo que le sucedía. Este le recomendó que contratara los servicios de un experto en parrandas de ese tipo que se llamaba Lucas Ibarán.
Antes de que arribaran los periodistas serviles y rentados puntualmente para que hicieran todas las trastadas a favor del régimen dictatorial, como atacar a los líderes locales que se oponían al ingeniero, arrojar lodo a los enemigos visibles de la corrupción imperante o elogiar las mínimas acciones de los que por entonces gobernaban la región y el país, hizo escribir a su adjunto un comunicado escueto que fue enviado a las unidades, cuarteles, bases y guarniciones donde se les convocaba a los militares para celebrar la parranda del carnaval. ¿Era posible esa aberración de última hora?, se preguntaba el líder de los uniformados mientras se paseaba a lo largo y ancho de su oficina, esperando a los periodistas. Estaba incómodo, irritado y temeroso y por primera vez se olvidó de ordenar el agasajo a los hombres de prensa.
En ese entonces eran célebres los brindis y las comilonas que preparaba el militar cada vez que los reunía. Los periodistas fueron llegando solitarios o en manadas. Era de ver en sus rostros, en sus gestos, la vocación rastrera que los animaba. Lo peor de esa venta es que los sesudos dueños o directores de los medios escritos, radiales o televisivos, más importantes estaban en primera línea de la vergonzante venta. En un extremo de aquella amplia oficina, como reunidos por un extraño milagro, estaban aquellos periodistas que en un momento fueron adversarios furibundos del ingeniero Fujimori, pero por un plato de lentejas cambiaron, sin sonrojarse, de bando. En el otro extremo, sin juntarse con nadie, estaba un locutor de armas tomar que militaba en un viejo partido y que de la noche a la mañana acabó sirviendo al régimen, mientras ponía negocios sospechosos de corrupción.
El general Quijote, sin dejar de caminar con prisa, les dijo a los periodistas que los militares en conjunto, y con la venia del ingeniero Alberto Fujimori, iban a conducir la celebración del carnaval de ese año. El festejo de aquella parranda era una manera de buscar la reconciliación entre gobernantes y gobernados, la armonía en un lugar poblado de enconos. No esperó preguntas o aclamaciones o servilismos y les ordenó que a partir de la fecha deberían difundir el júbilo y el jolgorio en nombre de la concordia y del beneficio para toda la población. En un momento se detuvo, hizo un gesto ambiguo, dijo señores la conferencia ha terminado y les pidió que abandonaran su oficina. Después ordenó a su adjunto que redactara un escueto comunicado para entregárselo a los periodistas de oposición que eran contados con el dedo de una mano. En seguida, el uniformado se fue en el carro oficial a las redacciones y las oficinas de esos periodistas que todavía no se habían vendido a la dictadura. Esa mañana fue toda una sorpresa ver entrar al célebre general Quijote que les pidió a los opositores que le ayudaran a difundir ese evento importante para el regocijo de la ciudadanía.

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