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Misquimuyos y conjites

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Por: José Álvarez Alonso

Doña Martita y don Tito me ofrecen unas sandías y una bolsa de maní de su chacra en el barrial que cultivan en una isla del río Marañón. Les pregunto cuánto es, que les quiero pagar. Me miran serios y me dicen: “Te queremos regalar”. No insistí, sabía que les ofendería. Luego doña Martita me abraza sollozando, con Tito bien pegado, y me dice que lloraron mucho cuando supieron que estuve enfermo. Se tranquilizan cuando les confirmo que ya estoy “un poco menos peor”, como dicen por acá.
No es una anécdota excepcional. En mis casi cuatro décadas en la selva he tenido muchas experiencias como esta. El desprendimiento, la generosidad y la hospitalidad de los indígenas amazónicos es legendaria. Entre ellos y con los visitantes. Hay que tener en cuenta que en la mayoría de los casos son familias en extrema pobreza, que se tienen que buscar la vida día a día, y no es una vida fácil, como a veces afirman algunos ignorantemente (que solo les basta ‘alargar la mano desde la hamaca para alcanzar el plátano’). Y en los tiempos que corren, la vida se está haciendo cada vez más difícil: hay una escasez creciente de recursos que antes fueron abundantes en la selva (animales de caza, peces en los ríos y cochas, frutos en el bosque), y los extremos climáticos asociados con el calentamiento global están afectando de forma aguda sus cultivos y otros medios de subsistencia.
Una de las escenas que más vívidamente quedó grabada en mi memoria ocurrió hace unos 35 años en una comunidad del alto río Corrientes, afluente del río Tigre, cerca de la frontera con Ecuador. La comunidad, Belén de Plantanoyacu, del pueblo Xibiar (ahora se dicen Achuar, del grupo etnolingüístico Jíbaro), era una de las más tradicionales que he conocido. Yo estaba participando en un curso para promotores comunitarios de salud, y me visitó en la casa donde estaba alojado una señora acompañada de su hijita de unos 6 o 7 años. Me fue a ofrecer algunas tinajas de barro que ella elaboraba, porque había oído que yo compraba artesanías tradicionales. Mientras conversábamos le obsequié a la niña un caramelo toffee, de esos blandos, que yo siempre llevaba para estos casos. Por cierto, me parecían muy graciosos los nombres que les daban a los caramelos los niños indígenas. Los achuar del Corrientes les decían ‘conjites’ (? confites, un nombre que no escuché en otros lugares). Los niños kichwa–alama del Tigre llamaban a los caramelos ‘misquimuyos’, que se traduce en ‘frutos dulces’. Así que cuando llegaba de visita a una comunidad los niños pronto me rodeaban y, dependiendo de la comunidad, gritaban: “yatsuru, conjite” o “wauki, misquimuyo” (hermano, caramelo).
Volviendo a la anécdota, acompañé a su casa a la buena señora, que por cierto era viuda. Mientras me mostraba sus bellas tinajas observé una escena memorable: su hijita, que había guardado el ‘conjite’ en su mano en vez de comérselo al toque, como haría cualquier niño, lo estaba partiendo en pedacitos que distribuyó entre sus tres hermanitos pequeños. Se guardó para ella el pedazo más chiquito.
Pocos días después fui testigo de otra escena que tampoco olvidaré nunca: desde la casa donde estaba alojado observé que el apu de la comunidad (que por cierto no hablaba una palabra de castellano, y teníamos que comunicarnos con un intérprete), volvía a su maloca con un sajino sobre sus hombros. Le comenté al equipo que nos acompañaba: “Qué bueno, hoy tendremos mejoramiento de rancho, más tarde le vamos a comprar unos kilos”. Pero al poco rato vimos cómo comenzaban a desfilar por su casa diversas personas, y cada una salía con su pedazo de carne. Cuando quisimos comprarle ya no quedaba más que para su familia. Esto es normal en las comunidades indígenas, se trata del mecanismo que llaman “de reciprocidad”: cuando alguien tiene algo en abundancia, especialmente si es perecible, como carne, pescado o algún fruto, lo comparte entre familiares y amigos cercanos, y cuando ellos también consiguen algo, él recibe su parte. De este modo, una familia no necesita ir todos los días a pescar o cazar o recolectar para disponer de esos recursos frescos en su casa.
Muchos rasgos sociales y culturales característicos de los pueblos indígenas se mantienen hoy, en mayor o menor medida, incluso cuando las familias se mudan a las ciudades. Recuerdo otro caso que me conmovió: conocí a una familia muy pobre en un barrio marginal de Iquitos, de las que como decía doña Berta, la madre, se acostaba todos los días sin saber de dónde sacaría para el almuerzo del día siguiente. Tenía tres hijos, un varón como de 12 o 13, y dos mujeres, de entre 8 y 10 años. Muy cerca de ellos vivía otra familia con una niña paralítica, de unos 10 años, que asistía a las reuniones de reflexión bíblica que yo organizaba en casa de doña Berta por aquellos años. Un día me encontré a la niña paralítica instalada en la humilde casa de doña Berta, que era de tablas y techo de hoja de palmera. Le pregunté sorprendida por qué estaba viviendo con ellos, y me dijo: “Mis hijas me dijeron que en su casa no la atendían bien, y que mejor se viniese a vivir con nosotros, ¡y aquí está, pues! Diosito proveerá.”
Ya es un lugar común mencionar la pérdida de valores sociales y familiares en las sociedades urbanas modernas, donde se produce la paradoja de que la gente vive muy junta pero donde las personas están cada vez más solas. ‘Antivalores’ como el individualismo, la competencia exacerbada, en todo campo y con frecuencia desleal, y el consumismo, denunciados con frecuencia por la Iglesia (por ej., en la encíclica Laudato si) han ido reemplazando los valores, hábitos y lazos comunitarios tradicionales. El consumismo desenfrenado también afecta a las relaciones: el sociólogo Zygmunt Bauman habla de una «modernidad líquida», en la que los vínculos se vuelven frágiles y desechables, como la ropa “fast fashion” y muchos de los objetos que consumimos. Y ahí están los resultados: en los países occidentales los matrimonios son cada vez más raros y tardíos, y el porcentaje de divorcios se dispara: en los países europeos ronda el 50 % de los matrimonios, con Finlandia batiendo el récord, con 57 %. ¡Todo un síntoma!
Al creciente individualismo se suma un materialismo que convierte la acumulación de cosas en sinónimo de éxito y realización personal. Las redes sociales exacerban la obsesión de tener más, y de exhibirlo, cómo no, y terminan desplazando valores como la solidaridad, el cuidado mutuo o el tiempo compartido.
Mientras en las sociedades indígenas en muchas de las familias conviven varias generaciones en una misma casa, en las sociedades occidentales el porcentaje de adultos que viven solos sigue creciendo, y con él el de los que mueren solos. En los países del norte de Europa, por ejemplo, entre uno de cada cuatro y uno de cada tres adultos viven solos. En Suiza el 37,2 % de los hogares son unipersonales, mientras que en Japón el porcentaje es del 38 %. En este país entre 4 y 5 % de los que fallecen lo hacen solos (76.020 personas en 2024). En 4.538 casos el cuerpo tardó más de un mes en ser hallado. En Alemania, en el 2017 el 5 % de las muertes en el hogar fueron “muertes solitarias”, es decir, cuerpos hallados ya en descomposición. No es una muerte que nadie desee ni para sus peores enemigos.
No hace falta abundar mucho sobre los impactos de la soledad en las personas. Según demuestran diversos estudios, la vida en solitario, cuando no es deseada, eleva entre un 26 % y un 29 % el riesgo de muerte prematura, un efecto comparable a fumar 15 cigarrillos al día. Efectos conocidos de la vida solitaria incluyen depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares, demencia, además de un marcado deterioro de la calidad de vida. Investigadores descubrieron que, en campos de concentración nazis, quienes tenían un pariente a quien cuidar soportaban mucho más y vivían más tiempo que los que habían perdido a todos.
No cabe duda de que las sociedades urbanas moderas están perdiendo los valores sociales y familiares que hicieron posible, según demuestran todos los estudios, la supervivencia de la raza humana durante cientos de miles de años a través de glaciaciones, ecosistemas demandantes y climas desafiantes, como cuando algunas erupciones volcánicas causaron “inviernos” climáticos. Hoy tenemos mucho que aprender de las comunidades indígenas, de su vida calma, sin estrés, sin ansiedad, compartiendo comida, espacios, historias, risas y mucho más. Quizás tengan el secreto de la felicidad que las generaciones postmodernas buscan vanamente en la acumulación de posesiones, las redes sociales, los gimnasios, los spas, los centros comerciales y las redes sociales.

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