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Iquitos
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Mirando a derredor.

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Por:  Juan Manuel del Águila Cárdenas.  (E-MAIL :  jm3572@gmail.com)

Recuerdo que hasta hace poco menos de dos décadas, Iquitos era una ciudad un poco desordenada, en expansión, pero aun así muy acogedora y por lo demás, bastante tranquila, donde escuchar de asaltos, asesinatos o actos ocasionados por personas de malvivir, eran la excepción.

Hoy, no se puede decir lo mismo, pues se ha vuelto común escuchar que ha habido un asesinato o que se han realizado asaltos a mano armada, esto último en las más diversas de las modalidades.

Esto evidentemente se da, entre otras cosas, por el crecimiento explosivo de la ciudad, con segmentos  de pobreza bastante marcados y con cinturones poblacionales que son resultado básicamente de la migración del campo  a la ciudad, lo que permite que un sector de la población este en calidad de subempleada y por tanto dedicada a actividades de subsistencia.

Es necesario  analizar que un grueso sector de jóvenes que egresan de secundaria no tienen la posibilidad de continuar sus estudios de profesionalización, sea esta técnica o superior, unido al hecho de una creciente degradación de valores ciudadanos, con hogares destruidos, donde se crean estereotipos que aparentemente son normales, como el hecho de que se anuncian fiestas hasta en días de semana, donde se puede apreciar a nuestros jóvenes libando licor como si fuera el ultimo día de sus vidas. Analizar las causas que motivan a la delincuencia seria bastante tedioso, por lo que es mejor analizar qué es lo que estamos haciendo o deberíamos hacer para superarlo.

En principio, lo peligroso de todo esto es la anomia en la que nos vemos envueltos, es decir, nos estamos acostumbrando a que todos los días pasen desgracias como si fuera lo mas normal,  envolviéndonos en una caparazón de desinterés y falta de reacción. Debemos entender que el delincuente ataca porque sabe que no le va  a pasar nada, que en el peor de los casos, podría pasar algunos años en la cárcel, para salir de ahí totalmente renovado y con más conocimientos y amistades para seguir delinquiendo.

Por ende, podemos colegir que el sistema no está funcionando, empezando de los hogares, en la formación de los futuros ciudadanos, pues es comprensible que si se forman niños y jóvenes sin valores, tendremos ciudadanos que no respetan la ley y menos aún la vida y propiedad de los demás. En esto también tiene que ver el Estado, pues en sus tres niveles, no está generando condiciones para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Nuestros gobernantes de turno, deben repensar su política de desarrollo, buscando la inclusión laboral a partir de una adecuada preparación de nuestros jóvenes, claro, esta no es una tarea fácil, pero debe realizarse fomentando también la inversión privada, que evidentemente crea trabajo y bienestar; cuando me refiero a realizar una adecuada preparación de nuestros jóvenes, me refiero a que tengan la posibilidad de educarse para el trabajo, reorientando sus aspiraciones hacia carreras menos pomposas pero más practicas y mejor remuneradas.

Otro problema, que genera el avance de la delincuencia, es la corrupción y degradación de quienes son los encargados directos de combatirla, pues es de público conocimiento que alrededor de las principales bandas delincuenciales que azotan nuestro país, existe toda una red, dedicada a protegerlos. Empezando por policías que deshonran su uniforme y que se prestan a realizar acciones para evitar la captura de estos delincuentes; siendo un caso latente en nuestra ciudad el descubrimiento que policías en actividad están detrás de las bandas de extorsionadores que se dedican a robar vehículos automotores. Es cierto  que hay policías honorables que realizan su labor con sacrificio, pero también es cierto que hay policías que protegen a los delincuentes, abogados que los defienden a capa y espada, así como algunos jueces y fiscales a los cuales les tiembla la mano a la hora de procesar a estos malnacidos.

En otros lugares, ante el embate de la delincuencia, el Gobierno Regional y los Municipios, han organizado a las rondas campesinas y urbanas, con el apoyo de la Policía Nacional, siendo que esta política trajo como consecuencia muy buenos resultados, pues nadie mejor que el rondero que conoce las actividades de quienes son sus vecinos y que conoce, valga la redundancia, su espacio geográfico. Recuerdo que hace poco en Saposoa, durante aproximadamente una semana, una banda de  norteños asaltaban con fusiles AKM a las personas que transitaban por la carretera a esta ciudad. La policía, en trabajo conjunto con los ronderos, realizaron un cerco, previo trabajo de recolección de datos, que permitió capturarlos como mansas palomas, pues al verse cercados, quisieron escapar por los cerros, lugar donde evidentemente los ronderos tenían ventaja en preparación y conocimiento de la geografía, incluso mejor que la Policía Nacional.

Este tipo de organización, no se ve en Iquitos, estando completamente seguro que si alguna autoridad quisiera implementarlo, tendría notable éxito y reconocimiento, unido al hecho de que la Policía Nacional debe estar siempre pisando los talones de la delincuencia, pues debe haber un trabajo coordinado de inteligencia preventiva, que permita saber qué delincuentes rondan la ciudad, si pertenecen a alguna banda o si sólo están en la ciudad para cometer una fechoría. Tenemos policías capaces en nuestra ciudad, pero el hecho es que debe haber un plan operativo de carácter permanente y con la logística necesaria para ejecutarlo.

Debemos olvidarnos que la solución al problema de la delincuencia se va a resolver de forma unilateral, debemos entender que los tres estamentos de gobierno (nacional, regional y local) deben trabajar conjuntamente y con el apoyo de la población, pues esta es la única manera de desnudar y dejar en evidencia a los delincuentes; olvidémonos que esto se soluciona instalando cámaras filmadoras en toda la ciudad o creando un aparatoso y bullicioso cuerpo de seguridad; a la delincuencia hay que atacarla de raíz, que sepan que si cometen algún hecho delictuoso contra algún ciudadano, van a ser brutalmente perseguidos y que no existirá hueco alguno en el que podrán guarecerse, pues el largo brazo de la justicia podría capturarlos.

En el momento en que como sociedad perdamos la anomia, el desinterés y el miedo hacia la delincuencia, en ese momento habremos ganado la guerra, mientras tanto sólo queda orar para que un día uno de estos malnacidos no vaya a crear pesar en nuestro entorno.

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