La aprobación, a través de un decreto supremo, del servicio policial voluntario, nos remite a pensar que estamos retrocediendo en el tiempo, que en vez de mejorar las técnicas de lucha contra la delincuencia, le estamos dando mejores opciones para que se desarrolle aún más de lo que hasta ahora está.
Convocar a un servicio policial voluntario, se presta hasta la infiltración de jóvenes que desde niños están metidos en la delincuencia. Eso sería sumamente peligroso, tener en las filas de la policía a elementos dañinos que podrían podrir a otros, débiles de carácter.
A la delincuencia no se le va a derrotar con muchachos sin ninguna capacitación profesional. Aún así tenemos en filas a personas que les falta mucho más conocimiento de calle, de cancha, que se adelante al malhechor que está usando mejor armamento, más información y herramientas tecnológicas más sofisticadas para cometer sus delitos.
Los pandilleros del barrio del pueblo joven quedaron en la leyenda. Hoy tenemos bandas internacionales que no solamente operan en una ciudad, sino en varios países, de donde traen o envían sicarios, en una suerte de intercambio de delincuentes que de acuerdo a sus especialidades son contratados.
La cuestión no está en tener a muchachos dirigiendo el tránsito en Belén a las horas punta, sino en formar más y mejores policías con todos los avances en materia policial que garantice al ciudadano protección y amparo cuando se vea amenazado.
Pero más que todo eso, formarlos con mística, con identificación total al uniforme, con un alto conocimiento de los grandes valores cívicos y morales los que pondrá en práctica en el desempeño de su trabajo.





