Por: José Álvarez Alonso
Cuando lo escuché por primera vez en las calurosas calles de Pucallpa no lo podía creer: se trataba del inconfundible canto del gorrión europeo (Passerdomesticus), quizás el ave más común en toda Europa y demás países del Mediterráneo. Luego conseguí ver a los protagonistas: efectivamente, ahí andaban por las calles de la amazónica ciudad esos alegres, dicharacheros, ubicuos y familiares pajaritos. Fue realmente una sensación extraña, ver unas aves tan familiares a los paisajes de mi infancia – allá en las montañas de León- cruzando un océano, a más de 8,000 km de distancia y en medio de la selva más extensa y húmeda del planeta. «Uau», que diría un gringo, han conseguido no sólo llegar, sino aclimatarse a la selva baja, un hábitat tan, tan diferente de sus lares mediterráneos, casi desérticos, que parece imposible de creer.
El gorrión común o doméstico se ha extendido por casi todo el mundo de la mano del hombre. Los emigrantes europeos lo llevaron intencionalmente a sus colonias, junto con sus animales domésticos, dicen que para sentirse como en casa; en otros casos viajaron inopinadamente en sus barcos. Así han invadido Norteamérica, adonde tienen una población de más de 150 millones, Sudamérica, partes de Asia, Norte y Surde África, Australia, y numerosas islas del Pacífico, incluyendo Nueva Zelanda y Japón. Junto con la lechuza blanca o de campanario (Tyto alba) es el ave más extendida del mundo. Y es que esta avecita se ha acostumbrado tanto al hombre que lo siguen allá donde construye una casa. Son tan «domésticos» (de ‘domus’, casa en latín) que es casi imposible encontrarlos lejos de una construcción humana. Se dice que se originaron en el Medio Oriente y se extendieron por toda Europa y el Norte de África junto con la agricultura.
El gorrión es una especie tan familiar en estos países mediterráneos que hasta son mencionadas en el Evangelio: «¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones» (San Lucas 12, 6-7).
A diferencia de otras especies introducidas, accidental o intencionalmente, el gorrión doméstico no es una especie «invasiva», no se ha convertido, felizmente, en una plaga. Salvo algunos daños menores a ciertas frutas en zonas rurales, no es un ave dañina en absoluto, sino más bien beneficiosa, que consume semillas, insectos (ayudando a controlar su abundancia) y restos de comidas humanas. En muchas ciudades europeas y americanas son parte del paisaje urbano, y suelen ser alimentados en los parques por la gente junto con las palomas llamadas «bravías», Columba livia- que de bravas no tienen nada, pues son la otra especie más allegada con el ser humano en las ciudades-.
Más bien, el gorrión se convierte en un adorno de las ciudades: por su familiaridad con el ser humano, se atreve a acercarse a las casas y jardines, se posa en los aleros, cables, ventanas y alegra el día desde la mañana a la noche con su incansable canto. Para quienes nacimos y crecimos escuchando el canto del gorrión no tiene precio el tener por vecinos esos entrañables pajaritos. Están entre las aves más activas y alegres: se reúnen al atardecer en grupos, en sus dormideros de preferencia, generalmente algún árbol coposo, y cantan hasta que caen las sombras. Son también de las primeras en iniciar sus ejercicios vocales en la madrugada, cuando todavía está oscuro. Y no cesan de cantar ni en las horas más calurosas del día, en pleno verano, ni en los días más fríos del año, en invierno (en países nórdicos), al contrario de otras aves, que suelen permanecer silenciosas ante climas extremos. Sin embargo, no he observado ese comportamiento alegre, juguetón y dicharachero del gorrión en Estados Unidos o en la costa del Perú. Pero sí, increíblemente, en Pucallpa. ¿Será porque se han contagiado de la alegría de los amazónicos?
En la selva amazónica existe tal riqueza biológica que no se tiene referencia de que ninguna especie introducida se haya convertido en plaga, en invasiva; no al menos en hábitats primarios (bosques, ríos, lagos…). Sólo algunas especies de plantas consiguen prosperar en hábitats alterados por el hombre: el kudzú(Puerariaphaseoloides) y el Desmodiumovalifolium enpurmas y otras áreas degradadas. En las áreas deforestadas de ceja de selva sí se han extendido algunas especies introducidas que impiden la regeneración del bosque original: el helecho «shapumba» (Pteridiumaquilinum), y las hierbas «kikyo» (Stenotraphrumsp.) y «cashausha» (Imperatasp.).
Las especies invasivas son un gravísimo problema en muchos países del Mundo, y su control cuesta miles de millones anuales. Los casos más conocidos son los de los conejos europeos en Australia, pero también numerosas especies de insectos, hierbas y árboles hacen estragos en otros muchos lugares del planeta. El problema de las especies invasivas se ha incrementado con el comercio internacional y el turismo.
Para prevenir que se produzcan casos similares en la Amazonía, está prohibido en selva baja el cultivo de tilapia, una especie africana conocida por su reproducción agresiva. Sin embargo, un estudio realizado hace años por el IIAP comprobó que esta especie no se había extendido por ningún río amazónico a pesar de que se cultiva masivamente en San Martín y Amazonas. Esperemos que nuestra selva siga así de sana y no consigan prosperar las especies invasivas. Salvo el gorrión, que siempre será bienvenido a nuestras ciudades…
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