

Los agustinos, fieles a su espíritu monástico, fueron testigos de la transformación de la ciudad de Iquitos y actores activos, sin gazmoñerías, en el proceso de evolución de la sociedad amazónica del Perú. Desde el pontificado de León XIII hasta el del papa León XIV, primer pontífice agustino de la historia, y desde el primer prefecto apostólico de la Prefectura San León del Amazonas, el padre Paulino Díaz, hasta el actual obispo del Vicariato Apostólico de Iquitos, monseñor Miguel Ángel Cadenas Cardo, su presencia ha marcado profundamente la historia de la región.
Dentro del programa de celebración del Día de la Amazonía, realizado en febrero, el hermano Víctor Lozano Roldán recordó la llegada de los agustinos a Iquitos: «Fue un 11 de noviembre de 1900 cuando partieron del puerto de Barcelona, España, los cinco primeros agustinos bajo la dirección del superior de la misión, el padre Paulino Díaz, acompañados por los frailes Pedro Prat, Bernardo Calle, Plácido Mallo y el hermano Pío Gonzalo. El 24 de diciembre llegaron a Lima; el 11 de enero emprendieron viaje hacia Iquitos y finalmente arribaron el 1 de marzo de 1901».
En sus primeros años, la presencia de los misioneros generó cierto rechazo entre la población, en un contexto marcado por el auge de la extracción y comercialización del caucho. Sin embargo, cumpliendo el encargo del papa León XIII de acercarse a los pueblos indígenas y a los sectores más vulnerables, allí donde el Estado casi nunca llegaba, comenzaron a recorrer ríos torrentosos a remo y a caminar por territorios inhóspitos hasta las fronteras con Ecuador, Colombia y Brasil.
El sacrificio de aquellos sacerdotes fue enorme, pues eran plenamente conscientes de los peligros que enfrentaban. Apenas tres años después de iniciada la misión, el padre Bernardo Calle y el hermano Miguel Vallajolí fueron asesinados el 4 de junio de 1904 en un confuso incidente ocurrido en Huabico, río Marañón. A pesar de ello, dejaron un valioso legado documental sobre las costumbres y los recursos de los pueblos aguaruna, huambisa, achuar y chapra de los ríos Marañón, Santiago y Morona.
«En la actualidad se mantienen y promueven los tres aspectos primigenios impulsados por el padre Paulino Díaz: el religioso, el cultural y el científico. La historia registra a más de 150 agustinos que entregaron aquí toda o parte de sus vidas, sin olvidar a las congregaciones religiosas y a los sacerdotes diocesanos que, desde 1920, se han incorporado a esta misión», manifestó el hermano Víctor Lozano.
En el ámbito religioso funcionan alrededor de 24 parroquias, además del Seminario Amazónico y el Diaconado Permanente, actualmente en formación. También destacan innumerables capillas ribereñas con sus animadores y comunidades, así como el Centro Pastoral, que alberga las oficinas de Catequesis, Derechos Humanos, ODEC, Vicaría del Agua, Kanatari, Tagaste, Casiciaco, Ikua Ikua, entre otros proyectos e instituciones de servicio social.
En el plano cultural sobresale el CETA, origen de la Biblioteca Amazónica, considerada la segunda más importante de América del Sur por sus contenidos especializados sobre la Amazonía. Cuenta con fototeca, hemeroteca, cinemateca, mapoteca y pinacoteca. A ello se suman el Instituto Superior Pedagógico Loreto, el Coro Polifónico, el Irapay y diversas iniciativas que han fortalecido la identidad cultural de la región.
Gran parte de la población se ha formado en las aulas del colegio San Agustín de Iquitos, del colegio Nuestra Señora de Loreto de Nauta, así como en más de cinco colegios parroquiales, siete centros de educación ocupacional, un internado en Intuto y un CEBA en Nauta. En el caso del colegio San Agustín, dejaron una huella imborrable, desde 1980, los padres Laureano Andrés Fresno, Luis Rodríguez de Lucas, Maurilio Bernardo Paniagua, Eugenio Alonso Román y Silvino Treceño Ríos, además del hermano Víctor Lozano Roldán. Actualmente, la dirección está a cargo del padre Antonio Lozán Pun Lay, exalumno de la promoción de 1987.
En la faceta científica, la contribución de los agustinos al conocimiento de la Amazonía resulta incalculable. En una región históricamente poco investigada por el centralismo limeño y escasamente promovida por las autoridades nacionales, desarrollaron una importante producción científica en los campos etnográfico, lingüístico, histórico, demográfico y geográfico sobre los 32 pueblos originarios de Loreto. Parte de este legado se encuentra recopilado en los 45 tomos de Monumenta Amazónica. Entre sus investigadores más destacados figuran Lucas Espinosa, Avencio Villarejo, Jesús San Román y Joaquín García.
La lista de aportes de los agustinos a esta parte del Perú es extensa. Sin embargo, uno de los episodios más recordados por la población ocurrió durante la pandemia de la COVID-19, cuando miles de familias sufrían la indiferencia, la ineptitud y la corrupción de las autoridades nacionales y locales. Fue entonces cuando el padre Miguel Fuertes Prieto, administrador diocesano del Vicariato Apostólico de Iquitos tras el fallecimiento de monseñor Miguel Olaortúa, impulsó la campaña para adquirir las plantas de oxígeno que salvaron miles de vidas.
Asimismo, gracias a la gestión y liderazgo de monseñor Miguel Ángel Cadenas, se continúa abasteciendo diariamente de agua mediante cisternas a más de 2 800 personas que habitan en los asentamientos humanos Iván Vásquez Valera y 21 de Septiembre, en el distrito de Punchana, conformados por población indígena y mestiza. Del mismo modo, el obispo inició una campaña sostenida para combatir la minería ilegal en los ríos de la Amazonía.
Por todo ello, ser agustino representa hoy un sentimiento profundamente amazónico, que la población abraza como un faro de esperanza frente al abandono del Estado y las constantes amenazas ambientales que enfrenta la región.




