La objetividad en la información no es una novedad para los comunicadores sociales, pero, así como están las cosas, este requisito de la información pública se convierte, para algunos, sólo en un saludo a la bandera al momento de ejercer esa actividad que debería ser una generalizada noble profesión. Entiendo, sin ser periodista, que lo que le otorga nobleza y dignidad a esa profesión es su carácter objetivo que debe verse reflejado precisamente en la imparcialidad tan ausente en aquellos que, al parecer, son periodistas, cuya visión está proyectada desde el ángulo ambicioso de riqueza a todo costo, cuya realización no depende de su calidad, sino, de la suciedad que pone al servicio de cuanta política indecente lo requiera.
El periodista de calidad convierte su información en una vía por donde el usuario va a conducir sus conclusiones, el periodista de baratijas empuja al consumidor a asumir como suya su propia inclinación, probablemente faltando a la ética profesional en clara renuncia a la dignidad del oficio, tal vez con el propósito de hacer de ella capítulo de negociación, pues, no les importa ofender a la verdad de los hechos para lo cual levantan el polvo necesario con afirmaciones que lindan en lo escabroso, normalmente disfrazados de afanosos moralizadores sociales, que estoy seguro, nadie en su sano juicio o que tenga discernimiento propio, sensatez y madurez en su intelecto, puede creer fácilmente.
Existen noticieros en la televisión que nos informan de los sucesos diarios, pero también hay programas como El Entubado, En Directo, Contra luz, Al Filo del Machete, Al Final del Día, Día Siete, la primerita, la ultimita, de los cuales no sabemos realmente qué tipo de programas son, dicen lo que tienen que decir con el hígado fermentado, el corazón estrujado de odio, presionan al usuario a pensar lo que ellos quieren que piense, todos los días repiten lo mismo, cansan, aburren, atropellan el derecho del consumidor a la información mesurada y culta, ¿acaso al servicio de una oposición de no santas intenciones? ¿No se dan cuenta que ya ofenden a la dignidad del oyente o del televidente con lo mismo? se consideran paladines de la justicia sin que ninguno tenga la valentía ni la limpieza de conciencia para formular una denuncia ante el Ministerio Público, ¿por qué no lo hacen si les asiste tanta razón?
¿Cuánto contribuye este tipo de programas y su conductor al sosiego social? ¿Con qué actividad han contribuido y lo hicieron para ayudar a aliviar el problema de nuestros inundados? ¿Qué hacen para educar a nuestra población a cambiar ese concepto de víctima de la inundación en lugar de sacarle provecho?
¿No es mejor que colaboren con la sociedad usando su programa para discutir proyectos con objetivos nobles?
No se puede creer que aquellos periodistas que dedican todo su programa, todos los días de Dios a insultar a la misma persona de siempre, es sólo por ecuanimidad, justicia, o razonabilidad. Imposible. Estos programas radiales y televisivos dirigidos por mal llamados periodistas, francamente dan lástima y repugnancia, de principio a fin atacan y agreden a la misma persona, con los mismos argumentos de todos los días.
Si son moralizadores, de los buenos, como dicen serlo, ¿por qué no lo demuestran criticando, informando y proponiendo soluciones de manera que todos los niveles sociales puedan entenderlos? Eso nunca. ¿Acaso tienen tan debilitada su autoestima, su valía profesional, que al reconocer al rival piensan que se les va la honra? Catalogan de corruptos o vendidos a todos aquellos que hacen menciones favorables a la persona que ellos atacan, de donde podemos colegir que aquellos que ultrajan, atacan diariamente a la misma persona que ellos han sentenciado corrupta, son porque no reciben dinero de ese mal gobernante. Entonces, la contraparte sería que podríamos preguntarnos, ¿lo hacen por santidad o por ética profesional?
ES MÁS FÁCIL QUE UN PERIODISTA HAGA LOAS A UN GOBERNANTE POR SIMPATÍA A QUE UN PERIODISTA ATAQUE A CAMBIO DE NADA, mientras el primero podría ser el reino de los cielos, el segundo sí es el ojo de la aguja para que el camello pase. ¿O no?
Es bueno decir las cosas en directo, al inicio o al final del día, o ser la ultimita; es malo poner al oyente o televidente al filo del machete hasta el día siete de la semana, eso sólo conduce al usuario por los caminos de la violencia al sentirse entubado en un mundo periodístico que no es capaz de ofrecer soluciones bien intencionadas, no es posible. No basta ser la primerita, es mejor que hablemos claro y no a contra luz, para poder hacer de la profesión una tribuna, libre de intenciones ocultas.





