
Desde el año 1986 se han declarado más de 80 inmuebles como Patrimonio Cultural de la Nación y se ha demarcado una zona monumental en la ciudad de Iquitos. Esta iniciativa fue liderada por el extinto padre Joaquín García, que tuvo como finalidad proteger y salvaguardar las casonas de la época del caucho ante la “modernidad”, llamémosle así a la ignorancia, que cada día iba demoliendo estas casonas construidas entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Pero, más allá de preservar estos inmuebles, lo que quiso el sacerdote agustino era perennizar y guardar la memoria de los primeros pobladores que se encargaron del proceso de evolución de la sociedad iquiteña.
No existe una ciudad en la Amazonía peruana que sus paredes estén revestidas de azulejos, sus paredes decoradas de rosetones, escaleras o figuras de mármol, puertas y balcones de hierro forjado con estilo Art Nouveau, ladrillos traídos de Liverpool y de Belém do Pará para construir las casas, tejas árabes en los techos, valiosas obras de arte en los interiores de la iglesia o cementerio, una casa y un mercado de hierro prefabricados, columnas dóricas y, por supuesto, columnas de hierro fundido que hasta ahora llevan la inscripción de las ciudades de procedencia, como es el caso de las columnas en la Casa Morey, traídas de Glasgow, Escocia, y de las columnas en la casa Strassberger, cuyo origen fue Coalbrookdale, que es una localidad inglesa en Shropshire, reconocida como la cuna de la Revolución Industrial. Precisamente, en este lugar se fundió por primera vez el hierro utilizando el coque como combustible que, sin ninguna duda, fue un avance tecnológico en el mundo. Todo esto lo tenía la ciudad amazónica de manera paralela con las grandes ciudades de Europa.
Y dentro de toda esta arquitectura decimonónica mencionada, queda el fiel testimonio en los grabados del entomólogo alemán Otto Mijael, de 1898 y 1908. Con mayor precisión se puede observar en la pintura de 1908 esa ciudad que va creciendo en el tiempo, mostrando la taberna de Manuel Navarro, la casa de Tomás Bartra, la casa del comerciante portugués Francisco Núñez, la casa del empresario ecuatoriano Amador Llerena, casado con la nautina Madrona Rengifo, la factoría naval, la casa Morey, la casa Wesche, el consultorio del médico norteamericano George Converse, el consulado alemán, la prefectura, la casa del armador Cecilio Hernández, quien luego fue alcalde de Iquitos, la casa Marius Levy & Schuller, el Banco del Perú y Londres, el Hotel Palace, la casa Borges, la oficina de la Orton Bolivian Rubber Company del empresario boliviano Antonio Vaca Díez, la oficina de administración del ferrocarril urbano, el almacén de la familia Khan y la desaparecida calle Berlovento que se llevó el río Amazonas.
Asimismo, se puede apreciar la circulación y navegación de vapores que llegaban desde Liverpool en un viaje de seis semanas que cruzaban el Atlántico, como fue el Manco, una de las embarcaciones que pertenecían a la Booth Line. En el año 1914 ya se evidenciaba una caída del caucho y, aun así, se tiene registro que el movimiento de embarcaciones en el puerto de Iquitos era de 17 vapores: 9 provenían de los puertos de Europa, 7 de EE. UU. y 1 de Brasil, y 343 lanchas transitaban por las riberas. Era usual el uso de la libra esterlina como moneda de pago, al igual que la moneda nacional. También la comunicación era en más de seis lenguas extranjeras: chino, portugués, alemán, inglés, italiano, francés y rumano.
Iquitos tiene mucho que mostrar turística y culturalmente como ciudad; es una tarea de las autoridades y la población continuar el legado del padre Joaquín García. Ante el silencio, desconocimiento y la indiferencia de las autoridades, algunos artistas, escritores y músicos, de manera solitaria y titánica, han venido revalorando el patrimonio arquitectónico de la ciudad iquiteña desde su trinchera. El pintor Christian Bendayán fue el pionero en mostrar la ciudad de los azulejos y lo lleva consigo a toda ciudad que recorre por el mundo, como fue en la Bienal de Venecia con su muestra “Indios Antropófagos”, que fue considerada dentro de las cinco mejores de la exposición; el artista y protector cultural del colegio Fernando Lores, Julio Dávila; el carboncillo de Miguel Saavedra y el reconocido maestro Cliver Flores. Las letras del Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, ponen como uno de los escenarios de la novela “Pantaleón y las visitadoras” al ex Hotel Palace; el español Javier Juárez, con su novela “A diez días del Paraíso”, colocándose en el imaginario de Otoniel Vela, que dijo: “Si Manaos era célebre por el Teatro de la Ópera, Iquitos lo sería por ser la primera ciudad amazónica que albergase un hotel de lujo, al que llamaría Palace”. Los diplomáticos norteamericanos Hank y Dot Kelly narran su vivencia en la ciudad de Iquitos y dentro del Hotel Palace en “Dancing Diplomat”. El literato e investigador de la Amazonía peruana Manuel Cornejo nos tenía acostumbrados a sus valiosos trabajos de investigación de la historia del caucho y de poblaciones originarias vulnerables. Pero, en el mes de febrero presentó su primera novela “Río Infinito”, donde hace diferentes menciones de la maravillosa arquitectura iquiteña, paseándonos por el fantástico patrimonio cultural y de lo imponente que es el Hotel Palace. Es importante mencionar que desde el balcón del Hotel Palace, el general E. P. Ítalo Arbulú compuso el vals que identifica a todo amazónico: “Amanecer Loretano”. El filósofo español George Santayana nos rememora: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. (Jorge Linares)





