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Ocurre que lo hemos dicho en todos los tonos, cuánto de daño vine haciendo a la sociedad loretana la proliferación de la delincuencia,  que por su composición actual, bien puede ser dividida hasta en tres categorías,  a saber:  Infantil (pirañitas), juvenil ( fumones consuetudinarios) y adultos (bandas organizadas)..

Sucederá, nadie dice que no, que esta clasificación lo que busca es esclarecer hasta dónde se ubica la clase más nociva en el área delictiva, para prestarle la atención adecuada a su eliminación,  sino total por lo menos adecuada para que no siga causando daño a la sociedad que los alberga.

Como lo señalamos líneas arriba, la delincuencia infantil es la que presenta mayores complicaciones en su posible solución, debido a la legislación actual que protege en todas las líneas al infante desde su nacimiento hasta la edad juvenil, aislándolo  de una posible penalidad, que podría hacerlo meditar sobre sus actos negativos.

Aquí surge la figura de la delincuencia juvenil compuesta por jóvenes con  edades que fluctúan entre los 15 y 25 años, pero cuya peligrosidad, sobre todo cuando se encuentran en trance  (volando), es causa de muchos actos delictivos, la mayoría contra sus familiares más cercanos  (sus padres) y en la generalidad de los casos contra la sociedad que los alberga. Un delincuente juvenil es consecuencia de los hogares donde los principios morales han colapsado, fracturando la línea de ética propia de cada hogar, así como la comunicación familiar, cosa necesaria e imprescindible en todo hogar modelo.

Recordemos y tengamos en cuenta que la mayoría  de  delincuentes adultos  son consecuencia del tránsito delictivo que viene  de la niñez y la juvenil hasta la edad adulta o mayor. Esta clase delincuencial reviste, en estos momentos  una peligrosidad extrema, pues como consecuencia  de la pérdida de la más mínima sensibilidad humana, dado su historial delictivo, de infante a  adulto tras breve estadía en el ámbito juvenil, lo lleva a utilizar armas de exterminio que lo convierten en detestable homicida y escoria de la sociedad.

Obviamente que ubicando en línea recta el tránsito que sigue una persona  que  hace de su vida todo un acto de funestas consecuencias para la ciudadanía decente,  encontramos que son las leyes mismas las que apañan dichos actos con una jurisprudencia que maniata a la policía a la hora de pretender combatir la delincuencia desde su raíz; pero, es otro tema del que nos ocuparemos después.

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