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GASTÓN, EL ÚLTIMO AVENTURERO

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José Álvarez Alonso

Lo conocí a mediados de los años 80, durante mi primera visita a la Reserva Nacional Pacaya-Samiria. Estaba pescando paiches con algunos ayudantes en la cocha Tamara, en el bajo Pacaya. Era uno de esos tipos con los que congenias a la primera: espontáneo, vivaz, apasionado, jovial y locuaz, dispuesto a compartir su increíble repertorio de historias amazónicas con un ávido de escucharlas como yo.

He conocido muchos personajes inolvidables en tres décadas de correrías por las cuencas amazónicas, pero creo que ninguno como don Gastón Ramos. Representa a esa clase de amazónicos en extinción: aventurero mil oficios, explorador, mujeriego (decía que tenía al menos 28 hijos), protagonista de sinnúmero de aventuras y emprendimientos por una y otra cuenca, aprovechando las oportunidades que se han ido presentando de acuerdo con los vaivenes en la demanda de productos amazónicos en los mercados nacionales o globales, desde la ‘tigrillada’, la ‘loreada’ y la ‘lagarteada’ (fiebre de las pieles y animales vivos de los 60 y 70) y el boom petrolero que las siguió, hasta la ‘madereada’ de los 80 y 90.

Padecía una ligera cojera, fruto de una mordedura de shushupe en la rodilla. Gastón fue uno de los dos únicos sobrevivientes al ataque de esa letal serpiente que he conocido. Era un hombre de mil recursos y habilidades, y sabía hacer de todo. En su campamento nos convidó a un riquísimo chocolate preparado con los frutos cosechados de su propia chacra en Santa Clara, una hermosa península a orillas del Nanay, que tuve luego oportunidad de visitar.

Pero mi mayor admiración se la llevaron sus historias. Me impresionó en particular una relativa a los Matsés, los bravos indígenas que se enfrentaron con operadores de una compañía petrolera en el interfluvio de los ríos Yavarí y Ucayali en los años 60. Luego del execrable ataque con napalm a las comunidades matsés por parte de las fuerzas armadas, la compañía petrolera decidió enviar a la zona una expedición para verificar que no había peligro de ataques indígenas. Ningún trabajador quería internarse en el bosque para recibir un flechazo, por más dinero que ofrecieran. Gastón fue el único que se ofreció para ir a explorar, y solo.

Cargó con su retrocarga, una buena provisión de cartuchos y algo de fariña, y se metió al monte, donde permaneció varios mese recorriendo toda la zona. No encontró ningún indígena, pero sí vio animales en cantidad en zonas donde nunca o hacía muchos años que no se había internado ningún hombre blanco. Recuerdo que me habló de cómo tuvo que refugiarse en los árboles del ataque de manadas de huanganas «mansas» (que no conocen al hombre), y de los maquisapas, también mansos, que bajaban a ‘huicapearlo’ con palos y huayos.

Cuando salió del monte a informar a la compañía de que el terreno estaba libre de indios bravos fue una sensación; muchos no creían que iba a salir vivo. Realmente, hacía falta ser Gastón y tener algo más que una escopeta para internarse solo en los territorios de los enfurecidos Matsés, cuyas habilidades para moverse en el bosque son legendarias.

En la cocha Tamara Gastón tenía una buena «producción» de piezas de paiche saladas, y algo de arahuana.  El guardaparque que nos acompañaba, el desaparecido «Dirin dirin» (por sus verrugas en la cara, que lo asemejaban en cierto modo a la cabeza ‘bola bola’ del lagarto del mismo nombre) le pidió que no pescase más arahuana, porque daba más dinero la venta de alevinos, entonces en sus inicios. Como los desperdicios de pishtar el paiche y la arahuana iban a la cocha, se había congregado en la orilla tal número de pañas negras que era peligroso meter una mano al agua.  Por cada tucunaré o acarahuazú que pescábamos para la comida lanzando la ‘mariposa’ desde la popa del bote, caían cuatro o seis pañas;  y si nos demorábamos en sacar el pez fuera del agua, salía medio comido, a veces la cabeza sola. En las noches nos despertaba la tremenda bulla que hacían los feroces peces, peleándose por qué quizás.

Luego de varias semanas de templar sus redes paicheteras en Tamara los paiches se iban agotando o habían aprendido a evitarlas, así que Gastón decidió mover su campamento a la cocha Yarina. Allí pude apreciar el producto del primer día de pesca: tres o cuatro enormes paiches de más de seis piezas (así los miden los paicheteros, como se sabe, por el número de ‘piezas’ que salen al filetearlos). Mi hermano Suso me sacó una foto -que todavía conservo- levantando con gran esfuerzo la cabeza de uno de ellos.

La última vez que lo vi, a fines de los 80, Gastón se había asentado e iniciado una nueva vida (con nueva esposa incluida) en una comunidad del Puinahua. Estaba dedicado a la pesca, su actividad favorita. Había «amansado» una cocha brava a la que nadie antes se había atrevido a entrar antes que él, con ese ritual que involucra lanzar al agua una balsita con ciertas hierbas y cortezas prendidas para que la Yacumama se aleje o amanse. La cocha era rica en paiche y, especialmente, turushuqui, de los que había sacado varias toneladas. Tenía problemas con algunos enormes lagartos negros que destrozaban sus redes, lo cual me admiró, porque estos animales habían sido casi extirpados durante los años 60 y 70 para el comercio de pieles, y en esos años era difícil encontrar lagartos adultos. Otra empresa, ciertamente, digna de don Gastón Ramos.

No he vuelto a saber de Gastón en más de 20 años (hoy estará en sus ochentas, si es que los achaques de su vida de aventuras no le han pasado la factura), y por los Yacurunas que me gustaría verlo y volver a escuchar sus aventuras; espero que él o alguno de sus hijos lea estas líneas y me contacte. Sus historias y su inmensa experiencia amazónica son dignas de ser compartidas y disfrutadas por otros amazónicos, y por otras generaciones.

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4 COMENTARIOS

  1. Hola soy nieto de Gaston Ramos Rivadeneira, si tiene mas historia sobre el me encataria escuharlo. Mi madre esta interesada tambien en el tema. Le comento que mi abuelo fallecio hace aproximadamente 5-6 anios, esta enterrado en el cementerio general de iquitos. Si sabe mas historias sobre el pues me encantaria que me contacte para poder escucharle ya que no tuve la oportunidad de conocerlo en persona.

  2. Hola,
    soy la menor de las hijas del matrimonio de Gastón Ramos ( mas conocido como el tarzan )con señora Elena Rios
    , me emocione al leer la nota periodistica , mi correo. Chioelenita@hotmail.com,

  3. Hola
    Soy el sobrino de mi querida tia Elena del Carmen Rios Valderrama, esposa de Gaston Ramos Rivadeneira, un Gran ser humano, mitayero como el no existiran mas, caminaba por las cuencas amazonicas, sobrevivio a la picadura del SHUSHUPE en la mano derecha entre pulgar y el indice, solo el y su esposa Elenea que estan al lado del Arquitecto del Universo saben como se curo en base a ingerir tabaco en abundancia. Se internaba meses en la selva virgen, vivia acopiando recursos disponibles de supervivencia. Solo conoci los hijos de su matrimonio mis queridos primos. Ronal Ramos Rios, Rogelio Ramos Rios, Reyna Ramos Rios Rubi Ramos Rios y a Wenceslao ahora grandes profesionales se que estan orgullosos de tener un padre como el un ser humano DIGNO.

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