La firma del Pacto Ético Electoral en Loreto debería ser mucho más que una fotografía de candidatos estrechándose las manos y levantando un documento. Debería representar el compromiso de hacer una campaña distinta, donde la confrontación de ideas reemplace a la agresión personal y donde el ciudadano pueda decidir su voto con información y propuestas, y no bajo el ruido de la mentira, el insulto o la guerra sucia. Porque en una democracia, competir no significa destruir al adversario.
Y aquí empieza el verdadero desafío. Firmar un pacto es fácil; cumplirlo cuando la campaña se caliente será lo difícil. Cuando las encuestas cambien, cuando un candidato sienta que pierde terreno o cuando aparezcan acusaciones capaces de generar titulares, será entonces cuando veremos quién realmente cree en lo que firmó. La ética no se demuestra frente a las cámaras, sino cuando se tiene la posibilidad de atacar y se decide no hacerlo; cuando se puede difundir una mentira y se opta por respetar la verdad.
Loreto ya ha visto demasiadas campañas convertidas en guerras personales. Se ha llegado al extremo de discutir más sobre los candidatos que sobre los problemas de la región. Mientras unos se insultan, los grandes temas siguen esperando respuestas: salud, educación, conectividad, seguridad, empleo, servicios básicos, desarrollo amazónico y las enormes brechas que separan a Loreto de otras regiones del país. No podemos permitir que nuevamente el espectáculo electoral termine ocultando lo verdaderamente importante.
También sería ingenuo pensar que toda crítica constituye guerra sucia. Los candidatos deben ser fiscalizados y los ciudadanos tienen derecho a conocer sus antecedentes, sus decisiones, sus equipos y la viabilidad de sus propuestas. La diferencia está en la forma y en la intención. Una crítica sustentada fortalece la democracia; una mentira repetida para destruir una reputación la degrada. Investigar y cuestionar es parte de la política; difamar y manipular no debería serlo.
Por eso, este pacto también interpela a los medios de comunicación, a las organizaciones políticas y, especialmente, a los electores. No debemos convertir cada insulto en noticia ni cada rumor en verdad. Si queremos mejores autoridades, también tenemos que exigir mejores campañas. El voto responsable comienza mucho antes del día de la elección: comienza cuando dejamos de premiar al que grita más fuerte y empezamos a escuchar al que tiene mejores respuestas para los problemas de Loreto.
La firma del Pacto Ético Electoral puede ser, entonces, una oportunidad para demostrar que nuestra región está preparada para una campaña de altura. Pero la palabra empeñada tendrá que sobrevivir a la tentación del ataque fácil, de la mentira viral y de la guerra sucia. Al final, los ciudadanos juzgarán no solamente lo que cada candidato promete, sino también la manera en que se comportó durante la campaña. Porque gobernar exige carácter, pero también exige respeto. Y quien no es capaz de respetar al adversario cuando busca el voto, difícilmente podrá respetar al ciudadano cuando llegue al poder.
Lo Último
Firmar un pacto es fácil, cumplirlo es lo difícil
Date:




