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ERRAR ES HUMANO, PERO PERDONAR NOS HACE MÁS HUMANOS

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Por:  Mgr. Menotti Juan Yáñez Ramírez

menottivi@yahoo.com

Al leer el libro «El Jesuita» que de manera tan prolija detalla la biografía del Cardenal Argentino Jorge Bergoglio, quien a la sazón fue uno de los latinoamericanos más cerca del papado en el último conclave, pude encontrar un párrafo en el que se refiere a aspectos tan gratificantes, que me conmovió e invitó a plasmar en este artículo mis pareceres sobre el perdón.

No podría continuar sin citar a pie juntillas el enunciado al que me referí para entender con absoluta sencillez que vivir la vida en la mayoría de los casos se resume a poner en práctica sentencias simples, pero que lo azaroso  y vertiginoso de los cambios cotidianos en todo orden nos hace perder de vista. Bergoglio dice «Hay tres palabras que definen a las personas y constituyen un compendio de actitudes, que son: permiso, gracias y perdón. La persona que no sabe pedir permiso atropella. El  bien nacido es agradecido. Es que la gratitud es una flor que florece en almas nobles. Y, finalmente, hay gente que considera que no tiene que pedir perdón por nada. Ellos sufren el peor de los pecados: la soberbia. Quizá, al que tenga que perdonar se le pida que renuncie al sentimiento. El resentimiento es rencor. Y vivir con rencor es como beber aguas servidas, como alimentarse de las propias heces; supone que no se requiere salir del chiquero».

De allí que reconocer nuestros errores nos permite ser tenientes de virtudes como la fortaleza, la credibilidad, la confianza y el respeto. Siendo harto complicado ser objetivo para revisar aquellos paradigmas que tenemos profundizados como raíces de árboles ancestrales, en verdad no es fácil, pero tampoco es imposible, basta nuestra voluntad y esfuerzo para cambiar, modificar,  corregir, sin sentir que se están traicionando los principios (aquellos no se negocian) sino aquellos comportamientos que no nos permiten ser sensatos ni equilibrados en nuestro día a día, que es el que nos hace vivir diariamente – valga la redundancia – esto tan hermoso que se llama vida. Y, la principal enemiga de cualquier intención de cambio es la soberbia que se interpone con rapidez cuando queremos dar un viraje de 180° u otro golpe de timón a la barca de nuestra existencia para propender al equilibrio que nos permite reformular aquello que percibimos será lesivo para nuestros intereses y el bien común. Llevar a buen puerto esta barca implica esfuerzos y sacrificios pero trazando un buen rumbo, usando la ruta adecuada y enfrentando los temporales llegaremos prontos al éxito, disfrutando no sólo del arribo sino fundamentalmente del viaje, como dice Enrique Baliño en su libro «No más Quejas».

Recordar que hoy no es posible vivir permanentemente entre la duda y la certeza nos haría muy bien a todos, pues la primera nos mantiene en una incertidumbre que nos paraliza, mientras que la segunda nos lleva a un estado de seguridad tal que nos arraiga en lo que creemos y nos hace vivir en una burbuja.  Es en esa burbuja en la que nos encerramos – sin considerar que existen otras realidades que deben de ser tomadas en cuenta por más diferentes que sean-  la que nos conduce a la soberbia y al estado del «yo tengo razón» debiendo de respetar las ideas del otro en el marco de la tolerancia y la fraternidad, siendo más grave el problema cuando es nuestro entorno próximo el que se revela por nuestra intransigencia.

Ahí es donde la mirada al espejo deja de ser la mirada del «que bien me veo» o «que atractivo soy», para pasar al momento de la verdad, del ¿Soy capaz de reconocer mis errores? ¿Mis equivocaciones? interrogantes que nos enfrentan con la realidad, que nos hacen aterrizar dándonos cuenta que nada ganamos minimizando nuestros errores y magnificando los del otro, viendo la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el nuestro, culpando a nuestros antepasados de nuestros yerros de hoy y aferrándonos a las «vacas» de las que nos habla el Dr. Camilo Cruz.

Todas estas actitudes, sin duda nos llevan a una caída libre, de la que si no tomamos previsión el impacto será brutal y no habrá vuelta atrás solamente por no saber decir gracias, permiso y perdón, palabras que a decir de Bergoglio es un compendio de sana convivencia y de buen vivir.

Va para aquellos que de manera sencilla aplican esta triada, mi saludo por la forma tan simple pero encomiable como desafían el camino de su vida, siendo la sensatez, el reconocimiento de sus yerros, y el aprendizaje del fracaso luminarias para su tránsito en esta belleza que es la existencia. Jamás se verá en ellos vestigio alguno de orgullo, vanidad, soberbia, sino más bien el coraje de aquel que con humildad sabe decir «perdón me equivoque» expresión mágica al oído y punzada certera al corazón del hombre.

 

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