Como ha dicho ayer el Papa Francisco al celebrarse el Miércoles de Ceniza y el inicio de la Cuaresma que “es un viaje de regreso a Dios”, para volver a Él con todo corazón”. Ese es el centro de la Cuaresma: “hacia donde está orientado mi corazón” dijo el jefe de la Iglesia Católica en el mundo.
Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: Señor volveré a Ti después…Espera. Hoy no puedo, pero mañana quizá empezaré a rezar y a hacer algo por los demás. Hagamos una autoevaluación como cristianos y no daremos cuenta de cuanta verdad encierran las palabras del Papa.
Recordó que la Cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, para verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo.
El Pontífice dijo también que la Cuaresma es el éxodo de la esclavitud a la libertad, porque “son cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó en el desierto para regresar a su tierra de origen”.
Reflexionó que ese camino de nuestro regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos mal sanos, se frena por los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar, del lamento victimista que paraliza.
La confesión es el primer paso de nuestro viaje de regreso a Dios, por eso el Papa recomendó a los confesores a ser como el Padre, “no con el látigo, sino con el abrazo”. Necesitamos imitar a aquel leproso, que volvió a Jesús y se postró a sus pies. “Necesitamos la curación de Jesús”, es necesario decirle que estamos aquí con nuestros pecados para que libere y sane nuestro corazón.
“Es necesario entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor”. Fue otra de las expresiones del Papa Francisco. Y es cierto que por amor se realizan las acciones más hermosas, y estando en plena Cuaresma nos invita a llevarlas a la práctica.
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