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El Combate de Güeppí

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No puede haber mejor narración de lo que fue el combate de Güeppí, épica jornada de gloria que inmortalizó a valientes peruanos amazónicos al haber ofrendado sus vidas en defensa de la patria, que aquella contenida en el libro El Rescate de Leticia, de la pluma de Don Pablo Carmelo Montalván, el gran PaCarMon, orgullo de las letras de Loreto. Con la autorización expresa de su hijo, Fernando Montalván Tuesta, he aquí su relato de lo que fue aquel domingo 26 de marzo de hace 79 años:

 

«El domingo 26 de marzo, las cañoneras colombianas entraron a las aguas peruanas, atacando simultáneamente el Puesto Nº 2 en la boca del río y el Puesto Nº 1 más abajo del centro de los emplazamientos, con intenso fuego de artillería de los buques y de las islas que habían tomado, protegiendo el acercamiento de los transportes, las lanchas peruanas apresadas y otras colombianas, para el desembarco de las tropas que conducían, en una formación abierta como abanico.

 

Tres aviones de caza y tres de bombardeo se sumaron al ataque: bombardeo y ametrallamiento de las posiciones. Después de 3 horas de dura resistencia, ante el intenso fuego enemigo y al desembarco de las primeras tropas frente al Puesto Bolognesi, la sección que lo defendía abandonó las posiciones y se replegó, igualmente los defensores de los puestos 1 y 2; el fuego enemigo empezó a concentrarse en las posiciones centrales y las tropas que desembarcaban empezaron a cerrarse sobre los defensores, que sólo podían oponerles el fuego de sus ametralladoras y de fusilería, sin causar mayores daños.

 

El grueso de la Compañía, para evitar ser envuelta y copada recibió la orden de replegarse hacia el varadero; la sección del teniente Garrido Lecca, se replegó a la segunda línea de trincheras para proteger la retirada de las otras secciones y la trocha del varadero; allí, el soldado Alfredo Vargas Guerra desafió, con sólo su fusil, la superioridad numérica y el fuego de los atacantes y se sostuvo hasta caer destrozado por la metralla… el oficial cayó prisionero.

 

Solo quedaron en el centro de los débiles emplazamientos 7 hombres, parte de un grupo de combate al mando del sargento Fernando Lores, para proteger la retirada de la Compañía y el acceso del enemigo al varadero, con sólo una ametralladora.

 

El soldado Reynaldo Bartra Díaz defendiendo el ala izquierda y el cabo Alberto Reyes el ala derecha, hicieron fuego hasta enrojecer sus fusiles; Lores, seguido de su cargador y sus proveedores, corría de un lado al otro del foso, disparando su ametralladora tan intensamente sobre los atacantes, que parecía que fueran muchos los defensores que estuvieran tras de la trinchera… Ese grupo fue la última defensa de la guarnición de Gueppí. ¡Todos eran loretanos!…

 

Fue una misión de sacrificio que ninguno vaciló en asumir… ¿Por disciplina?… ¿Por principio?… ¿Por amor a su tierra?… En el supremo instante de su decisión todos esos sentimientos se conjugaron y crecieron en tal magnitud, que desbordaron los límites de lo humano y lo posible, cruzaron los dinteles de lo épico con tan luminosos resplandores, que disiparon toda sombra y cualquier duda.

 

La artillería colombiana concentró su fuego en el último reducto, las tropas avanzaron para cercarlo y reducirlo, con poderoso fuego de ametralladoras y fusilería… cayó Bartra Díaz… cayó Alberto Reyes… y enmudecieron sus armas… en el fondo de la trinchera ya no quedaba de ellos más que ensangrentados despojos y sus humeantes fusiles… pero, la epopeya no había terminado…

Una ametralladora seguía vomitando fuego, como si fueran muchas y estuvieran en distintos sitios. . . era el sargento Lores que se trasladaba como en alas del pensamiento, salía de distintos puntos y disparaba ráfagas de muerte… El tiempo parecía detenerse admirando su temple y su coraje… su sangre ya empapaba su uniforme… vio caer a otro de los suyos a sus pies, se inclinó para ayudarlo… estaba muerto… se irguió de nuevo, él también estaba herido y sangrando, rompió el borde de su chaqueta y lo hundió en su ingle, por la cintura del pantalón, sin un gesto de dolor…

 

Dos de sus últimos hombres, Pinche y Revilla, heridos, sangrantes, incapaces de moverse, trataban de arrastrarse para ir tras él… lo seguían con la vista de uno al otro extremo del foso, como a una exhalación; lo veían salir y disparar ráfagas de metralla lanzando gritos de desafío… los demás no podían verlo porque estaban muertos… ¡Se había quedado solo!…

 

Salió de la trinchera al encuentro de la gloria, disparando y cubriéndose en los huecos del terreno… ¡era la furia de la selva convertida por sus manos en tempestad de plomo!… ¡era la voz de un hijo de la selva en ronco tronar de metralla amenazando muerte!… ¡era un corazón palpitando Patria, que agigantaba un arma para contener la avalancha del número y la fuerza!…

 

Pero el enemigo avanzaba incontenible disparando nutridamente, cada vez más cerca… Lores emergía y disparaba, desaparecía y aparecía en otro sitio para volver a disparar… Tal esfuerzo no podía durar… el milagro tenía que acabar porque la inmortalidad venía a su encuentro llameando plomo y envuelta en fuego… una ráfaga enemiga le rodeó la cintura en mortal abrazo y lo destrozó… alzó los brazos con la ametralladora empuñada como para lanzarla en postrer desafío… se dobló lentamente y hundió su cabeza en el suelo en actitud de reverencia… como para besar la tierra y se dio la vuelta para mirar por última vez el sol de su selva.

 

¡Quizá una maldición fue su último esfuerzo, no porque se sintiera morir, sino porque ya no tenía fuerzas para seguir defendiendo su tierra que tanto amó!…

 

Un médico colombiano contó después, narrando la toma de Gueppí, que al llegar cerca de la trinchera a reconocer al que se había multiplicado disparando su ametralladora para contener el ataque, viendo todavía en el cuerpo ensangrentado algunos signos de vida, se inclinó para mirarlo más de cerca y tomarle el pulso… Lores abrió los ojos y en un supremo esfuerzo le lanzó un escupitajo.

 

Mientras tuvo fuerzas para disparar su ametralladora regó muerte entre los que invadían su tierra e insultaban su amor patrio…destrozado ya, su último aliento fue el desprecio lanzado a la cara del invasor…

¡Cayó el titán y los colombianos ocuparon la plaza que había ofrecido resistencia mientras estuvo con vida un loretano!… ¿Esa era la cobardía que el general Sarmiento achacaba a los hombres de la selva?… ¡Si así eran los cobardes… cómo serían los valientes!»

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1 COMENTARIO

  1. Agradezco la mención y saludo el uso de la información de Pacarmón, mi padre. No puedo sino sentirme siempre orgulloso de ser loretano e hijo de un padre a quien muchos que lo conocieron apreciaron. Enhorabuena, amigos.

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