Por: Claudio Pinedo Macedo (1)
Al iniciar el nuevo siglo, se han producido en la humanidad una serie de cambios estructurales que van desde lo económico, lo político, lo tecnológico, lo social y lo cultural. Paradigmas que durante mucho tiempo fueron incuestionables, han comenzado a romperse para dar paso a nuevos enfoques y conceptos que, justamente, responden a la necesidad de adaptación de las sociedades en un mundo vertiginoso y altamente competitivo como el actual.
Luego de la caída del muro de Berlín y el consecuente final de la guerra fría, en el año 1989, se impuso a nivel global la doctrina económica conocida como neoliberalismo. De esta forma pasamos del «mundo bipolar», encarnado en la confrontación entre las dos potencias de ese entonces EE.UU y la URSS, a un «mundo unipolar» con un dominio casi absoluto de EE.UU y sus aliados. A partir de esta nueva correlación de fuerzas en el globo, se pretendió dejar de lado las discusiones de índole ideológico. La economía pasó a ser el tema principal del debate y, desde Washington, se formularon recetas económicas que debían ser aplicadas, principalmente, en países productores de materias primas como el nuestro. Parte de estos ajustes incluían medidas que plantearon, entre otras cosas, reducir drásticamente las competencias estatales en sectores productivos, y también en sectores claves como la salud y la educación.
Se decía entonces que el libre mercado, en sí mismo, era suficiente para garantizar el desarrollo de las naciones, dada su capacidad intrínseca para generar competencia entre los agentes económicos, con una repercusión positiva en todos los ciudadanos y ciudadanas de una determinada sociedad. Al menos así se teorizó el pensamiento hegemónico mundial de las últimas décadas, en lo que a materia económica y políticas públicas se refiere.
Sin embargo, en la práctica, y a punto de cumplirse 25 años de aplicadas esas medidas de reajuste estructural en nuestro país, vemos que la mágica receta no ha funcionado. Y no ha funcionado por múltiples y complejas razones que en este pequeño artículo sería muy difícil de resumir. Sólo diremos que, como parte de los pésimos resultados de ese enfoque podemos mencionar los siguientes:
1) Reducción de la capacidad de respuesta del Estado a su mínima expresión;
2) Incremento exponencial de las desigualdades sociales y económicas (caldo de cultivo de los conflictos y la inseguridad ciudadana);
3) Afectación a los derechos de los trabajadores, con graves repercusiones en la institución básica de toda sociedad: la familia;
4) Debilitamiento y acoso al aparato productivo e industria nacional; y, finalmente, 5) Hemos retrocedido dramáticamente en términos de calidad educativa y acceso a salud pública digna y eficiente.
Estos efectos nocivos se han repetido en todos y cada uno de los países donde fueron implementadas esas medidas. No es de extrañar, por tanto, que muchos países de Asia, Europa y la propia Sudamérica, hayan preferido optar por modelos mixtos que les han permitido replantear el tipo de relación existente entre los tres componentes estructurales de toda nación del mundo moderno: Estado, Sociedad y Mercado. Sin llegar a ser la perfección, estos países con una visión mixta de la economía, han conseguido armonizar, mucho mejor que nosotros, estos tres componentes. Lograron comprender que no se trata de negar al mercado, sino de ponderar su papel y colocar tanto al mercado como al Estado al servicio de las sociedades.
Con ese enfoque, por un lado, garantizan al sector privado reglas claras para poder desarrollar actividades económicas en bienes y servicios diversos, generando empleo e ingresos fiscales al país; pero, al mismo tiempo, han apostado por fortalecer su aparato estatal que les permiten, hoy por hoy, brindar a sus ciudadanos y ciudadanas: igualdad de oportunidades educativas en todos los niveles, con una fuerte inversión en innovación, ciencia y tecnología; y un adecuado servicio de acceso a salud pública integral. No es casualidad que ambas medidas busquen mejorar las condiciones para el óptimo desarrollo y aprovechamiento del principal recurso de las naciones del mundo actual: el capital humano.
Esta decisión de apostar por el fortalecimiento del talento humano a partir de la educación y salud pública, producida en muchos países de Europa, Asia y, últimamente en algunos países de Sudamérica, responde al nuevo enfoque que le da la ciencia económica al concepto de «capital». Hasta hace poco continuaba prevaleciendo la idea de que el principal capital de las naciones eran sus recursos naturales. Hoy en día ese enfoque resulta insubsistente, en el nuevo escenario global se considera al «talento humano» como la principal riqueza de las naciones, y es allí donde la educación, y en especial la educación técnica y superior, adquieren una importancia vital en el marco de una estrategia de desarrollo nacional y regional. Sólo invirtiendo en la gente, los países consiguen dar el salto y crean sociedades de bienestar, con ciudadanos y ciudadanas capaces de ser parte de un proceso creciente de desarrollo artesanal, científico y tecnológico que determinará una expansión de sus actividades y el aprovechamiento de todas sus potencialidades. En los últimos 25 años, borrachos por el boom del súper ciclo de las materias primas, nuestros gobiernos han hecho poco o nada para generar condiciones básicas que hagan posible una vida de calidad donde la igualdad de oportunidades deje de ser una entelequia o una simple frase de campaña.
Veo con beneplácito que varios candidatos a la Presidencia de la República comienzan a plantear propuestas en ese sentido, sin importar de qué línea ideológica sean. Esperemos que esas promesas no queden en letra muerta o palabra inerte, porque en nuestro país no existen condiciones para una nueva traición. Un nuevo sentido común viene expandiéndose en la nación peruana. Ese nuevo sentido común solo exige una cosa: CAMBIO.
(1) Abogado por la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Especialización en Gestión Pública por Resultados, certificada por la Unidad de Post Grado de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.





