Por: Juan J. Saavedra Andáluz
Hace poco más de un año, en una tertulia informal, el ilustre Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, comentó, a modo de confesión, que él tenía algunas dificultades para narrar cuentos. Esto generó aparte de sorpresa, curiosidad, por venir de quien venía tal confesión, en círculos literarios, sin trascender a los medios de comunicación.
Algunos interpretaron que Vargas Llosa no estaba haciendo más que un comentario sin reflexionar en su importancia. No faltaron los que opinaron que por esa razón él no tenía cuentos qué exhibir. No obstante, esto último no es cierto, ya que «Los Jefes», es precisamente un libro de cuentos del famoso novelista, pero de sus primeros años.
Y es que, en realidad, una cosa es escribir una novela y otra un cuento. En la novela, hay espacio suficiente para la descripción de los escenarios, de los perfiles psicológicos de los protagonistas; de sus pasiones, sus luchas, sus triunfos, sus fracasos y una gama de acontecimientos que pueden leerse en una novela, extensa y amplia hasta el epílogo.
Entonces, el novelador puede continuar con nuevas aventuras utilizando a los mismos personajes de su obra o incorporando nuevos protagonistas. Esta es una particularidad especial de la novela, que la distingue del cuento, pues en este último género, cuando el argumento se agota realmente «C’ est fini».
En el cuento, a diferencia de la novela, surge un imperativo categórico: la síntesis. Cuanto menos acápites tenga la narración de un cuento, será más interesante, habrá mayor belleza y despertará en el lector una especie de magia literaria, que también se logra en la novela pero de otro modo. Siendo el lenguaje el principal instrumento de la transmisión de todo conocimiento, es importante su buen manejo para expresar mejor la belleza literaria. Y en conjunción con la síntesis se logra este objetivo. A manera de ilustración de estos asertos, pongamos que en esta sentencia está la novela: «las equivocaciones son los mejores maestros de los seres humanos». Al cuento le corresponde entonces, «equivócate: aprenderás».
Sobre este particular, Alejandro Eléspuru Noronha, escribió no hace mucho tiempo un libro de cuentos con el título de «El árbol de Tania», al que acompañan 25 narraciones más, entre relatos y anécdotas.
Su narración recorre las páginas del libro con un excelente manejo del lenguaje, con precisión y llevando al lector a su propio torrente imaginario. Son breves, algunos muy breves, como que así corresponde a este género literario. Puede advertirse, en alguna medida, la sugerencia del gran maestro del cuento peruano, Julio Ramón Ribeyro, en el sentido de que la narración sobre hechos reales, hay que hacerlo como si fuesen ficciones y las ficciones como hechos reales.
La sugerencia de Ribeyro no constituye un modelo rígido. Y tampoco le resulta fácil a escritor alguno entender estos conceptos y aplicarlos adecuadamente, aunque en apariencia se trate de algo sencillo al alcance de cualquier narrador.
«El Arbol de Tania», nos ofrece una historia conmovedora de una niña pobre a quien la vecindad, en víspera de Navidad, exige ver su arbolito clásico, con luces intermitentes y adornos que hagan alusión a la fecha de la cristiandad. A última hora, Tania invita a sus vecinos y les muestra un arbolito pequeño, sin adornos, expresando con ello su condición de persona humilde y pobre. La sorpresa es mayor, para sus vecinos y amigos, cuando ella explica que ese arbolito, en realidad, expresa un mensaje de solidaridad con las niñas pobres del mundo.
Los demás cuentos y anécdotas revelan en este autor una curiosa dosis de humor, al dar vida a sus protagonistas que pasan por situaciones jocosas e irónicas, poniendo de relieve que el trabajo narrativo sigue un camino ascendente en la literatura regional.






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