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Ecoturismo que transforma: una concesión de Requena que integra el desarrollo con la naturaleza

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  • La iniciativa de Rosa Villacorta impulsa una experiencia sostenible que une el contacto entre turistas, poblaciones locales y el bosque.

Tras casi cuatro horas de navegación por las aguas del río Ucayali, se llega a la quebrada Cumaceba, justo en la zona de amortiguamiento de la Reserva Nacional Pacaya Samiria. Allí se encuentra la concesión para ecoturismo Golondrina que demuestra que es posible desarrollar una actividad económica en armonía con el bosque y con las comunidades locales.
En esta área de 41.91 hectáreas de bosque, ubicada en la provincia de Requena, se encuentra un albergue que invita a turistas nacionales y extranjeros a vivir una experiencia sostenible en la Amazonía, mientras contribuye a la conservación de los bosques bajo la supervisión del el Organismo de Supervisión de los Recursos Forestales y de Fauna Silvestre (OSINFOR).
Rosa Villacorta Pérez, empresaria que gestiona la concesión, destaca que el ecoturismo también impulsa buenas prácticas orientadas al relacionamiento comunitario, la protección del área mediante la vigilancia de los linderos y la educación ambiental, a través de acciones como la conservación de hábitats representativos y la segregación de residuos sólidos.
Este trabajo fue reconocido por el OSINFOR en 2024, con el otorgamiento de una constancia de cumplimiento de obligaciones tras la supervisión de las actividades establecidas en su declaración de manejo.
Ecoturismo con participación local
Como parte de su programa de relaciones comunitarias y participación local, el equipo que gestiona la concesión para ecoturismo fomenta la participación de la comunidad campesina Puerto Miguel en actividades como transporte fluvial de los visitantes y guiado turísticos para el avistamiento de flora y fauna silvestre.
Por otro lado, productos como plátano, papaya y yuca son adquiridos directamente de las chacras de los comuneros para formar parte de la oferta culinaria del albergue Golondrinas, la cual es preparada por cocineros de Puerto Miguel. “De este modo impulsamos la economía familiar en la comunidad y revalorizamos sus productos”, comenta Rosa.
Asimismo, el tour contempla un recorrido por Puerto Miguel, donde los visitantes pueden observar las costumbres locales y adquirir artesanías hechas con semillas y fibras vegetales, lo que permite que la población también se beneficie directamente del ecoturismo.
Recuperando los paisajes del bosque
En el pasado, terceras personas degradaron parte del bosque. Sin embargo, con la llegada de la concesión para ecoturismo, el área comenzó a recuperarse mediante la reforestación con especies nativas como huasaí (Euterpe precatoria) y cedro (Cedrela odorata), en actividades que involucran tanto a pobladores locales como a turistas.
“Cuando nos otorgaron la concesión, había zonas deforestadas para cultivos. A través de la sensibilización logramos que la población entienda la importancia de no talar árboles y que los turistas se lleven un mensaje de amor por la Amazonía. Con el tiempo, pudimos reforestar con cedros que hoy alcanzan hasta diez metros de altura”, destaca Adler Vela Tello, biólogo que apoya en la gestión de la concesión para ecoturismo.
Gracias a este trabajo, animales silvestres como monos frailes, cotos, machines y pichicos llegan atraídos por los frutos del huasaí, lo que facilita su avistamiento como parte de las actividades de interpretación ambiental.
Turismo que cuida el bosque
La segregación de residuos forma parte de las acciones de educación ambiental que impulsa la concesión para ecoturismo, con el objetivo de minimizar el impacto de la actividad humana en el ecosistema. Los desechos inorgánicos, como botellas, bolsas y otros objetos, son trasladados a la ciudad de Nauta para su acopio en la planta municipal y posterior reciclaje.
Detrás de estas acciones existe una convicción personal de Rosa Villacorta Pérez, para quien el ecoturismo también representa una forma de preservar su historia. En Golondrinas, ha encontrado la manera de mantener vivo el vínculo con La Pedrera, el pueblo donde creció y que hoy ya no existe. Pero no se trata solo de recibir turistas, sino de transmitir valores.
“El significado de este trabajo es amar la naturaleza. Si la amas, te preocupas por ella; pero si solo buscas ganar dinero, es difícil tener éxito”, dice, convencida de que los árboles son importantes para el futuro: “Los árboles nos dan oxígeno y, cuando ya no esté, también se lo darán a mis hijos y nietos”, concluye.

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