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– Mensaje de Mons. Miguel Olaortua Laspra ante el día del Niño por nacer

Caminata por la vida
Caminata por la vida

El 25 de marzo en el Perú se celebra el «Día del Niño por Nacer», en el marco de la Solemnidad de la Anunciación-Encarnación del Señor en el vientre de la Virgen María. El lema de este año es «Madre, ayúdame a cuidar la vida».
Cuando el pasado mes de enero, nos reunimos los Obispos del Perú para la 103 Asamblea de la Conferencia Episcopal, decidimos colegialmente, con ocasión de la Jornada de la Vida que cada año se celebra en el mes de marzo, potenciar las marchas en favor de la Vida en las distintas diócesis e iglesias particulares para sensibilizar y concientizar a la población en general sobre la gravedad y la responsabilidad moral de atentar contra la vida del ser humano y, más aún, cuando de un ser inocente e indefenso se trata. En nuestra ciudad de Iquitos se celebró el pasado sábado día 22 con la asistencia de representantes de las distintas parroquias, colegios, comisiones y movimientos. Aprovecho estas líneas para agradecer la participación de todos ellos. Estas marchas se han llevado a cabo en los distintos puntos de la geografía peruana como signo profético, como denuncia de los males que atentan contra la vida y anuncio de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.
La Iglesia Católica, siguiendo el mandato de Jesús y los criterios evangélicos, se manifiesta claramente a favor de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural y, por consiguiente, rechaza categóricamente cualquier ataque contra la vida misma. El «No matarás» es un mandato moral que no podemos eludir. Es muy importante nuestro testimonio cristiano ante la sociedad en esta materia que está siendo discutida en Gobiernos y organismos oficiales en todo el mundo, incluyendo nuestro país. Los cristianos no podemos admitir el aborto, ni permanecer impasibles ante leyes que lo amparan.
Los niños en el seno materno también son actores en el mensaje reconciliador traído por Jesús –nos recuerda la Comisión Episcopal de Familia y Vida-. Cuando el Señor dice «el que reciba a este niño en mi nombre, a mi me recibe (Lc 9,48), se identifica con el niño, con cada niño, porque Él mismo se hizo pequeño para ser acogido por María Santísima y nacer de ella. Dios nos invita así a recibir a los niños en su nombre, es decir, con la mayor caridad y esperanza. María acogió a Jesús y lo cuidó, y eso mismo es lo que hacen las mujeres y familias que –a veces en las circunstancias más adversas, y a pesar de las dificultades que puedan surgir- siguen adelante con una gestación.
Acoger a los niños como nos enseña Jesús, implica necesariamente acoger a sus madres, para que ellas puedan cumplir la misteriosa misión que Dios les encomienda. Ser Padre o Madre no es única, ni principalmente una decisión humana de la pareja; es una vocación a la que Dios nos llama y una responsabilidad social. La paternidad y maternidad no pueden quedar a merced o capricho de los sentimientos o apetencias de una pareja. La paternidad conlleva una Responsabilidad que no podemos eludir y de la que tenemos que dar cuenta ante Dios y nuestros hermanos.
La Caridad cristiana debe llevarnos a abandonar todo egoísmo e indiferencia y, sin mediar condiciones o excusas, salir al encuentro de ese hermano que está junto a mí, pequeño, indefenso, vulnerable, que en los tiempos actuales lleva el rostro de una mujer y el bebé en su vientre, que sufren el atropello de sus derechos, abusos, abandono, discriminación e indiferencia de parte de quienes los rodean.
El beato Papa Juan Pablo II, que en el  próximo mes de abril va a ser canonizado junto con Juan XXIII, con ocasión de esta Jornada Pro-Vida, publicó el 25 de marzo del año 1995 una Encíclica titulada Evangelium Vitae, el Evangelio de la vida, para resaltar el valor y el carácter de la vida humana. En ella nos recordaba que «El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas»(EV,1).
El mismo Concilio Vaticano II, del que estamos celebrando su quincuagésimo aniversario, en su Constitución sobre la Iglesia y el mundo actual decía claramente: «Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador»(GS,27).
El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos exhorta en la misma dirección. «La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (nº2258). El homicidio voluntario de un inocente es gravemente contrario a la dignidad del ser humano (nº2261).
Desde el siglo I, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. (nº 2271). El aborto directo, es decir, querido como un fin o como medio, es gravemente contrario a la ley moral. La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el  derecho inviolable de todo ser inocente a la vida. La misma Sagrada Escritura nos lo recuerda: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1,5).
«Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano» (C.I.C. nº2274).
Por otra parte, tenemos una gran responsabilidad en el tema de la Familia, como célula básica de la sociedad y como Iglesia Doméstica. Consentir la muerte del propio hijo corre el riesgo de echar por tierra, desde dentro, uno de los vínculos más fuertes de la familia humana. La familia no puede prescindir de esta dimensión transcendente que le da sentido a su existencia y una misión que cumplir como colaboradora del Plan de Dios. La Paternidad Responsable que la Iglesia nos ha recordado siempre, sobre todo a partir de Pablo VI y el Concilio Vaticano II, es una invitación a defender la vida y una vida digna de cada ser que es llamado a la vida.
También quisiera recordarles que no se conoce una «píldora del día siguiente» cuyo potencial efecto abortivo sea unánimemente descartado por la comunidad científica internacional y menos de su comercialización como tal. En consecuencia, bajo esas circunstancias y hasta el momento, su uso es siempre inmoral también en caso de violación. Si como fruto de la violación ya se ha producido la fecundación del óvulo, entonces nos encontramos ante un nuevo ser humano y a este respecto es clara la doctrina de la Iglesia: «El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2271). Que la fecundación se haya producido como consecuencia de una violación no cambia en nada esta valoración del aborto. Nunca es legítimo matar al hijo concebido, tampoco en las condenables y brutales circunstancias de una violación. Igualmente, es condenable el aborto terapéutico. No hay fin que justifique un medio abortivo.
Queridos hermanos, la Virgen María, nuestra Madre, nos da ejemplo de cómo se cuida la vida. Ella cuidó a Dios chiquitito y también al Dios clavado en la cruz, con fortaleza y generosidad. Todos juntos ayudémonos, aprendamos de la Santísima Virgen a acoger la vida de cada ser humano con confianza de hijos y a cuidar la vida de los niños por nacer. Todos, pero de un modo especial los cristianos, debemos defender los derechos y, sobre todo, la vida de quienes no se pueden defender porque, aún siendo seres humanos, no han nacido, son seres indefensos y vulnerables. Como decía, el beato Juan Pablo II, debemos seguir anunciando el Evangelio de la Vida. Debemos dar testimonio de nuestra fe  y cumplir el mandato de Jesús, que nos hemos propuesto como lema de la pastoral vicarial: «Vayan y hagan Discípulos a todos los Pueblos». Este anuncio implica la defensa de los Derechos Humanos, especialmente de los que no tienen voz. Dios quiera que esta jornada a favor de los niños por nacer sirva para la conversión de las almas y la salvaguarda de la vida. ¡Que el Señor os bendiga!

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