Por. Rulfer Vicente Huamani *

El caminante sobre el mar de nubes es una icónica pintura de Caspar David Friedrich que: “muestra un paisaje montañoso alemán, simbolizando la soledad y la contemplación de lo sublime, con el hombre representando la vida terrenal y las nubes la eternidad o lo infinito…”. Se entiende por analogía que el “mar de nubes” es un fenómeno natural en constante movimiento por las corrientes del viento y por la rotación de la tierra. La recurrencia de este fenómeno meteorológico en la vasta planicie aluvial y tropical de la amazonia peruana es normal, caracterizado por ríos serpenteantes y sinuosos, zonas inundables, una de las regiones con concentraciones biológicas más diversas del planeta. Las nubes son una masa visible de diminutas gotas de agua líquida o cristales de hielo suspendidos en la atmósfera en diferentes altitudes, con formas y colores cambiantes que cubre la tierra como regulador térmico y afectan el clima global. El ser humano es uno de los privilegiados en beneficiarse de este bello fenómeno natural, otras veces sufrimos y afrontamos las consecuencias adversas, en ciertas épocas el impacto es severo y a gran escala, sobre todo por la creciente y las inundaciones que alteran la producción agrícola y otras actividades económicas.
Navegar los ríos serpenteantes y recorrer las tierras de las comunidades nativas y mestizas de la región Loreto, en general en toda la Amazonía continental, genera tensiones psicológicas, la alienación cultural y compromisos entre tradición y modernidad, dichos itinerarios quedan en el recuerdo de los “caminantes” muchas de ellas son alegres, otras de tristezas, sin embargo, en la mayoría de los casos son anecdóticos. En este andar terrenal disfruté mis primeras experiencias vivenciales en afrontar las consecuencias positivas y negativas de las crecidas de los ríos y sus afluentes, ver día a día a hombres y mujeres superar las dificultades sin quejas; son lecciones de la vida con «moralejas» que transmiten la mentalidad, el humor y la resiliencia cultural, en especial, su hablar de sus jergas locales como: ñaño, chapear, ya vuelta, moshaco, buchisapa, masicuara, pihuicha, shicshirabo, shegue, di, etc.
Al retornar a la localidad de Nauta, después de una jornada de trabajo de campo en la quebrada Tapirillo, acordamos con mi compañero de brigada recorrer el puente de madera que cruzaba la quebrada Zaragoza, sin temeridad iniciamos la caminata esquivando motos y motocarros que iban y venían sin parar. Además, los peque-peques con su inconfundible sonido de motor entrecruzaban el río, apenas faltaba menos de un metro para que las aguas rebasen el carril de madera del puente, la crecida de aquel año 2011 “que bruto” había inundado gran parte de los pueblos de la Amazonía; cual “paseante” en cada paso realizaba tomas fotográficas, cada toma representaba una postal para el recuerdo; a unos 30 metros antes de llegar al otro lado del puente al sector del A.H Santa Rosa, en el lado derecho recostados en los laderos de protección del puente varios “guambrillos” pescaban, cada uno con su cordel amarrado a una pequeña vara de palo (aparejo), rato en rato insertaban pedazos de pan en el anzuelo y lanzaban al agua, al borde del tabladillo estaba una pequeña bandeja de plástico conteniendo varios bujurquis y boquichicos. Muy campante pedí prestado el cordel a uno de los “huambrillos” quien amablemente aceptó, sonriente observaba mi inexperiencia en la pesca, pasado los minutos no enganchaba ningún pez, mientras los “huambrillos” presumían a cada rato y mostraban los peces atrapados y se reían solapadamente, el más vivaracho dijo en voz baja: es “afuacil”, en verdad no consideré como ofensivo lo dicho ya que desconocía su significación, sin embargo, por las repetidas risas socarronas de los huambrillos les pregunté por qué me dicen que soy “afuacil” a lo cual ninguno respondió, solo atinaron a mirarse entre sí y sonreír; indudablemente, estaban burlándose de mi impericia, viré al otro lado del puente para preguntar sobre el significado al Inge Mayer quien también “anzueliaba”, sin apuros y sonriente me respondió que, es como decir: “monse”, “tonto” o “inútil”, muy ruborizado solo atiné también a sonreír. No debía culpar a nadie de mi inexperiencia, en verdad era mi primera vez tratando de pescar al estilo loretano, finalmente, no atrapé ningún pez, para evadir y no aparentar ser un “afuacil”, aduje con firmeza: “soy experto en la pesca con atarraya” inmediatamente alguien del grupo dijo: es “tarrafa” no atarraya, no había tiempo para discutir con los huambrillos; con más pena que gloria me retiré agradeciéndoles. De esta manera daba inicio a una de las experiencias más extraordinarias en el conocimiento de la amalgama de vocablos, expresiones típicas y propias de la región de Loreto.
En las veces que retornaba a la costa y la sierra, en los coloquios con amigos, familiares y vecinos del barrio, adrede y en son de broma les decía: venga usted señor “afuacil”, amigo “moshaco”, oye “buchisapa”, eres un “masicuara” claro está, sin aludir sus significados en español; algunos de mis coterráneos y colegas sabían de las visitas y estadías temporales en varias localidades de la selva central y Loreto; sin entender y sin molestias aceptaban la joda, no faltaba el más chacotero que continuaba diciendo “de la selva su jerga” nada mal, todos se enredaban en hablar las jergas, ya que sonaban muy salerosos. En verdad añadir estas jergas de manera espontánea en mis conversaciones tanto en español y aún más en quechua, era todo un suceso, sin considerar a los curiosos que, de todas maneras, requerían mayor alcance en cuanto al significado, uso y trascendencia territorial. Los vocablos moshaco, pishpira (o pishcota) y pihuicha, son los más festivas por su significación, ya que los mujeriegos, las bandidas o inquietas y las chiquillas que buscan a hombres mayores como parejas no tienen linde de acción y están en todas partes, como dicen hasta para “hacer balsas”.
Otra de las particularidades de las lenguas originarias de la Amazonía peruana en general, es que han adoptado como préstamos léxicos muchas voces de origen quechua y español coloquial enriqueciendo su vocabulario, destacando familias lingüísticas como la Pano, Jíbara y Arawak. Un ejemplo claro, se registra en las comunidades nativas de habla Kukama Kukamiria y Omagua de Nauta, donde la influencia del quechua andino es innegable, introducido especialmente, por los clérigos españoles “quechua hablantes” a partir del siglo XVI y XVII, ha dejado su marca y colorido en el acervo léxico y frases idiomáticas (o modismos). Otro ejemplo, el “quichua” de la cuenca del Rio Napo, prácticamente, es lengua quechua andino mestizado con algunas triviales diferencias en los vocablos y toponimias locales, así como por arcaísmos que se contraponen a los neologismos (palabras nuevas).
En el transcurrir de los años, en las visitas al interior de la Amazonía, mis dicciones cotidianas ya representan a la fraseología llamada “charapañol” o español amazónico, que proviene del gentilicio “charapa” un vocablo que denota una conexión de la gente con la selva, aunque en muchos casos su uso y dicción se considera como peyorativa; sin embargo, en las últimas décadas se ha resignificado, para muchos es un apelativo de pertenencia y orgullo.
En la actualidad, en los territorios de las comunidades nativas o pueblos originarios prevalece el español como idioma preponderante sobre las lenguas originarias, a pesar que existe una legislación para su preservación y protección, algunas se encuentran en peligro de extinción; otro dato preocupante es que el 90% de la población nativa son bilingües y, a poco están cediendo para evitar ser llamados como “indígenas o nativos”.
- Licenciado en arqueología de la Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica – UNICA.





