El pueblo cristiano está asistiendo con fe y devoción a la celebración de este Viernes Santo que encierra todo un conjunto de hechos sucedidos en la antigua Jerusalén, cuando un judío que predicaba el amor, la bondad y el temor a Dios, fue crucificado por los romanos en el monte de las calaveras, lugar donde iban a parar los condenados a morir en la cruz, que era uno de los peores tormentos jamás vistos hasta hoy.
Jesús, proclamado Hijo de Dios, engendrado en el vientre de María por obra del Espíritu Santo, había sembrado una revolución en Judea. Su llamado a la solidaridad con el prójimo, a asistir a los enfermos, a honrar a Dios Padre, a llevar en el corazón el amor y no la venganza, no fue bien visto por la autoridad romana que había sometido a los judíos a sus mandatos.
Una cúpula de sacerdotes entregados a las órdenes de los invasores, azuzaron al pueblo para, como en todo acto servil, congraciarse con el poder. Sus mismos hermanos lo acusaron de sedición, de proclamarse rey, de enfrentarse al poder de César, el emperador romano. Habían encontrado un pretexto para que esos sacerdotes corruptos lo hicieran desaparecer de su camino. Su modo de vivir en la opulencia, de traficar con el nombre de Dios y de haber convertido al Templo en sitio de negocios de los mercaderes, había sido cuestionad duramente por Jesús y eso no lo podían permitir al hijo del carpintero José. Había que matarlo. Los romanos se encargarían de ello.
Su reino, sin embargo, no fue de este mundo. Fue que Dios lo había elegido para venir y salvar a la humanidad del pecado que se había enseñoreado en el mundo de ese entonces.
Desde esos lejanos años primigenios del cristianismo, la palabra de Jesús y su ejemplo, ha ido transmitiéndose de generación en generación hasta nuestros días. Y seguirá así hasta el final de los tiempos, luego de sufrir importantes cambios la Iglesia de Cristo. Eso deberá suceder en estos años que el mundo vive convulsionado.
De pronto tenemos un Papa humilde, Francisco, dedicado a los pobres, un hombre que sigue con fe las enseñanzas de Jesús, con lo que se espera la Iglesia vuelva a ser la fundada por Él.





