POR: JUAN SOREGUI VARGAS.
En los principales colegios de secundaria de algunos estados de los Estados Unidos de Norteamérica, los profesores utilizan una metodología, entre otras, que le llaman terapia de shock.
En el 2003, con mi hermana Amanda fuimos a visitar uno de estos institutos de educación en un lugar de Kerville, en Texas y, en un ambiente grande muy bien acondicionado se exhibían carros abollados con figuras de jóvenes ensangrentados y muertos, en otros módulos alumnos suicidados y asesinados por el consumo de droga o alcohol.
El orientador del colegio va explicando a los que van a egresar, principalmente, de los peligros en que pueden quedar los que se internan en el mundo de la autodestrucción ya sea mediante conductas adictivas a sustancias que les hacen perder la noción del tiempo y del espacio y la forma de perder la vida o quedar lesionado para siempre.
Es posible que esta terapia, que va acompañado de otros métodos de sensibilización para que el alumno se ame a sí mismo por sobre todas las cosas, y por lo tanto su vida y la de los demás tenga un resultado bastante aceptable en la mayoría de la población que una y otra vez observa esta escena, por supuesto, con excepciones del caso.
Es lo que se está haciendo ahora en diversos canales de televisión peruana sobre el terrible problema que tuvimos en los años 80, el terrorismo, y se indica una y otra vez: para que no se repita. En los libros y películas documentales y de ficción que tocan el tema del holocausto de la segunda guerra mundial, también se percibe este sistema educativo con la finalidad que no se repita estas atrocidades.
En el libro ‘La noche de los mashos’ los cuentos del autor tienen, sin ser ese su objetivo principal, hacer que el joven conozca el infierno del mundo de la drogadicción sin quemarse, conocer al demonio de la adicción al alcohol y a la maldita droga sin probarla, verla en los sufrimientos de los consumidores sin consumir es algo que altera de la misma manera los sentimientos y emociones de los que leen el libro, y tal vez, ha ayudado a muchos jóvenes a alejarse de este submundo de oscuridad, que saben cuándo entran pero no conocen cuándo termina la pesadilla, arrastrando con su desgracia a sus familiares y amigos.
En la televisión de cable, están transmitiendo un programa que lleva el nombre de esta nota periodística y en él se observa cómo presos condenados a muerte y a cadena perpetua invitan a alumnos y jóvenes con problemas de conducta, a visitar las prisiones, los jóvenes observan cómo son maltratados los prisioneros en las cárceles, les indican los convictos que eso se debe a que ellos han realizado actos en contra sus prójimos y la sociedad. Una y otra vez les repiten quieren venir a este infierno, entonces hagan lo que nosotros hemos hecho.
En 1993, cuando dirigía un grupo de rehabilitación de tóxico dependientes, la madre Isabelita con los señores Achong mostraban fotografías de cómo era la vida de un joven antes de empezar el consumo del alcohol y luego cómo iba perdiendo su humanidad para luego convertirse en una piltrafa, luego, venía una serie de fotos de aquellos que habían tomado el camino de retorno al hogar, al estilo de aquel hijo pródigo de la Biblia. Un hijo que es recibido por el padre con gran alegría pero por un hermano ambicioso y envidioso que le reclama al patriarca porque el recibimiento de esa manera por un pecador. El viejo padre le responde: hoy es un día de fiesta, el hijo que creía perdido ha vuelto al hogar. Un figura memorable del arrepentimiento y perdón, pero, también del hermano que representa a una sociedad hipócrita que no desea a un elemento de la sociedad que ha salido del infierno para volver al camino correcto y, que casi siempre utiliza al adicto curado como chivo expiatorio cuando el «normal» comete una fechoría y dice: él es el culpable, él ha robado, sin ser verdad.
En la actualidad, la terapia de shock, debería aplicarse a nuestras autoridades citadinas, y llevarlos caminando por las polvorientas calles de la ciudad, de una ciudad sin ley, esquivando esos camiones y ómnibus asesinos y con huecos cada diez metros, hacerles ver cómo han caído en estos profundos hoyos, varones y mujeres inocentes de nuestra localidad y que en algunos casos han perdido la vida y en otros han quedado lesionados para siempre. O en todo caso, invitarles cuando ganan las elecciones a penales de alta seguridad y enseñarles cómo terminarían si es que no cumplen con su pueblo y con las leyes. O como le dijo el burro a un amigo, con la misma vara que mides serás medido. Por supuesto, como muchos seres humanos estos amigos dirán: no pasa nada, yo soy Calígula.
Creo que en todas las áreas de nuestra sociedad debería emplearse esta terapia de shock, con otros medios que conocen los especialistas en conducta humana. Es posible que contribuya a prevenir en algo ciertas malas costumbres que van en contra de ellos mismos, sus familias y la sociedad.





