Indiscutiblemente, la ciudad es un desorden. Los ciudadanos de a pie tienen que lidiar con obstáculos insalvables puestos en las veredas, como si éstas fueran de propiedad de esas personas que ignoran que la calle está compuesta por dos partes, la vereda y la calzada, y son espacios públicos para uso de los peatones y de los vehículos, vías a las que no se les puede dar otro uso.
Pero la ignorancia de la gente en esto que es tan elemental, ha hecho que en cuadras enteras las veredas se hayan convertido en puestos de venta de comida, en talleres de mecánica de motocicletas, exhibición de motocicletas por parte de tiendas comerciales, venta de frutas, es decir mil y un negocios informales que no pagan un sol de impuesto, que no tributan al Estado, todos instalados en las veredas, impidiendo el paso de los peatones que se ven obligados a bajarse a la calzada para poder sortear el paso, con el consiguiente peligro para su vida que eso conlleva.
No pocos han sido los reclamos y las protestas de la gente que ve vulnerado su derecho de hacer uso correcto de la vía pública, sin exponerse a una desgracia.
Pero eso parece no interesarle en lo más mínimo a las autoridades ediles. Ni un solo regidor, de ninguna de las municipalidades distritales o provincial, ha llevado a una de las sesiones de concejo, el reclamo, el sentir y la voz de la población que exige que los espacios públicos estén libres de obstáculos. No se puede permitir que restaurantes que se precian de ser los mejores hayan instalado sus servicios a las veredas, ¿o es que hay un trato por debajo o un plato de comida para quedar callados? Demuestren que no es así.
Que tengan temor a ser firmes en tomar la decisión de erradicar de las calles los puestos instalados en las veredas y también en parte de la pista, es comprensible, porque eso les traería antipatía y le restaría votos. Pero los ciudadanos no les elegimos para que sean pusilánimes, sino para que ejerzan autoridad y para que estén al servicio de quienes depositaron su confianza en ellos.





