Fernando Herman Moberg Tobies
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@FernandoMobergT
Acaba de volver de Paris, había estado unas semanas en Europa tratando de reencontrarme, de conectarme conmigo mismo, y ya de vuelta en Iquitos, aún con los sentimientos movidos por el viaje pensando en los sueños dejados y equivocados, una de mis mejores amigas de Lima pidió visitarme después de varios años que no lo hacía.
Llegó y fue un fin de semana especial, mágico, con señales y respuestas que necesitaba. Conocí a Andrea cuando hacíamos teatro en El Olivar, yo tenía 17 y ella 16, Valeria, su hermana, 15, la amistad con su familia, incluyendo a sus padres, se fortaleció hasta el nivel de estar juntos todos los fines de semana, e incluso días de semana por más de dos años seguidos, yo vivía solo en la capital y junto a mis otros dos mejores amigos, eran mi familia.
Ellas aún estaban en el colegio Norteamericano Abraham Lincoln de la Molina cuando nos conocimos, y yo estudiaba Arte Dramático en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático en Lima; los sábados en la mañana nos reuníamos en casa de Andrea y junto a los demás del grupo de amigos, que eran unas seis personas más, íbamos a su casa de playa con el chofer que su padre enviaba en una minivan que tenían para ese tipo de salidas, pasábamos todo el día en Santa María riendo y comiendo asados en la sala, bebiendo en la terraza y fumando cigarrillos, viviendo como veíamos en los adultos que se vivía al máximo pero sin pasar los limites.
En verano nos metíamos al mar y nos bronceábamos en fila tirados en la arena sobre las toallas con los lentes de sol puestos y audífonos con la música que a cada uno le gustaba, para luego en la noche, después de más de tres horas de arreglarse, en especial por las chicas, ir a las discotecas de San Bartolo donde estaban nuestros conocidos o si había algo interesante subíamos hasta Asia con el chofer que nos llevaba y recogía. Algunos fines de semana íbamos a la casa de playa de algunas de las chicas del grupo que podía ser en Totoritas o en Costa del Sol, o nos quedábamos en el Club de Regatas – San Antonio, pero como ley establecida a pesar de la resaca, los domingos nos levantábamos temprano e íbamos a la casa de campo de Andrea en Chilca junto a su familia, a estar meditando en la piscina o sentados frescos bajo los árboles, sin escuchar nada más que paz, entre amigos que éramos familia.
Hacíamos reuniones privadas en casa de Andrea y venían amigos del Santa María Marianista, Markham, Recoleta, Villa María, entre otros conocidos del grupo. Los tragos nunca faltaban, había toda una habitación repleta desde los más baratos hasta los más exclusivos licores, regalos que les hacían empresarios y amigos a los papás de Andrea que tenían varias clínicas en diferentes distritos de Lima, nos daban permiso para escoger lo que queríamos beber pero sin pasar de etiqueta negra o equivalente, siempre la pasábamos muy bien, cine, paseos en el carro, entrabamos sin hacer fila a Gotica o Aura cuando nos animábamos a salir; en las reuniones a las que nos invitaban o a las que Andrea me llevaba siempre acabábamos conociendo gente muy posicionada, que luego terminaron contribuyendo a mi carrera, por ejemplo, la mamá de uno de los amigos de colegio de Valeria era Directora de la sección de Educación del Diario El Comercio, y en su momento me hicieron una nota como líder juvenil de Loreto.
Cuando regresé a Iquitos después de cuatro años de vivir en Lima a donde fui a estudiar saliendo del colegio San Agustín, Andrea y Valeria, Sergio y Luis, mis mejores amigos, venían una vez al año junto a otros amigos del grupo a visitarme, dándose estas visitas por tres años consecutivos, y cuando aparecieron más responsabilidades ya no podían venir, hasta que después de cuatro años de no vernos, ya que cuando yo pasaba por Lima o ella no estaba o nos cruzábamos, así que decidió volver a verme para presentarme a su novio con el que se iba a casar.
Se hospedaron en mi casa y salimos a caminar inconscientemente por los mismos lugares que la primera vez, enseñándole a su nuevo compañero por donde estuvo, hasta que recordamos una foto que nos habíamos tomado siete años atrás en el mismo lugar que estábamos, la buscamos en Facebook y cuando la encontramos intentamos hacer la misma pose del pasado, nos reíamos de las diferencias, ya no éramos chibolos, el tiempo había pasado.
Regresando del puerto de Nanay en el carro hacia la casa, Andrea hizo un comentario gracioso e irónico sobre un dolor que tenía en la espalda y lo relacionaba con su edad, todos nos reímos, y luego le pregunté si consideraba que ya estábamos viejos, me dijo que no se consideraba vieja pero tampoco una chibola, le dije si se sentía contenta con su cuerpo, quería ver lo que pensaba ya que cuando hacíamos teatro se cuidaba y modelaba, y antes que respondiera enfaticé que hacía referencia a eso ya que en la foto estábamos bien parados, se rio a carcajadas y me recalcó que no se sentía vieja pero que de hecho el tiempo había pasado, y que mientras ese tiempo ha pasado ella lo ha gozado en cada momento sin arrepentirse de nada y aprendiendo de todo lo que le ha dolido y costado superar, me dijo que su cuerpo ya no era el mismo, que ya no era súper flaca y que su rostro ya mostraba las amanecidas que en su mayoría eran por estudio, pero me resaltó que las cosas que le llamaban la atención en el pasado ya no eran las mismas que ahora le interesaban, y que por lo tanto ya con algunos años pasados pero vividos siempre hermosa, concluía diciendo que se sentía feliz y contenta de donde se encontraba sin añorar nada.
Andrea estudiaba Odontología en la Universidad Cayetano Heredia, daba ponencias estudiantiles dentro y fuera del país, ganaba premios y reconocimientos por su dedicación, yo hacía lo mismo en Iquitos desde la carrera de Psicología, los dos primeros años que viajé a Lima para representaciones como líder universitario, por ejemplo, para debatir en el Congreso de La República sobre la nueva ley universitaria de ese entonces, yo llegaba a la casa de Andrea y no a donde mi familia, sentía que si no las veía no estaba completo, hasta que luego por el nuevo ritmo familiar en Iquitos empecé a llegar a donde mi familia. Cierto año cuando fui a dar una ponencia estudiantil en un Congreso Internacional de Psicología en Arequipa, de regreso perdí el vuelo y me quedé una noche en Lima donde celebré mi cumpleaños en casa de Andrea, reuniendo a casi todos mis amigos que frecuentaba cuando vivía en Lima.
Mientras manejaba de regreso a casa, escuchábamos música por bluetooth desde el celular de Andrea que conversaba atrás con su novio, yo me había quedado pensando en sus respuestas sobre lo que estábamos conversando, yo estaba pasando por momentos en los que extrañaba ciertos episodios de mi vida, tal vez por el estrés de las responsabilidades o por tener que estar atento a cumplir con calidad en tres trabajos, tal vez por dirigir las estrategias de más de cinco organizaciones juveniles o por tener que avanzar sin descansar, estaba medio vulnerable, y su respuesta me llevó a recordar los últimos años de mi adolescencia y los primeros de mi juventud.
Recordé las locuras de la época del colegio, mi padre tenía una empresa de construcción civil y cada vez que cobraba un cheque era el mismo ritual, almorzaba en el mismo lugar con ciertas personas importantes, tomaban hasta estar ebrios y regresaba a casa a las justas, pagaba a su personal cercano de confianza que lo esperaban y de ahí entraba a su cuarto, ponía todo el dinero que pasaba de los cinco ceros y a veces llegaban hasta los seis en su cajón de ropa y antes de dormir me llamaba y me decía hijo saca lo que necesitas, yo aprovechaba antes que llegara mi mamá por su parte para luego pedir más cuando mi papá ya estaba sano. El dinero que sacaba nunca pasaba de los mil soles, lo gastábamos con mis mejores amigos de la secundaria invitando al cine, al Ari´s, a comer helado o regalábamos cosas a las alumnas del colegio Rosa de América que eran las únicas a las que frecuentábamos, y una que otra vez con alguna del colegio Fátima, hasta que ya en cuarto y quinto de secundaria empezamos a hacer fiestas privadas en todos los hoteles más exclusivos de la ciudad; años después una vez conversando con mi papá, me dijo que él sabía la cantidad de dinero que yo sacaba, pero como no veía que estábamos en drogas o en cosas delincuenciales lo dejaba pasar. Recordaba esas vivencias gracias a la respuesta de mi mejor amiga que me dijo que vivió plenamente sin importarle si ahora ya estaba vieja, sonreí y me di cuenta que siempre la había pasado muy bien, Karl en el colegio siempre sacaba la camioneta de su padre sin permiso y salíamos todas las noches un rato junto a los demás compañeros del grupo a dar vueltas, en la casa de Estefano que era una mansión hacíamos lo que queríamos, iban las chicas y éramos felices.
En Lima, recién llegado como dicen, me dejé llevar por lo que sentía, dejé de salir con flacas por que no quería una doble vida como algunos de mis amigos que por el apellido o el círculo social tenían que mantener relaciones con mentiras, me costó alejarme de la enamorada con la que había estado cinco años en la secundaria, mi primera experiencia sexual, estaba enamorado y eso hizo que no explorara más allá mis otras atracciones, terminamos la relación estando los dos estudiando en Lima. Empecé un nuevo círculo social y también la pasaba genial, siempre con los límites de la clase y la decencia, parte de la educación que había recibido que estaba por encima de mi orientación sexual, me hice amigo de un estudiante del conservatorio de música, quería ser tenor y compartíamos el gusto por la música alternativa y clásica, por el arte y la historia, fuimos casi como hermanos, él tenía su pareja y yo sólo observaba y gozaba lo que vivía, íbamos a la casa de su tío Jack, un pintor famoso que tenía todo un edifico frente al mar en Miraflores, en el segundo piso era la sala de reuniones, en el sexto su taller para pintar y en el séptimo su piso privado donde dormía, en los demás pisos vivían sus hijos, tomábamos vino blanco y Juanca, mi amigo el tenor, tocaba el piano mientras cantábamos las canciones de Coldplay, a veces el tío Jack acompañaba con una guitarra y luego hablábamos de arte hasta el amanecer, yo ni tenía 18 y lo que estaba viviendo me maravillaba. Una vez Juanca me llevó a una reunión en la casa de su maestro, ex director del Conservatorio de Música de Lima, mis días estaban llenos de arte con o sin alcohol, en esa reunión escuché Ópera en vivo dirigido por el maestro de Juan Diego, que esa noche ya algo ebrio, el maestro movido por las canciones que Juanca cantaba mientas tocaba el piano terminó contándonos y mostrándonos cartas y fotos de su ex relación sentimental con Juan Diego cuando fue su pupilo, y con Gian Marco cuando este empezaba a brillar.
Con la respuesta de mi mejor amiga me di cuenta que me estaba olvidando de todo lo que viví y de lo interesante que fue, sin contar todo lo que vino después y lo que sigo viviendo en cada lugar que visito dentro del Perú, Latinoamérica, Norte América o Europa, siempre manteniendo la cordura y trascendencia, eso es algo que me caracteriza y de lo cual me siento orgulloso aunque solo pocos me conozcan, y aunque se inventen mitos y leyendas de mi persona que terminan siendo una comedia para mí, me di cuenta que hay mucho para escribir sobre el viaje de la vida.
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