Esperando un Milagro
Por: Fernando Herman Moberg Tobies
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Mauricio acaba de llegar de viaje, se baja del taxi, entra a su departamento, al abrirse la puerta del ascensor encuentra a su madre, ya anciana, desgastada, sonriendo, dando pequeños saltos que demuestran su alegría mezclada con soledad, sus ojos brillan que parece que se forman lágrimas que no brotan, la observa como una niña que se emociona al ver a alguien que tanto ama y que no puede verlo siempre, la abraza deseando que no existiese el trabajo, el maldito dinero, para poder siempre estar junto a su familia.
Donita ha trabajado más de setenta años, ahora ya no puede agarrar nada porque se le cae de las manos, ni puede ducharse sola, ni cocinarse nada, lo que la deprime en los momentos en los que el tiempo es solo para pensar, recuerda cuando su cuerpo no era frágil y trabajaba incasablemente, porque desde temprana edad aprendió que las personas honradas para poder tener comodidades tienen que trabajar y sacrificar mucho. Mueve los pies no con la marcha de su corazón puro, se tropieza por los adormecimientos, sintiéndose inútil y sola, pero dichosa de tener a su compañero fiel, con quien amanece, cuida de ella y ruega que cuando termine el viacrucis, su partida sea junto con quien compartió la vida terrenal.
Mauricio lee el diagnóstico clínico de su madre, nada favorable, él y sus cinco hermanos han conseguido triunfar gracias a lo que Donita sacrificó por ellos, está en su habitación conjunta a la de sus padres, cierra la puerta, se sienta en el piso contra la pared, pide a Dios piedad para aquella mujer que siempre tuvo fe en sus normas impuestas en la Biblia, llora amargamente, se siente desconsolado, arrepentido de tener que alejarse de los suyos para que pueda darles lo que necesitan en el sistema social nada justo y real con la esencia natural del hombre.
Intenta tranquilizarse, se seca las lágrimas, se cambia la camisa mojada por sus lamentos, suspira y busca a sus progenitores, les ruega que lo acompañen a dar un paseo por la ciudad, que por un momento se olviden las dolencias y aprovechen el tiempo juntos. Conduce el auto hasta el Parque de las Leyendas, Donita va a su costado narrando lo que mira en las calles que se pasan, Mauricio tiene la sonrisa fija como si tuviera una máscara en respuesta a lo que su madre le comenta, sus pensamientos empiezan a torturarle, no quisiera que su fuente de motivación de sus sueños se extinga físicamente, sabe que no podría, que ya no tendría sentido, la ilusión de corresponder con creces lo que le dieron.
Se sientan en el pasto verde, es día de semana y no hay muchas personas, Donita y Francisco caminan de la mano tambaleándose, llenos de amor, respeto y admiración, Mauricio se siente contento de que a pesar de las enfermedades físicas, sus padres estén juntos apoyándose. Cuando Mauricio era niño, vivían en provincia en donde están sus raíces, pero en las vacaciones viajaban a la capital, y el lugar donde están sentados, era el parte del recorrido que siempre hacían.
Mauricio se pone de pie, y recita una Poesía como cuando era niño en el día de la madre: «Gracias por tu ejemplo gran mujer luchadora, que desde abajo utilizó sus manos en la tierra de su chacra, sin importar nada más que el futuro de tus hijos, actuando siempre con valores, en lo correcto y lo ideal. Oh gran mujer, que olvidó su condición de ser engreída, para forjar sus sueños en la realización de quienes salieron de sus entrañas, y que gracias a que nunca te rendiste, lo conseguiste. No te vayas madre mía de mi lado, he desperdiciado tanto tiempo de mi vida lejos de ti, que ahora al parecer no tiene sentido el avanzar dejándote atrás. Solo pido a Dios te conceda lo que mereces, te devuelva aunque sea solo un Milagro, de tantas oraciones que tú le regalaste, de tanto bien que tu esparciste en su nombre y ahora somos nosotros los que necesitamos un poco de su misericordia.»
Mauricio abraza a sus padres, se recuestan en el césped mirando al inmenso cielo misterio, en silencio, con esperanza que el tiempo fuese eterno.





