Por donde uno vaya, los perros callejeros estarán presentes, unos buscando sobras de comida en las bolsas de basura, otros defecando en las veredas o en los pequeños espacios con hierba, mientras que otros más se dedicarán a perseguir ladrando a los motociclistas, quienes en su afán de no ser mordidos por uno de estos animales buscarán deshacerse de ellos yendo a mayor velocidad, lo que podría terminar en un accidente.
La población canina en nuestra ciudad ha crecido en forma alarmante, a pesar de las campañas de esterilización que hace periódicamente una ong dedicada a estos menesteres.
Si en la ciudad hay muchos de estos animales, en los alrededores es peor. Los canes que viven en la calle atacan a los peatones que transitan a altas horas de la noche, sin que nadie trate de alejarlos de sus víctimas, porque simplemente no tienen dueño, no son de nadie.
Los mercados de abasto, especialmente en los lugares donde se expende comida, los canes son otros comensales que se meten por debajo de las mesas y hasta se pelean, entre las piernas de los clientes, por un pedazo de hueso o de cualquier cosa.
Hubieron casos que perros hambrientos atacaron las bolsas plásticas de personas que llevaban sus alimentos crudos o cocidos. El animal cuando siente la desesperación por comer, no mide a quien ataca. Se lanza con todo y hasta puede ir contra el transeúnte.
Felizmente no se reportan casos de rabia canina por mordedura de los canes callejeros, lo que no deja de preocupar, porque en estos tiempos de vaciante, la basura acumulada trae muchas enfermedades.
Las autoridades municipales deberían considerar este problema para tomar cartas en el asunto y ver las mejores formas para disminuir la población canina.






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