- Bajo el sello editorial de Tierra Nueva, el novelista y ensayista Gerald Rodríguez Noriega, analiza la poesía de cinco de sus colegas poetas que, además, tiene un prólogo de Marco Martos. Será presentado próximamente en Iquitos y el extranjero. Es una nueva apuesta editorial desde la Amazonía que de esta forma llena un vacío en el análisis literario desde los oriundos. Una novedad bibliográfica que se hace posible gracias a la constancia del autor de “La casa de las fronteras”. Aquí un fragmento del escrito de Martos.

CINCO POETAS AMAZÓNICOS
Se acostumbra en literatura recurrir al esquema de la comunicación, tal como se enseña en colegios y universidades, para explicar su peculiaridad y entraña. En este cuadro mental, que todos conocemos, el autor tiene un lugar de importancia. Decimos Inca Garcilaso de la Vega o César Vallejo y de inmediato nuestra imaginación se puebla de ciertos contenidos que la sociedad nos ha dado. Una cosa diferente es tratar con los textos que estos u otros autores han entregado y que hasta cierto punto son independientes de las mismas personas que los han escrito. Esta característica se ha dado en llamar «inmanencia del texto» y estuvo muy de moda en los estudios literarios de hace unas décadas. Pero los textos literarios no serían nada si no existiesen los oyentes o lectores que los reciben, sufren su impacto y a veces los modifican según su gusto y gana. Los textos literarios y los de cualquier otra índole no se dan en abstracto, no se producen en laboratorios asépticos, responden a un tiempo, a una circunstancia, a una sociedad determinada, y cuando son leídos también responden al momento de la lectura, a la naturaleza del lector, a sus renovados intereses. Así ocurre en la literatura y en la historia, en la ciencia, en todo lo que los seres humanos han creado.
En el momento de la llegada de los españoles a nuestro territorio, obviamente el Perú no existía como nación. Las múltiples formas de organización que encontraron los insulares eran muestra de la existencia de numerosas culturas, lenguas y formas artísticas. Cuando hablamos de literatura del Perú haríamos bien en aclarar que hay formas literarias en lenguas diferentes a la castellana: quechua, aimara y aquellas otras expresadas en lenguas de nuestra selva, cuarenta por lo menos, entre ellas el shipibo, el awajún, el bora, el ese eja, aunque, sin duda, nuestra lengua franca es el español peruano, con sus variedades costeñas, andinas y selváticas.
Y aquí viene una cuestión central que nos concierne a todos los americanos que estamos en el orbe hispano culturalmente: ¿quiénes somos?, ¿qué representamos? Muchos han reflexionado sobre estos temas, pero un estudioso que ha dado una respuesta tanto global como específica es el cubano Roberto Fernández Retamar en su texto Calibán (Concepción, 1998) y en otros escritos que ha ido produciendo a lo largo de décadas. Calibán es el americano que aprende una lengua metropolitana y que generalmente no tiene una lengua originaria propia con la que expresarse. No representa casi nunca a todos los individuos que tienen a una lengua aborigen como materna, pero sí a las personas que tienen el idioma que fue colonizador y que dentro de esa lengua se oponen al discurso dominante. Calibán es, para Fernández Retamar, un símbolo inicial de la colonización lingüística, pero también del aprendizaje del lenguaje colonizador, y consiguientemente del habla defectuosa y balbuceante de la segregación de quienes no tienen un dominio de la lengua y de la hibridación del lenguaje colonizador en permanente contacto con las lenguas originarias. Pasado el tiempo, el conjunto de la sociedad peruana tiene al español como lengua franca, sólida y original. Lo prueba la solvencia de César Vallejo, o los escritores escogidos para esta meditación sobre la literatura amazónica de Gerald Rodríguez Noriega: Percy Vílchez Vela, Carlos Reyes, Jorge Nájar, Ana Varela, César Calvo.
Los peruanos, sin duda, somos, como lo dijo alguna vez Rodolfo Hinostroza, occidentales, de extremo occidente, pero al mismo tiempo somos andinos, como lo proclamó Ernesto More, ya en 1918, y somos, sin duda, amazónicos, como lo advertimos por las cada vez más numerosas muestras artísticas de los pintores, poetas y narradores de esa parte de nuestro territorio que no están separados del resto del país, sino que se amalgaman con otros artistas, y tienen un público diseminado en todo el Perú y buena parte del orbe. Ya nadie puede decir, como escribió José María Arguedas, «de la selva no sé nada». Tenemos a la selva delante de nuestros ojos y en nuestros corazones.





